Ratas
La noche empieza de maravilla. Apenas se oculta el sol compramos un sixto para empezar el jaloneo. Sabrosas y frías. Después unas gordas, piernudas (chichonas, también quiero decir). En la bodega todos están igual, algunos peor. La gente corre como loca, desesperada, rebotando en las paredes. Adrián sale al escenario entre esa bruma, humo, que caracteriza a los conciertos de rocanrol. Prueba el micrófono y su voz argentina —bien le queda el calificativo— retumba, hace eco en algunas mentadas de madre y reclamos. Apúrate, cabrón, que no tengo tu tiempo. A capela: Es de esperar que algún mediocre sea, quien juzgará de lo que nada sepa. La alineación completa de Rata Blanca sale de la penumbra. Batacazos y guitarrazos. Chillen, cabronas, lloren. Todos saltan y llueven las estrellas que, al caer, queman la piel. Pero a casi nadie le importa, hasta hay quien las recoge y le da sus tres de rigor; las rolan hasta la esquina, donde alguien apenas las acaba de matar. Pasa la vida bacha. Pareciera que los dedos de Walter son un dildo porque su guitarra llora de placer. Las masturba. Y empieza a tejer melodías orgásmicas: las brujas, que reparten besos, se montan en escobas que atraviesan sus vaginas. Surcan las aguas etéreas, de viento; estimulan a las nubes para que nos bañen, nos sumerjan en mares calmos, completamente salados. Ensordece. Gustavo empuña las baquetas como un fusil que dispara, a mansalva, a los cazadores de ballenas. Los guerreros que danzan en el mar brincan hasta un arcoiris; psicodélicos pelean por un mundo verde, lleno de verde, todo verde, bien verde, listo para vivir a brinquitos entre estados, países, viajes, viejas y fajes. Las cuerdas gruesas del bajo de Guillermo enaltecen una pared de sonido que lleva el ritmo, complementa el rito. De la penumbra decibélica salen dragones que no ven porque los magos han arrancado sus ojos, que vuelan hasta el medioevo en busca de algún libro oculto entre rosas. De las grietas de la bodega, en las alturas, desciende Agord, esa bruja que anda en busca de cerebros para destruir. La raza salta, brinca, despavorida: nadie quiere ser un zombie. Huyen entre espinas con la convicción firme de demostrar su realidad a todos aquellos que quieren ser más. Corro detrás de ellos, extasiado por la piel de esa mujer, misteriosa, amante, que me abriga con su calor. Sorteo ratas, miles, que buscan un lugar donde guarecerse. La noche es maravillosa, tanto que no quiero despertar.
Zapping
Alipuz, ese mi fanzine que espera a estar bien fermentado para raspar la garganta de sus adictos, rola como una hoja al viento (queyayo, tionoquis). Gracias, miles, al Pulido y al Navo por tirarlo a la calle. Va en el sietevecessiete.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Oficio de tinieblas
sclc/vlátido
jueves, agosto 25, 2005
viernes, agosto 12, 2005
Pinche Lola, putita
Pinche Lola, putita
Me gusta manchar las paredes de los baños. Algunas veces, escatológico que soy, las orino con gran entusiasmo. No era algo que acostumbrara a hacer, pero encontré cierto masoquismo, de manera accidental, una vez que entré al baño de El lobo. Trémulo, sudado y bien bolo, orinaba en el mingitorio. Un temblor de no sé cuántos grados en escala de no sé qué jodidos se sintió de la puerta hacia adentro. Para no caer me recargué en la pared y el orín, caliente, saltó de mi mano al concreto.
—¡Ah, qué divertido es esto! —dije.
Regresé, satisfecho, a la mesa. Lola había pedido otra caguama; su vaso, escarchado con sal, estaba a la mitad. El mío llenito, completito, cabal.
—Don Lobo —dije— échele otras monedas a la rocola.
Intocable sonó con un par de sus mejores rolas. Música para bolo, para bailar en la pequeña pista que, a fuerza de mucha imaginación y creatividad, se dibuja en el centro de la cantina. Báilele mi reina. Lola, bailadora que es, quería bailar con Intocable. Yo, con un dejo de aburrido burócrata mezclado con lo más grueso del punk setentero, no me animé.
—Ándale, no seas simple —dijo Lola.
—No.
Lola pidió otra caguama. Metí el acelerador, de un solo trago terminé con el vaso. Un regurgito, sabroso, recorrió mis tripas. Ella sirvió. Se terminó la cerveza. Yo pedí otra. Lola pidió más monedas para la rocola. Se levantó, algo cachonda, y puso su música.
—Ya que tú no bailas —dijo cuando regresó a sentarse, con la lengua arrastrada, casi dormida. Yo sentía ganas de orinar y de volver a manchar la pared del baño. Así que me levanté y en el baño, lo primero que hice, fue apuntarle a la pared, lavarla, rociarla, pasear de un lado a otro, recorrer lo largo y ancho del mingitorio.
De regreso Lola bailaba bien cachonda con uno de los tantos bolos que había en la cantina. Pinche Lola, se le restregaba al tipo ése; juntaban sus cuerpos, los movían para atrás hacia delante. Se ponían de espaldas. La canción era esa de reversa mami, y luego que agachaditos, agachaditos, agachaditos. Y un besito. Total. Pinche Lola, quise gritarle, pero solamente me di la vuelta y regresé al baño.
¿Vomitar? Para qué. Pinche Lola, si bailas bien sabroso, si te gusta la putería. Pinche Lola, mecae.
Tomé la pluma que llevaba en mi camisa de burócrata aburrido y con mi mejor letra escribí en la pared del baño: Pinche Lola, putita. Luego oriné sobre lo que había escrito. Mear la pared y mear a Lola. Oriné, oriné y oriné, pero Lola todavía estaba ahí, en la pared, en la cantina, bailando bien cachonda.
Y aunque Lola ya no esté, escribo su nombre en los baños de las cantinas. Pinche Lola, putita. Ustedes ya saben que hago después.
Zapping
Todos los de la banda fanzinerosa, a través de la compañía editorial La Tortillería, publicaron sus pequeños libritos llenos de poemas, sucias narraciones y rolas de los Cadetes de Linares. Ahí andan, rolando, los textos del Navo, el Pulido, el Toño pinchequijote, el Niño Fors y el Molina. Ya se mocharon. Vientos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Me gusta manchar las paredes de los baños. Algunas veces, escatológico que soy, las orino con gran entusiasmo. No era algo que acostumbrara a hacer, pero encontré cierto masoquismo, de manera accidental, una vez que entré al baño de El lobo. Trémulo, sudado y bien bolo, orinaba en el mingitorio. Un temblor de no sé cuántos grados en escala de no sé qué jodidos se sintió de la puerta hacia adentro. Para no caer me recargué en la pared y el orín, caliente, saltó de mi mano al concreto.
—¡Ah, qué divertido es esto! —dije.
Regresé, satisfecho, a la mesa. Lola había pedido otra caguama; su vaso, escarchado con sal, estaba a la mitad. El mío llenito, completito, cabal.
—Don Lobo —dije— échele otras monedas a la rocola.
Intocable sonó con un par de sus mejores rolas. Música para bolo, para bailar en la pequeña pista que, a fuerza de mucha imaginación y creatividad, se dibuja en el centro de la cantina. Báilele mi reina. Lola, bailadora que es, quería bailar con Intocable. Yo, con un dejo de aburrido burócrata mezclado con lo más grueso del punk setentero, no me animé.
—Ándale, no seas simple —dijo Lola.
—No.
Lola pidió otra caguama. Metí el acelerador, de un solo trago terminé con el vaso. Un regurgito, sabroso, recorrió mis tripas. Ella sirvió. Se terminó la cerveza. Yo pedí otra. Lola pidió más monedas para la rocola. Se levantó, algo cachonda, y puso su música.
—Ya que tú no bailas —dijo cuando regresó a sentarse, con la lengua arrastrada, casi dormida. Yo sentía ganas de orinar y de volver a manchar la pared del baño. Así que me levanté y en el baño, lo primero que hice, fue apuntarle a la pared, lavarla, rociarla, pasear de un lado a otro, recorrer lo largo y ancho del mingitorio.
De regreso Lola bailaba bien cachonda con uno de los tantos bolos que había en la cantina. Pinche Lola, se le restregaba al tipo ése; juntaban sus cuerpos, los movían para atrás hacia delante. Se ponían de espaldas. La canción era esa de reversa mami, y luego que agachaditos, agachaditos, agachaditos. Y un besito. Total. Pinche Lola, quise gritarle, pero solamente me di la vuelta y regresé al baño.
¿Vomitar? Para qué. Pinche Lola, si bailas bien sabroso, si te gusta la putería. Pinche Lola, mecae.
Tomé la pluma que llevaba en mi camisa de burócrata aburrido y con mi mejor letra escribí en la pared del baño: Pinche Lola, putita. Luego oriné sobre lo que había escrito. Mear la pared y mear a Lola. Oriné, oriné y oriné, pero Lola todavía estaba ahí, en la pared, en la cantina, bailando bien cachonda.
Y aunque Lola ya no esté, escribo su nombre en los baños de las cantinas. Pinche Lola, putita. Ustedes ya saben que hago después.
Zapping
Todos los de la banda fanzinerosa, a través de la compañía editorial La Tortillería, publicaron sus pequeños libritos llenos de poemas, sucias narraciones y rolas de los Cadetes de Linares. Ahí andan, rolando, los textos del Navo, el Pulido, el Toño pinchequijote, el Niño Fors y el Molina. Ya se mocharon. Vientos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, julio 27, 2005
Terrenal
Terrenal
Un señor de barba, güero, entró un día con el Pituka a una cantina. El Pituka llevaba, como ustedes ya saben, su caguama en la mano, su morral y vestía su maculada túnica blanca. Pidieron una jarra de michelada y sacaron unos cigarros extraños cuyo tufo era también extraño. Fumaron y bebieron; comieron camarón con chile blanco.
Esto me lo contó un amigo.
Ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— se levantó y puso en la rocola una canción de Intocable.
Se sentó a mirar, absorto, las tetas de Roxana, amor de mis amores que a veces me manda besitos desde su pared. No sé si a él le dieron ganas de chuparle las chichis, o nomás de guiñarle un ojo desde su silla, discreto, porque ella no deja que alguien se acerque.
El Pituka y ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— comían y bebían; reían sin parar y se volvían a servir su michelada.
El Pituka también se levantó y puso una canción de Los Bukis. El señor de barba, güero, hizo un gesto de desagrado. Al Pituka le valió madre porque, dice mi amigo, se puso a cantar esa de si no te hubieras ido, o algo así.
Nadie supo por qué comenzaron a discutir. (Dijo mi amigo que porque al señor de barba, güero, al parecer no le gustaba El Buki).
El señor de barba, güero, salió como alma que lleva el diablo de la cantina. Se alcanzaba a ver un hilillo de sangre que le escurría por el brazo. Nadie se dio cuenta qué pasó, ni mi amigo que curioso los observaba.
Después de meterse al baño, el Pituka pidió la cuenta. No era mucha paga, pero no traía nada. Entre todos juntaron una lana y se la dieron al mesero que, como es su costumbre, ya había apagado la rocola. El Pituka sacó de su morral una caguama y salió de la cantina.
Mi amigo, que había entrado al baño después del Pituka, leyó en la pared, entre otros grafitos, “Dios ha muerto”. Supuso que lo había escrito el Pituka.
—Creo que ese pinche Pituka ya se cargó a diosito —me dijo.
—Dios no existe —le dije.
Pero mi amigo, terco como mula, se puso a buscar al Pituka. Dice que lo encontró en una calle, por el mercado. Estaba tirado, sonriendo maliciosamente, con su túnica y su caguama. No me ha querido contar qué platicaron.
Todos los miércoles, por la tarde, mi amigo acompaña a su mamá a las misas. Desde entonces se volvió bien devoto y ya ni echa trago. Nos abandonó.
—Dios no está muerto, existe —me dice cuando lo veo.
—Es mentira, no existe.
Es necio, tanto que a veces me hace dudar.
¿Y si existe?
Ya sé que diosito es buena onda, fuma mota y lo han visto bien bolo en Las Pepitas. Yo no lo he visto, me han dicho. Por eso, si existe, no tendrá calidad moral para juzgarme, ni para enviarme al infierno. Además, si se pone en ese plan tendré que recordarle que es misericordioso y que está condenado a perdonarme, aunque yo niegue su existencia.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Un señor de barba, güero, entró un día con el Pituka a una cantina. El Pituka llevaba, como ustedes ya saben, su caguama en la mano, su morral y vestía su maculada túnica blanca. Pidieron una jarra de michelada y sacaron unos cigarros extraños cuyo tufo era también extraño. Fumaron y bebieron; comieron camarón con chile blanco.
Esto me lo contó un amigo.
Ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— se levantó y puso en la rocola una canción de Intocable.
Se sentó a mirar, absorto, las tetas de Roxana, amor de mis amores que a veces me manda besitos desde su pared. No sé si a él le dieron ganas de chuparle las chichis, o nomás de guiñarle un ojo desde su silla, discreto, porque ella no deja que alguien se acerque.
El Pituka y ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— comían y bebían; reían sin parar y se volvían a servir su michelada.
El Pituka también se levantó y puso una canción de Los Bukis. El señor de barba, güero, hizo un gesto de desagrado. Al Pituka le valió madre porque, dice mi amigo, se puso a cantar esa de si no te hubieras ido, o algo así.
Nadie supo por qué comenzaron a discutir. (Dijo mi amigo que porque al señor de barba, güero, al parecer no le gustaba El Buki).
El señor de barba, güero, salió como alma que lleva el diablo de la cantina. Se alcanzaba a ver un hilillo de sangre que le escurría por el brazo. Nadie se dio cuenta qué pasó, ni mi amigo que curioso los observaba.
Después de meterse al baño, el Pituka pidió la cuenta. No era mucha paga, pero no traía nada. Entre todos juntaron una lana y se la dieron al mesero que, como es su costumbre, ya había apagado la rocola. El Pituka sacó de su morral una caguama y salió de la cantina.
Mi amigo, que había entrado al baño después del Pituka, leyó en la pared, entre otros grafitos, “Dios ha muerto”. Supuso que lo había escrito el Pituka.
—Creo que ese pinche Pituka ya se cargó a diosito —me dijo.
—Dios no existe —le dije.
Pero mi amigo, terco como mula, se puso a buscar al Pituka. Dice que lo encontró en una calle, por el mercado. Estaba tirado, sonriendo maliciosamente, con su túnica y su caguama. No me ha querido contar qué platicaron.
Todos los miércoles, por la tarde, mi amigo acompaña a su mamá a las misas. Desde entonces se volvió bien devoto y ya ni echa trago. Nos abandonó.
—Dios no está muerto, existe —me dice cuando lo veo.
—Es mentira, no existe.
Es necio, tanto que a veces me hace dudar.
¿Y si existe?
Ya sé que diosito es buena onda, fuma mota y lo han visto bien bolo en Las Pepitas. Yo no lo he visto, me han dicho. Por eso, si existe, no tendrá calidad moral para juzgarme, ni para enviarme al infierno. Además, si se pone en ese plan tendré que recordarle que es misericordioso y que está condenado a perdonarme, aunque yo niegue su existencia.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
viernes, julio 22, 2005
Story line
· Story line
Vladimir González R.
¿Escribiré una carta? No, es cursi, esas cosas son del siglo pasado. Lo mejor es que todo sea en vivo. La cámara me la prestó un cuate, no es mía, la voy a aprovechar. El monitor lo pondré a un costado del tripié. Mi primera pregunta es ¿tendré motivos?
Rec. La toma se abre a un medium shot. A cuadro aparece sólo Federico. Fondo blanco.
Rosi, ayer en la tarde decidí, bruscamente, ir a buscarte a la escuela. Me dieron ganas. Llegué temprano, todavía estabas en clases. Me senté a un costado de tu salón y escuché a tu profesor de poesía pedir que leyeran sus escritos. Los de tus compañeros no importaron, bla, bla, bla, bla, bla... hasta que escuché tu voz. Escribiste un poema de amor que decía: te quiero desde esta luna hasta ese sol que te amanece. El maestro supuso que se lo dedicabas a alguien que se encontraba muy lejos de ti. Asentiste. El pellejo se me puso tan blandito que un simple resoplido caló en mis huesos. Yo, tu amor, estoy aquí, tan cerca...
No, ese pretexto también es del siglo pasado.
Stop. Zoom back hasta llegar a un long shot. A cuadro aparece una cama con sábanas arrugadas. Federico está sentado en ella. Su rostro está rígido, tenso, no esboza sonrisa alguna; sus ojos no brillan, parecen tristes. Suspira mientras ve fijamente a la cámara. Rec.
Dios es una invención del hombre. Sólo existe en la mente de los demás. En la mía no hay nadie. Dios nunca ha existido para mí. Creo que jamás habrá ser semejante. ¿No basta con imaginarme a las miles de personas en las que debo confiar? Si no busco consuelo en ellas, entonces en quién. Necesito verlas, palparlas, tenerlas, palparme, tenerme, tocarme, sentirlas, ser.
Pero estoy solo, completamente. Triste, camino lento, inseguro. Sí, ese es mi motivo. La soledad. En ella convergen la ausencia de Rosi, el fraudulento dios y la gente inimaginable. ¿Por qué no creer en el súper hombre? Ja, ja, ja, ja. Ése soy yo. Pero, ¿qué?, no estoy a cuadro. Ese maldito tripié está flojo.
La cámara graba el suelo. Debajo de la cama sale la punta de una soga. Till up. La toma se abre a un long shot. Aparece Federico a medio cuadro. Las sábanas siguen arrugadas. Se alcanza a ver el ventilador apagado. El techo no es muy alto. Toma fija. Continúa rec.
¿Qué dije? ¿El súper hombre? Ajá. Estoy aquí postrado ante este ojo, queriendo tomar valor, agarrándome los tanates para de una vez fundir a negros. Soy un remedo. No esperen ver una cinta gore. Eso déjenlo para los obsesivos, enfermos patológicos. El morbo de la sangre no funciona conmigo. Tampoco busco rating, ni que recuerden mi cuerpo ensangrentado.
Federico mira a la cámara.
Tengo que justificarme. Ya dije que estoy decepcionado del amor, de dios y de la gente. ¿Crees que es suficiente? No. Qué importan los motivos. Fue una muerte misteriosa, dirán los diarios mañana. No, dentro de dos días, cuando comience a apestar mi cuerpo. Fui el hombre pos… ¿histórico?, ¿moderno?
Stop. Medium shot. Federico sentado en la cama. El cuarto se ve despejado. Fondo blanco. Sábanas arrugadas. Rec.
Estoy decidido. No tengo motivos. ¡Oh, oh! Qué aburrido morir así. Voy a poner música. Ya sé. Una muerte como le gustaría a Woody Allen. Con jazz. Louis Armstrong me parece perfecto. Qué delicia. Será lo último que escuche. Mi cara en el monitor ya no se ve triste.
Play Alligator Crawll un minuto. (La cabeza del tripié sigue floja.) La toma cae. La cámara recorre la cintura de Federico hacia los pies. No tocan el piso. Fundido en negros. Diez segundos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Vladimir González R.
¿Escribiré una carta? No, es cursi, esas cosas son del siglo pasado. Lo mejor es que todo sea en vivo. La cámara me la prestó un cuate, no es mía, la voy a aprovechar. El monitor lo pondré a un costado del tripié. Mi primera pregunta es ¿tendré motivos?
Rec. La toma se abre a un medium shot. A cuadro aparece sólo Federico. Fondo blanco.
Rosi, ayer en la tarde decidí, bruscamente, ir a buscarte a la escuela. Me dieron ganas. Llegué temprano, todavía estabas en clases. Me senté a un costado de tu salón y escuché a tu profesor de poesía pedir que leyeran sus escritos. Los de tus compañeros no importaron, bla, bla, bla, bla, bla... hasta que escuché tu voz. Escribiste un poema de amor que decía: te quiero desde esta luna hasta ese sol que te amanece. El maestro supuso que se lo dedicabas a alguien que se encontraba muy lejos de ti. Asentiste. El pellejo se me puso tan blandito que un simple resoplido caló en mis huesos. Yo, tu amor, estoy aquí, tan cerca...
No, ese pretexto también es del siglo pasado.
Stop. Zoom back hasta llegar a un long shot. A cuadro aparece una cama con sábanas arrugadas. Federico está sentado en ella. Su rostro está rígido, tenso, no esboza sonrisa alguna; sus ojos no brillan, parecen tristes. Suspira mientras ve fijamente a la cámara. Rec.
Dios es una invención del hombre. Sólo existe en la mente de los demás. En la mía no hay nadie. Dios nunca ha existido para mí. Creo que jamás habrá ser semejante. ¿No basta con imaginarme a las miles de personas en las que debo confiar? Si no busco consuelo en ellas, entonces en quién. Necesito verlas, palparlas, tenerlas, palparme, tenerme, tocarme, sentirlas, ser.
Pero estoy solo, completamente. Triste, camino lento, inseguro. Sí, ese es mi motivo. La soledad. En ella convergen la ausencia de Rosi, el fraudulento dios y la gente inimaginable. ¿Por qué no creer en el súper hombre? Ja, ja, ja, ja. Ése soy yo. Pero, ¿qué?, no estoy a cuadro. Ese maldito tripié está flojo.
La cámara graba el suelo. Debajo de la cama sale la punta de una soga. Till up. La toma se abre a un long shot. Aparece Federico a medio cuadro. Las sábanas siguen arrugadas. Se alcanza a ver el ventilador apagado. El techo no es muy alto. Toma fija. Continúa rec.
¿Qué dije? ¿El súper hombre? Ajá. Estoy aquí postrado ante este ojo, queriendo tomar valor, agarrándome los tanates para de una vez fundir a negros. Soy un remedo. No esperen ver una cinta gore. Eso déjenlo para los obsesivos, enfermos patológicos. El morbo de la sangre no funciona conmigo. Tampoco busco rating, ni que recuerden mi cuerpo ensangrentado.
Federico mira a la cámara.
Tengo que justificarme. Ya dije que estoy decepcionado del amor, de dios y de la gente. ¿Crees que es suficiente? No. Qué importan los motivos. Fue una muerte misteriosa, dirán los diarios mañana. No, dentro de dos días, cuando comience a apestar mi cuerpo. Fui el hombre pos… ¿histórico?, ¿moderno?
Stop. Medium shot. Federico sentado en la cama. El cuarto se ve despejado. Fondo blanco. Sábanas arrugadas. Rec.
Estoy decidido. No tengo motivos. ¡Oh, oh! Qué aburrido morir así. Voy a poner música. Ya sé. Una muerte como le gustaría a Woody Allen. Con jazz. Louis Armstrong me parece perfecto. Qué delicia. Será lo último que escuche. Mi cara en el monitor ya no se ve triste.
Play Alligator Crawll un minuto. (La cabeza del tripié sigue floja.) La toma cae. La cámara recorre la cintura de Federico hacia los pies. No tocan el piso. Fundido en negros. Diez segundos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, julio 14, 2005
La dama de las tijeras
La dama de las tijeras
—Mire usted que no he vendido nada, ando en la calle desde la mañana, ya son las seis de la tarde y no he sacado para mi comida.
—Ay, señora, no tengo dinero. Además yo para qué quiero ahorita una tijera, no me sirve.
—Ándele, no sea malo, mire que ya me quiero ir a mi casa, pero no he vendido nada.
—Señora, gracias, mejor otro día.
La mujer, vieja, algo jorobada, continúa su camino murmurando, quizá mentándome la madre porque no le he querido comprar una tijera. Sus chanclas gastadas protegen poco a sus pies agrietados, sucios, andados. Vuelve a dar otra vuelta al parque para caer en el mismo lugar, frente a mí, que fumo despreocupado un cigarro. Ya nada dice, solamente me ve con cierta tirria, de reojo, y ofrece especias a otro despistado.
—Mire, también traigo comino, clavo, para que le quede bien rica su comida.
—No.
—Cómpreme pues una tijera.
—No.
No le he querido comprar porque no necesito tijeras. No me corto el pelo, no llevo cursos de corte y confección, no me cuido la barba, en fin, no la necesito. Tampoco le quiero comprar especias porque, dirán mis amigas, no cocino ni huevos.
Su pelo es canoso, un poco largo, lacio; usa un vestido sucio, las mismas chanclas y esa bolsa de plástico que parece chistera de donde saca lo mismo tijeras que especias (antes vendía toki). Deambula por las calles de Tuxtla, por los parques; les baja la calentura a los enamorados e impacienta a los plantados. Pero ahí anda, la tía, con la convicción inquebrantable de vender tijeras y especias sin dejar de mentar la madre, quedito, a quien deja en el camino.
No se desanima.
Y hace bien. Porque de lo contrario habrá un día, en su cercana vejez, que llegará como siempre al parque y se encuentre a alguien, el que sea, sentado en una banca con la mirada puesta en la tarde.
—No sea malito, ya me quiero ir a mi casa, tengo hambre.
—No, gracias.
—Traigo clavo, orégano, comino, para que lleve a su casa, los va a ocupar.
—Señora, le he dicho que no.
—Mire usted esta tijera, está bien filosa.
—Sí, ya la vi, pero no la quiero.
Entonces su mirada triste se fijará en los ojos del cliente, empuñará con fuerza la tijera filosa, y se la meterá por el culo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
—Mire usted que no he vendido nada, ando en la calle desde la mañana, ya son las seis de la tarde y no he sacado para mi comida.
—Ay, señora, no tengo dinero. Además yo para qué quiero ahorita una tijera, no me sirve.
—Ándele, no sea malo, mire que ya me quiero ir a mi casa, pero no he vendido nada.
—Señora, gracias, mejor otro día.
La mujer, vieja, algo jorobada, continúa su camino murmurando, quizá mentándome la madre porque no le he querido comprar una tijera. Sus chanclas gastadas protegen poco a sus pies agrietados, sucios, andados. Vuelve a dar otra vuelta al parque para caer en el mismo lugar, frente a mí, que fumo despreocupado un cigarro. Ya nada dice, solamente me ve con cierta tirria, de reojo, y ofrece especias a otro despistado.
—Mire, también traigo comino, clavo, para que le quede bien rica su comida.
—No.
—Cómpreme pues una tijera.
—No.
No le he querido comprar porque no necesito tijeras. No me corto el pelo, no llevo cursos de corte y confección, no me cuido la barba, en fin, no la necesito. Tampoco le quiero comprar especias porque, dirán mis amigas, no cocino ni huevos.
Su pelo es canoso, un poco largo, lacio; usa un vestido sucio, las mismas chanclas y esa bolsa de plástico que parece chistera de donde saca lo mismo tijeras que especias (antes vendía toki). Deambula por las calles de Tuxtla, por los parques; les baja la calentura a los enamorados e impacienta a los plantados. Pero ahí anda, la tía, con la convicción inquebrantable de vender tijeras y especias sin dejar de mentar la madre, quedito, a quien deja en el camino.
No se desanima.
Y hace bien. Porque de lo contrario habrá un día, en su cercana vejez, que llegará como siempre al parque y se encuentre a alguien, el que sea, sentado en una banca con la mirada puesta en la tarde.
—No sea malito, ya me quiero ir a mi casa, tengo hambre.
—No, gracias.
—Traigo clavo, orégano, comino, para que lleve a su casa, los va a ocupar.
—Señora, le he dicho que no.
—Mire usted esta tijera, está bien filosa.
—Sí, ya la vi, pero no la quiero.
Entonces su mirada triste se fijará en los ojos del cliente, empuñará con fuerza la tijera filosa, y se la meterá por el culo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, julio 06, 2005
Contaminado
Contaminado
Casi al mediodía los ladridos de los perros me despiertan. Perezosamente, sin disimular mi amodorramiento, me levanto al baño. Orino como si tuviera tres días de no hacerlo. Otra vez a la calle.
Llego a una de las plazas comerciales a comer algo rápido, por no decir barato. Pero ahí nada es barato y tampoco rápido. Pido unas gorditas y también una fanta. (Me asusta la coca, dicen que mata cucarachas y hasta puede funcionar como gasolina). Espero casi veinte minutos sentado cerca; escucho el murmullo de la modernidad que, a cuentagotas, alcanza a Tuxtla. Hace unos cuantos años no había fast food, tampoco varias salas cinematográficas, ni plazas comerciales como las de ahora. La gente llega a comer, a probar cualquier cosa mientras se entretiene mandando mensajes por el celular.
Camino sin garbo, atento a los vendedores de tarjetas de crédito que, cuidadosamente, saludan de mano al iniciar su chamba.
—No, gracias, tengo infinidad de tarjetas que ya no sé qué hacer con ellas. (Sí, son de presentación, de esas que dan algunos conocidos, inventándose títulos académicos e importantes cargos laborales).
Pregunto por relojes, también por navajas. No me sorprendo porque sólo lo hago para matar el tiempo. Después, en los videojuegos, compro una tarjeta y elijo un juego que no se vea tan difícil. Se trata de matar a unos patos que a intervalos desfilan por una suerte de aparador. Es fácil, pienso, pero confirmo que nunca serví para estas cosas.
Las señoras y sus hijas rondas las tiendas de ropa o zapatos. A veces entran juntas, otras prefieren separarse. Cada una tiene sus gustos. Tardan eternidades mirando, escogiendo, preguntando.
Sentado en una banca las observo mientras trato de encender un cigarro.
Entran en las tiendas de chácharas y escogen una pulsera, un anillo, lo que sea con tal de salir con las manos llenas —o por lo menos con algo— de una de sus tantas aventuras por las plazas.
Mis manos siguen vacías. Mi estómago, aunque comí, sigue retortijando; me peo gracias a la fanta.
Por la calle, caminando, pienso que todo Tuxtla se moderniza, se contamina. Es inevitable, estamos insertos en el mercado mundial y tenemos que hacer circular el capital (otra vez mis peroratas). Hay que comprar algo, gastar nuestra paga.
Y eso, digo, nos contamina. (Ya no pregunten por qué).
Pero así pienso cuando ando en la calle, solo. A pesar de que ese jipi de la Avenida Central diga que la pulsera que él vende es mejor y más barata que la que compré en la plaza.
Para qué negarlo, estoy contaminado.
Mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Casi al mediodía los ladridos de los perros me despiertan. Perezosamente, sin disimular mi amodorramiento, me levanto al baño. Orino como si tuviera tres días de no hacerlo. Otra vez a la calle.
Llego a una de las plazas comerciales a comer algo rápido, por no decir barato. Pero ahí nada es barato y tampoco rápido. Pido unas gorditas y también una fanta. (Me asusta la coca, dicen que mata cucarachas y hasta puede funcionar como gasolina). Espero casi veinte minutos sentado cerca; escucho el murmullo de la modernidad que, a cuentagotas, alcanza a Tuxtla. Hace unos cuantos años no había fast food, tampoco varias salas cinematográficas, ni plazas comerciales como las de ahora. La gente llega a comer, a probar cualquier cosa mientras se entretiene mandando mensajes por el celular.
Camino sin garbo, atento a los vendedores de tarjetas de crédito que, cuidadosamente, saludan de mano al iniciar su chamba.
—No, gracias, tengo infinidad de tarjetas que ya no sé qué hacer con ellas. (Sí, son de presentación, de esas que dan algunos conocidos, inventándose títulos académicos e importantes cargos laborales).
Pregunto por relojes, también por navajas. No me sorprendo porque sólo lo hago para matar el tiempo. Después, en los videojuegos, compro una tarjeta y elijo un juego que no se vea tan difícil. Se trata de matar a unos patos que a intervalos desfilan por una suerte de aparador. Es fácil, pienso, pero confirmo que nunca serví para estas cosas.
Las señoras y sus hijas rondas las tiendas de ropa o zapatos. A veces entran juntas, otras prefieren separarse. Cada una tiene sus gustos. Tardan eternidades mirando, escogiendo, preguntando.
Sentado en una banca las observo mientras trato de encender un cigarro.
Entran en las tiendas de chácharas y escogen una pulsera, un anillo, lo que sea con tal de salir con las manos llenas —o por lo menos con algo— de una de sus tantas aventuras por las plazas.
Mis manos siguen vacías. Mi estómago, aunque comí, sigue retortijando; me peo gracias a la fanta.
Por la calle, caminando, pienso que todo Tuxtla se moderniza, se contamina. Es inevitable, estamos insertos en el mercado mundial y tenemos que hacer circular el capital (otra vez mis peroratas). Hay que comprar algo, gastar nuestra paga.
Y eso, digo, nos contamina. (Ya no pregunten por qué).
Pero así pienso cuando ando en la calle, solo. A pesar de que ese jipi de la Avenida Central diga que la pulsera que él vende es mejor y más barata que la que compré en la plaza.
Para qué negarlo, estoy contaminado.
Mentas: vlatido@yahoo.com.mx
martes, junio 28, 2005
Paranoia
Paranoia
Vladimir González R.
La ambulancia ulula: los pasos en una noche lluviosa son harto peligrosos. Corres con mucha precaución (no te vayas a caer con toda la pinche carga emocional que llevas encima) hacia la avenida central para perderte en los ríos de gente.
Avanzas con las piernas temblando. Sigues escuchando el llanto, el gemido (pinche puta) de la ambulancia. La oyes cerca, casi sientes su vaho chocando en tu cuello. El corazón agitado bombea tanta sangre que hincha tus venas.
Llegas, ves caras, rostros despreocupados, alegres, sin ninguna intención de mostrar la irritabilidad que produce el chillar de las ambulancias. Te sabes solo, atrapado entre el llanto.
No dejas que la muerte te sorprenda.
Quieres esconderte en las oquedades de la ciudad. Te desesperas. Corres. Sí, corre, huye, vienen por ti, saben que estás cerca, sienten tu olor, tu miedo. Das media vuelta y avanzas por la primera, segunda, tercera norte. Arrollas a la gente que encuentras a tu paso. Nada te importa.
¡Al diablo la precaución!
Agitado te detienes un momento. Hurgas en tus bolsillos en busca de un cigarro, de algo que te entretenga, que trate de despejarte. No lo encuentras, sientes que alguien te lo ha quitado, que te han arrebatado tu esencia. Lo percibes. Te sientes perseguido. El ulular te acosa. Estás arrinconado. Te sientas en la banqueta y dejas que la lluvia te bañe, que la muerte te alcance.
Cerca, muy cerca, escuchas a la ambulancia. Crees la muerte próxima. Cierras los ojos, esperas que te levanten, que los paramédicos te lleven. No traes identificación, también te la han robado.
¡Te hostigan!
Suspiras. ¿Por qué vas a dejar que ellos te lleven? No. Nunca más te engañarán, defraudarán, robarán, perseguirán, acosarán; a la chingada el sistema.
Te levantas y atraviesas la calle. Escuchas tus pasos, crees que son lentos. Ves el juego de luces reflejadas en las casas, en la calle. No quieres voltear. Sabes que su llanto, tan cerca, te mostrará las fauces que te quiere devorar.
¡Corre!
Crees que eres lento, pero no dejas de avanzar hacia el norte. Das grandes zancadas, alargas los pasos, resuellas. Escuchas el agua corriendo, ves pequeñas olas que se alcanzan a salir del cauce. Agua sucia, drenaje, baña tus pies.
La calle se termina, el río la atraviesa, la penetra. No hay puente. Quieres maldecir pero no te da tiempo. Te avientas. Adoptas una posición fetal antes de caer al agua. La corriente te arrastra, te devora. Te pierdes entre la noche, entre el agua. Escuchas a lo lejos, muy allá, el triste lamento de las sirenas.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Vladimir González R.
La ambulancia ulula: los pasos en una noche lluviosa son harto peligrosos. Corres con mucha precaución (no te vayas a caer con toda la pinche carga emocional que llevas encima) hacia la avenida central para perderte en los ríos de gente.
Avanzas con las piernas temblando. Sigues escuchando el llanto, el gemido (pinche puta) de la ambulancia. La oyes cerca, casi sientes su vaho chocando en tu cuello. El corazón agitado bombea tanta sangre que hincha tus venas.
Llegas, ves caras, rostros despreocupados, alegres, sin ninguna intención de mostrar la irritabilidad que produce el chillar de las ambulancias. Te sabes solo, atrapado entre el llanto.
No dejas que la muerte te sorprenda.
Quieres esconderte en las oquedades de la ciudad. Te desesperas. Corres. Sí, corre, huye, vienen por ti, saben que estás cerca, sienten tu olor, tu miedo. Das media vuelta y avanzas por la primera, segunda, tercera norte. Arrollas a la gente que encuentras a tu paso. Nada te importa.
¡Al diablo la precaución!
Agitado te detienes un momento. Hurgas en tus bolsillos en busca de un cigarro, de algo que te entretenga, que trate de despejarte. No lo encuentras, sientes que alguien te lo ha quitado, que te han arrebatado tu esencia. Lo percibes. Te sientes perseguido. El ulular te acosa. Estás arrinconado. Te sientas en la banqueta y dejas que la lluvia te bañe, que la muerte te alcance.
Cerca, muy cerca, escuchas a la ambulancia. Crees la muerte próxima. Cierras los ojos, esperas que te levanten, que los paramédicos te lleven. No traes identificación, también te la han robado.
¡Te hostigan!
Suspiras. ¿Por qué vas a dejar que ellos te lleven? No. Nunca más te engañarán, defraudarán, robarán, perseguirán, acosarán; a la chingada el sistema.
Te levantas y atraviesas la calle. Escuchas tus pasos, crees que son lentos. Ves el juego de luces reflejadas en las casas, en la calle. No quieres voltear. Sabes que su llanto, tan cerca, te mostrará las fauces que te quiere devorar.
¡Corre!
Crees que eres lento, pero no dejas de avanzar hacia el norte. Das grandes zancadas, alargas los pasos, resuellas. Escuchas el agua corriendo, ves pequeñas olas que se alcanzan a salir del cauce. Agua sucia, drenaje, baña tus pies.
La calle se termina, el río la atraviesa, la penetra. No hay puente. Quieres maldecir pero no te da tiempo. Te avientas. Adoptas una posición fetal antes de caer al agua. La corriente te arrastra, te devora. Te pierdes entre la noche, entre el agua. Escuchas a lo lejos, muy allá, el triste lamento de las sirenas.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
viernes, abril 22, 2005
Los muñecos del rock
Los muñecos del rock
Se dicen a sí mismos los representantes del rock ejidal. Quién sabe qué sea, exactamente, eso. Pero tienen un sonido característico, peculiar. Son tres los muñecos (en voz propia se denominan los nuevos símbolos sexuales de las jovencitas, los luismigueles del rock) que integran el grupo Tex Tex.
Sombrero, botas vaqueras y toda la facha de Bronco, o quizá de los eternos Tigres del Norte: así visten, pero tocan como los ZZ Top (al menos hacen el cover de La Grange) al estilo mexicano, pero muy mexicano.
La voz ronca de Lalo Tex, y su guitarra rocanrolera; el bajo sencillo, sin complicaciones, de Chucho Tex; y la bataca de Paco Tex (no le pega muy bien, pero le pega bien duro), forman a este grupo que inició su carrera musical a mediados de la década de 1980 con una canción (la misma que dio nombre a su primer disco) que todavía pega en sus toquines: “Toque mágico.”
Coro: “Tal vez necesite un toque mágico, mágicoooooo, algo que a mi vida quizá la haga cambiar”. Esos primitos, móchense.
Perdidos es el segundo disco. Es, para mí, uno de los mejores simplemente porque es auténtico. Refleja el sonido de la banda, ese que se escucha en los conciertos. Y las letras también son auténticas, sin buscar recovecos del lenguaje para decir, contar, sus preocupaciones: “Estoy aquí encerrado en la delegación, por usar el pelo largo y gustarme el rocanrol, y eso no lo pena la Constitución”. Para qué más complicaciones.
En el tercer disco, al que llamaron simplemente Tex Tex 3, hay buenas rolas que conservan el sonido de la banda. “Pancho panchito” es la preferida, además de esa para enculados, “Despedazado”. Ahí, claro, basta un par de chelas y dejar que el muñeco mayor desafine su voz para exigir “un pequeño favor, que te masturbes de vez en cuando pensando en mí”.
Con Te vas a acordar de mí, su cuarto disco de estudio, llegó la gloria mediática. Quién no recuerda las borracheras preparatorianas cantando “Me dijiste” o la canción que le dio nombre al disco. Tanto fue que hasta los muñecos salieron en Televisa y los programaban las estaciones radiofónicas, esas que viven de los éxitos de un día.
El quinto disco perdió el punch en los medios que llegó a alcanzar con el anterior. Se llamó Súbete al tren. Quisieron repetir la fórmula con el corte “Ahora que no vives conmigo”. Pero eso sí, conservaron la base de su sonido: rock bandoso, pegador, simple, cómico y con energía.
Además, todo mundo se divierte en sus conciertos, celebrando las ocurrencias de Lalo Tex y coreando las canciones, porque sí que son fáciles de aprender. Ah, y también porque venden mucha cerveza.
Mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Se dicen a sí mismos los representantes del rock ejidal. Quién sabe qué sea, exactamente, eso. Pero tienen un sonido característico, peculiar. Son tres los muñecos (en voz propia se denominan los nuevos símbolos sexuales de las jovencitas, los luismigueles del rock) que integran el grupo Tex Tex.
Sombrero, botas vaqueras y toda la facha de Bronco, o quizá de los eternos Tigres del Norte: así visten, pero tocan como los ZZ Top (al menos hacen el cover de La Grange) al estilo mexicano, pero muy mexicano.
La voz ronca de Lalo Tex, y su guitarra rocanrolera; el bajo sencillo, sin complicaciones, de Chucho Tex; y la bataca de Paco Tex (no le pega muy bien, pero le pega bien duro), forman a este grupo que inició su carrera musical a mediados de la década de 1980 con una canción (la misma que dio nombre a su primer disco) que todavía pega en sus toquines: “Toque mágico.”
Coro: “Tal vez necesite un toque mágico, mágicoooooo, algo que a mi vida quizá la haga cambiar”. Esos primitos, móchense.
Perdidos es el segundo disco. Es, para mí, uno de los mejores simplemente porque es auténtico. Refleja el sonido de la banda, ese que se escucha en los conciertos. Y las letras también son auténticas, sin buscar recovecos del lenguaje para decir, contar, sus preocupaciones: “Estoy aquí encerrado en la delegación, por usar el pelo largo y gustarme el rocanrol, y eso no lo pena la Constitución”. Para qué más complicaciones.
En el tercer disco, al que llamaron simplemente Tex Tex 3, hay buenas rolas que conservan el sonido de la banda. “Pancho panchito” es la preferida, además de esa para enculados, “Despedazado”. Ahí, claro, basta un par de chelas y dejar que el muñeco mayor desafine su voz para exigir “un pequeño favor, que te masturbes de vez en cuando pensando en mí”.
Con Te vas a acordar de mí, su cuarto disco de estudio, llegó la gloria mediática. Quién no recuerda las borracheras preparatorianas cantando “Me dijiste” o la canción que le dio nombre al disco. Tanto fue que hasta los muñecos salieron en Televisa y los programaban las estaciones radiofónicas, esas que viven de los éxitos de un día.
El quinto disco perdió el punch en los medios que llegó a alcanzar con el anterior. Se llamó Súbete al tren. Quisieron repetir la fórmula con el corte “Ahora que no vives conmigo”. Pero eso sí, conservaron la base de su sonido: rock bandoso, pegador, simple, cómico y con energía.
Además, todo mundo se divierte en sus conciertos, celebrando las ocurrencias de Lalo Tex y coreando las canciones, porque sí que son fáciles de aprender. Ah, y también porque venden mucha cerveza.
Mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, abril 13, 2005
El circo sagrado
El circo sagrado
Me encanta Dios, pero me encabrona el Papa. No lo dijo Jaime Sabines. No sé si sea cierto que, como sí dijo el poeta, Dios sea un tipo cegatón y torpe con las manos; y tampoco sé si él ha enviado a tipos “excepcionales, como Buda, o Mahoma, o Cristo, o mi tía Chofi”. Y si también envió al Papa. Yo lo dudo porque nadie me ha convencido, ni lo he hecho por mi cuenta, de que existe.
Lo que sí es cierto es la sensiblería desbordada por todos lados con la muerte del Papa. Eso me encabrona. (Ya sé, y me lo han dicho, no debo hacer tanto coraje). Las pantallas de televisión casi lloran. Hasta tuve que acercarme al monitor para limpiar las lágrimas de los conductores que de un momento a otro, pensaba, se iban a salir, escapar, como en El Aro.
Eso fue un gran espectáculo, el circo mediático. Todo se coció a fuego lento, ante la desesperación de los periodistas quienes, un par de semanas antes, habían viajado a Roma para transmitir en vivo la muerte. Se desesperaron. Después estalló la noticia que, como siempre, capitalizaron las televisoras para llevar agua, dinero, prestigio, a su molino. “Fuimos los primeros en dar la noticia”. Eso es oportunidad. (Y también olfato carnicero).
Fueron horas, transmisiones en directo. Todo por el rating. Y porque, además, a bote pronto, a nadie hace daño que el Papa se muera. ¿O sí? Era anticomunista, intolerante, conservador, contradictorio y gastaba un chingo de paga. Ahora viene la política, los jaloneos, los intereses por dirigir a la Iglesia católica.
Después el desafuero de López Obrador, con un discurso que a veces pareciera viejo, pero es tan actual y peligroso que solamente unos cortes informativos y dos o tres notas opacadas por el barullo papal bastaron para los medios electrónicos. Eso no vende; además, pone en riesgo al país S.A.
No sé si Dios envió al Papa, pero esa noche, la de su muerte, fui al cine e hice el amor. (Por qué jodidos me acordé de Sabines, ni me gusta).
Zapping
Las plumas buscan donde caer, desprenderse, para que el viento se las lleve. A veces el espacio es virtual: la blogósfera. Ahí andan, posteando, el Navo, el Pulido, el pinchequijotedemierda y, ahora, también, el maese Mauricio Sáenz (www.demasiadofuror.blogspot.com). Se recomienda leer, aunque sea en la pantalla de la computadora. (Así dicen ser los posmodernos).
Mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Me encanta Dios, pero me encabrona el Papa. No lo dijo Jaime Sabines. No sé si sea cierto que, como sí dijo el poeta, Dios sea un tipo cegatón y torpe con las manos; y tampoco sé si él ha enviado a tipos “excepcionales, como Buda, o Mahoma, o Cristo, o mi tía Chofi”. Y si también envió al Papa. Yo lo dudo porque nadie me ha convencido, ni lo he hecho por mi cuenta, de que existe.
Lo que sí es cierto es la sensiblería desbordada por todos lados con la muerte del Papa. Eso me encabrona. (Ya sé, y me lo han dicho, no debo hacer tanto coraje). Las pantallas de televisión casi lloran. Hasta tuve que acercarme al monitor para limpiar las lágrimas de los conductores que de un momento a otro, pensaba, se iban a salir, escapar, como en El Aro.
Eso fue un gran espectáculo, el circo mediático. Todo se coció a fuego lento, ante la desesperación de los periodistas quienes, un par de semanas antes, habían viajado a Roma para transmitir en vivo la muerte. Se desesperaron. Después estalló la noticia que, como siempre, capitalizaron las televisoras para llevar agua, dinero, prestigio, a su molino. “Fuimos los primeros en dar la noticia”. Eso es oportunidad. (Y también olfato carnicero).
Fueron horas, transmisiones en directo. Todo por el rating. Y porque, además, a bote pronto, a nadie hace daño que el Papa se muera. ¿O sí? Era anticomunista, intolerante, conservador, contradictorio y gastaba un chingo de paga. Ahora viene la política, los jaloneos, los intereses por dirigir a la Iglesia católica.
Después el desafuero de López Obrador, con un discurso que a veces pareciera viejo, pero es tan actual y peligroso que solamente unos cortes informativos y dos o tres notas opacadas por el barullo papal bastaron para los medios electrónicos. Eso no vende; además, pone en riesgo al país S.A.
No sé si Dios envió al Papa, pero esa noche, la de su muerte, fui al cine e hice el amor. (Por qué jodidos me acordé de Sabines, ni me gusta).
Zapping
Las plumas buscan donde caer, desprenderse, para que el viento se las lleve. A veces el espacio es virtual: la blogósfera. Ahí andan, posteando, el Navo, el Pulido, el pinchequijotedemierda y, ahora, también, el maese Mauricio Sáenz (www.demasiadofuror.blogspot.com). Se recomienda leer, aunque sea en la pantalla de la computadora. (Así dicen ser los posmodernos).
Mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, marzo 17, 2005
Porno star
Porno star
Una mujer no sabe su desgracia: su marido la engaña, desde hace años, con otra más joven que ella. Llega al set de televisión y se encuentra a su rival confesando el profundo amor que le guarda a su hombre. Todos sabemos de lo que se trata, menos ella. Al enterarse se pone a chillar, se desnuda, la desnudan.
Quiero cambiar el canal, desintonizarme. Busco salir. Abordo un taxi y el chofer, con ganas de platicar, comienza a contarme su vida. “Aquí, a la vuelta, viven mis hijos con mi ex mujer. Sólo vengo por ellos, a dejarles dinero. Soy feliz con mi nueva esposa”.
En el trayecto, ya sobre el libramiento, termina de hablar. Tal parece que es su discurso, su historia encapsulada, la que vende a tragos a sus pasajeros. A cuenta gotas se quita y se pone máscaras, se exhibe.
Entro en una cantina y se escucha al Buki (si no te hubieras…). Risotadas, miradas atentas, extrañas, perdidas. En una mesa una pareja discute sus problemas. Beodos ambos. Se pelean entre gritos que al instante ansían reprimir. A ella la abandonan; gimotea, primero, llora, después, y deja la cantina cubriéndose el rostro.
La calle, la tele, las circunstancias los desnudan. Todos se vuelven actores que exponen, que exhiben sus pasiones como si exhibieran sus carnes. Algunos se entrenan (en la televisión ensayan sus poses, sus llantos, aprenden a mirar a la cámara); otros no tienen salida (la monotonía del trabajo, el taxi, la oficina).
El gran cine es la ciudad. Hay cientos de escenarios propicios para contar penas, para actuarlas. Actores todos porque también hay cámaras escondidas, oídos atentos, miradas inquisitivas.
También este texto es porno. (Y la noche del concierto de los Tigres del Norte).
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Una mujer no sabe su desgracia: su marido la engaña, desde hace años, con otra más joven que ella. Llega al set de televisión y se encuentra a su rival confesando el profundo amor que le guarda a su hombre. Todos sabemos de lo que se trata, menos ella. Al enterarse se pone a chillar, se desnuda, la desnudan.
Quiero cambiar el canal, desintonizarme. Busco salir. Abordo un taxi y el chofer, con ganas de platicar, comienza a contarme su vida. “Aquí, a la vuelta, viven mis hijos con mi ex mujer. Sólo vengo por ellos, a dejarles dinero. Soy feliz con mi nueva esposa”.
En el trayecto, ya sobre el libramiento, termina de hablar. Tal parece que es su discurso, su historia encapsulada, la que vende a tragos a sus pasajeros. A cuenta gotas se quita y se pone máscaras, se exhibe.
Entro en una cantina y se escucha al Buki (si no te hubieras…). Risotadas, miradas atentas, extrañas, perdidas. En una mesa una pareja discute sus problemas. Beodos ambos. Se pelean entre gritos que al instante ansían reprimir. A ella la abandonan; gimotea, primero, llora, después, y deja la cantina cubriéndose el rostro.
La calle, la tele, las circunstancias los desnudan. Todos se vuelven actores que exponen, que exhiben sus pasiones como si exhibieran sus carnes. Algunos se entrenan (en la televisión ensayan sus poses, sus llantos, aprenden a mirar a la cámara); otros no tienen salida (la monotonía del trabajo, el taxi, la oficina).
El gran cine es la ciudad. Hay cientos de escenarios propicios para contar penas, para actuarlas. Actores todos porque también hay cámaras escondidas, oídos atentos, miradas inquisitivas.
También este texto es porno. (Y la noche del concierto de los Tigres del Norte).
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, marzo 09, 2005
Periodismo gore
· Periodismo gore
A los cadáveres solamente los he visto en fotografías. Bueno, confieso, una vez iba caminando rumbo a mi casa y en el Sabinal vi a un hombre que, según yo, estaba durmiendo. Al otro día, noticia de contraportada: “Lo encontraron muerto en el Sabinal”. Algo así decía. Y sí, la foto era de ese pobre bolenco.
En los periódicos sigo viendo cadáveres, hombres y mujeres que alguna vez, en vida, gozaron de la humedad libertaria. Los diarios se han vuelto carniceros. Ofrecen panza, pata, hígado, tasajo y si va usted a querer sus tacos con doble tortilla. Los clientes piden monte en exceso y también una salsa que pique. Y si hay un consomé es bueno para el descrude.
El negocio es añejo, pero no deja de ser redituable. Es el morbo.
Mujeres desconocidas que son halladas en las alcantarillas, con historias que todos se imaginan pero que nadie afirma; más morbo. Hombres de rostros desfigurados, irreconocibles; adolescentes con la lengua de fuera pendiendo de una soga: sangre por todos lados.
El tren que degüella a los transmigrantes, el alcohol que maneja los destinos, los hilos, de los conductores; los celos que preparan la hoz, el desquicio, la enfermedad, la locura. Motivos hay muchos, sí que los hay. Y ellos lo saben.
Mientras, seguiré viendo un montón de fotos: tripas, vísceras, sangre: el mercado.
Periodismo gore, deberían decirle.
Xerox revenge chiapaneco
Más locos y cargados de batacas regresaron de Veracruz los del Xerox revenge, movimiento fanzineroso que sobrevive en las cloacas de Mi oficina (o cualquier otra, lo mismo da. Vientos pinchequijote por Léase: escribir…). Fueron allá a leer sus textos y, supongo, a dejarse consentir por esa vieja alcahuete a la que llaman calor.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
A los cadáveres solamente los he visto en fotografías. Bueno, confieso, una vez iba caminando rumbo a mi casa y en el Sabinal vi a un hombre que, según yo, estaba durmiendo. Al otro día, noticia de contraportada: “Lo encontraron muerto en el Sabinal”. Algo así decía. Y sí, la foto era de ese pobre bolenco.
En los periódicos sigo viendo cadáveres, hombres y mujeres que alguna vez, en vida, gozaron de la humedad libertaria. Los diarios se han vuelto carniceros. Ofrecen panza, pata, hígado, tasajo y si va usted a querer sus tacos con doble tortilla. Los clientes piden monte en exceso y también una salsa que pique. Y si hay un consomé es bueno para el descrude.
El negocio es añejo, pero no deja de ser redituable. Es el morbo.
Mujeres desconocidas que son halladas en las alcantarillas, con historias que todos se imaginan pero que nadie afirma; más morbo. Hombres de rostros desfigurados, irreconocibles; adolescentes con la lengua de fuera pendiendo de una soga: sangre por todos lados.
El tren que degüella a los transmigrantes, el alcohol que maneja los destinos, los hilos, de los conductores; los celos que preparan la hoz, el desquicio, la enfermedad, la locura. Motivos hay muchos, sí que los hay. Y ellos lo saben.
Mientras, seguiré viendo un montón de fotos: tripas, vísceras, sangre: el mercado.
Periodismo gore, deberían decirle.
Xerox revenge chiapaneco
Más locos y cargados de batacas regresaron de Veracruz los del Xerox revenge, movimiento fanzineroso que sobrevive en las cloacas de Mi oficina (o cualquier otra, lo mismo da. Vientos pinchequijote por Léase: escribir…). Fueron allá a leer sus textos y, supongo, a dejarse consentir por esa vieja alcahuete a la que llaman calor.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, febrero 24, 2005
Círculo vicioso
· Círculo vicioso
Silencio: solamente se escuchan las gotas que desafían la gravedad (pobres, ineluctablemente caen al piso). Serenidad, murmullos lejanos, calor, perros en las calles olisqueando basura. Esbozos de placer.
Eso ocurre cuando no hay nadie en casa, cuando, además, no hay energía eléctrica. Entonces divago: el protestantismo es una condición del capitalismo: volvámonos protestantes.
El catolicismo fue la condición del feudalismo: vivimos atrapados en atavismos, en el eterno subdesarrollo.
La religión tiene un plan definido: el mundo se va a acabar, sólo la ciudad de Dios se salvará: etérea.
El sistema moldea al hombre para consumir, para lanzar loas y largas vidas al capitalismo. Dudo: ¿soy ateo?
La historia se disfraza de héroes, de grandes personajes a quienes les debemos nuestra identidad: pleitesía, recuerdos rosas.
La libertad es una mentira: Televisa o TV Azteca.
En la lucha libre los costalazos son puras mentiras: circo, sangre, espectáculo, morbo.
Los Sex Pistols fueron un fraude: el punk se vició de origen.
Dios no existe: existamos.
Ya se acerca del día de la familia: hay que mantener el consumismo, inyectar dosis de necesidades falsas.
América para los americanos: en el Norte la paga, en el sur las maquilas.
La realidad es un mito.
Un televisor encendido: mi mente en blanco. (Otra vez la energía eléctrica, dejo de divagar).
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Silencio: solamente se escuchan las gotas que desafían la gravedad (pobres, ineluctablemente caen al piso). Serenidad, murmullos lejanos, calor, perros en las calles olisqueando basura. Esbozos de placer.
Eso ocurre cuando no hay nadie en casa, cuando, además, no hay energía eléctrica. Entonces divago: el protestantismo es una condición del capitalismo: volvámonos protestantes.
El catolicismo fue la condición del feudalismo: vivimos atrapados en atavismos, en el eterno subdesarrollo.
La religión tiene un plan definido: el mundo se va a acabar, sólo la ciudad de Dios se salvará: etérea.
El sistema moldea al hombre para consumir, para lanzar loas y largas vidas al capitalismo. Dudo: ¿soy ateo?
La historia se disfraza de héroes, de grandes personajes a quienes les debemos nuestra identidad: pleitesía, recuerdos rosas.
La libertad es una mentira: Televisa o TV Azteca.
En la lucha libre los costalazos son puras mentiras: circo, sangre, espectáculo, morbo.
Los Sex Pistols fueron un fraude: el punk se vició de origen.
Dios no existe: existamos.
Ya se acerca del día de la familia: hay que mantener el consumismo, inyectar dosis de necesidades falsas.
América para los americanos: en el Norte la paga, en el sur las maquilas.
La realidad es un mito.
Un televisor encendido: mi mente en blanco. (Otra vez la energía eléctrica, dejo de divagar).
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, febrero 10, 2005
Diletante
· Diletante
Traigo cinco pesos para gastarlos en chicles. Es una fortuna. Lo que voy a hacer es gastar dos pesos y me sentaré, en la banqueta, frente a algún aparador, a ver la televisión. Es noche mexicana, noche de fiesta. Desde las siete empezó la feria de goles. Fox Sport transmitió desde la altura del Cusco el partido de las sagradas Chivas Rayadas del Guadalajara (mi equipo, sí, lo sigue siendo aun con los Jaguares). Es un orgullo ver al mexicanísimo rebaño, fundado por franceses y cuyo uniforme recuerda, al menos en colores, al país galo. (A mí, la verdad, qué me importa). Con el chicle en la boca, haciendo bombitas y reventándolas de manera estruendosa, me levanto para decirle al dependiente que le cambie al televisor porque va a empezar el partido de la selección. Emocionado, aquel, sintoniza tvazteca y se pone firmes porque están cantando el himno nacional mexicano. Yo ni siquiera lo tarareo por dos cosas: una, tengo una voz feísima y me da mucha pena cantar (ja, ja, no se rían); y la otra nunca me lo aprendí o, mejor dicho, sufro de amnesia cuando lo escucho, así sea lunes. A los diez minutos México ya va ganando dos goles a cero y la gente se apiña frente al escaparate este donde estoy sentado, gritando los goles. Que le cambie al de las Chivas, pedimos: ¡oh, sorpresa!, van goleando. Me quedan tres pesos que, como dije, tenía destinado para comprar chicles. Mejor compro un cigarro. Gasto dos de mis tres pesos. Van a dar las nueve y tengo que comprar un disco y también un libro. Camino sobre la Avenida Central, tranquilo, con la confianza de un triunfo seguro de la selección mexicana y de las Chivas. (Al otro día me entero, para más beneplácito, que ambos ganaron, por fin). Entonces camino y entro en una tienda de discos. Después de tanto ver quiero comprar uno de La Barranca, donde viene la rolita Día negro (hoy no es un día común…). Ya lo tengo en la mano pero me encuentro a un cuate, me dice que tiene ese y más de La Barranca y que me los va a prestar todos. Dejo, pues, el disco; quiero comprar otro pero ya vi tanto que mi ojo ya se cansó, o sea, que no sé qué comprar. Sí me entienden, ¿verdad? Antes de que cierren la librería entro corriendo a preguntarle al que ahí atiende si tiene un libro de Guillermo Fadanelli, me pregunta cuál, le respondo que el que sea (me quedé en blanco, no recordaba ningún título). La otra cara de Rock Hudson, así se llama el fadanellibook que compré. Lo voy a llevar a mi casa para ponerlo en la lista de espera, es que estoy leyendo otros que pretendo terminar rapidito, porque ya empezaron mis clases. Quiero tomar la combi, hurgo mis bolsillos, encuentro un chicle envuelto, una moneda de un peso y dos billetes de 50. Traía sólo cinco pesos en la bolsa, ya gasté cuatro en chicles y cigarros. ¿De dónde saqué lo demás? Saber. Que incoherente es a veces la realidad, ¿no? Además, otra vez estoy escribiendo corriendito, pero ahora sí le puse comas, para que se detengan, je.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Traigo cinco pesos para gastarlos en chicles. Es una fortuna. Lo que voy a hacer es gastar dos pesos y me sentaré, en la banqueta, frente a algún aparador, a ver la televisión. Es noche mexicana, noche de fiesta. Desde las siete empezó la feria de goles. Fox Sport transmitió desde la altura del Cusco el partido de las sagradas Chivas Rayadas del Guadalajara (mi equipo, sí, lo sigue siendo aun con los Jaguares). Es un orgullo ver al mexicanísimo rebaño, fundado por franceses y cuyo uniforme recuerda, al menos en colores, al país galo. (A mí, la verdad, qué me importa). Con el chicle en la boca, haciendo bombitas y reventándolas de manera estruendosa, me levanto para decirle al dependiente que le cambie al televisor porque va a empezar el partido de la selección. Emocionado, aquel, sintoniza tvazteca y se pone firmes porque están cantando el himno nacional mexicano. Yo ni siquiera lo tarareo por dos cosas: una, tengo una voz feísima y me da mucha pena cantar (ja, ja, no se rían); y la otra nunca me lo aprendí o, mejor dicho, sufro de amnesia cuando lo escucho, así sea lunes. A los diez minutos México ya va ganando dos goles a cero y la gente se apiña frente al escaparate este donde estoy sentado, gritando los goles. Que le cambie al de las Chivas, pedimos: ¡oh, sorpresa!, van goleando. Me quedan tres pesos que, como dije, tenía destinado para comprar chicles. Mejor compro un cigarro. Gasto dos de mis tres pesos. Van a dar las nueve y tengo que comprar un disco y también un libro. Camino sobre la Avenida Central, tranquilo, con la confianza de un triunfo seguro de la selección mexicana y de las Chivas. (Al otro día me entero, para más beneplácito, que ambos ganaron, por fin). Entonces camino y entro en una tienda de discos. Después de tanto ver quiero comprar uno de La Barranca, donde viene la rolita Día negro (hoy no es un día común…). Ya lo tengo en la mano pero me encuentro a un cuate, me dice que tiene ese y más de La Barranca y que me los va a prestar todos. Dejo, pues, el disco; quiero comprar otro pero ya vi tanto que mi ojo ya se cansó, o sea, que no sé qué comprar. Sí me entienden, ¿verdad? Antes de que cierren la librería entro corriendo a preguntarle al que ahí atiende si tiene un libro de Guillermo Fadanelli, me pregunta cuál, le respondo que el que sea (me quedé en blanco, no recordaba ningún título). La otra cara de Rock Hudson, así se llama el fadanellibook que compré. Lo voy a llevar a mi casa para ponerlo en la lista de espera, es que estoy leyendo otros que pretendo terminar rapidito, porque ya empezaron mis clases. Quiero tomar la combi, hurgo mis bolsillos, encuentro un chicle envuelto, una moneda de un peso y dos billetes de 50. Traía sólo cinco pesos en la bolsa, ya gasté cuatro en chicles y cigarros. ¿De dónde saqué lo demás? Saber. Que incoherente es a veces la realidad, ¿no? Además, otra vez estoy escribiendo corriendito, pero ahora sí le puse comas, para que se detengan, je.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
lunes, febrero 07, 2005
jueves, febrero 03, 2005
La historia y la ficcion
∑ La historia y la ficción
Vladimir González R.
Habrá distintas maneras de contar la realidad, de reinventarla. La novela histórica, con todo y sus limitaciones, es de esas propuestas para rescribir la historia, para volver a contarla, para reinventarla.
Dicen que la novela histórica se mantiene en el limbo de la literatura y la historia, nadie la quiere agarrar, hacer suya. Tengo la impresión de que los historiadores no le entran porque la historia, dicen, debe ser una ciencia y basarse, claro está, en un método científico. Y a los literatos les puede parecer aburrida porque, al basarse en hechos históricos, se constriñen a la veracidad de los mismos, y no a la ficción.
En el siglo XIX la historia se escribía de acuerdo al positivismo, en boga para entonces. Con el positivismo se pretendía hacer un relato exacto de la realidad, reproducirlo fielmente, sin ninguna explicación. De ahí nace la idea de la historia narrativa, la que sólo se cuenta.
La literatura recorría esos mismos caminos. La novela pretendía ser realista, reflejar la realidad. Por eso la novela histórica proliferó. Muchos relatos literarios se situaban en espacio y tiempo histórico, trataban de contar la realidad.
La novela histórica contemporánea ya no es la misma que la decimonónica. Ahora, con la nueva novela histórica y con el olvido del positivismo entre los historiadores, la historia y la literatura se pueden unir para inventar la realidad, o para hacer realidad la ficción.
Una de las características de la nueva novela histórica es, precisamente, la manipulación conciente el pasado. Claro, queda de cada historiador o escritor contar la historia de la manera que mejor le plazca.
Lo importante, creo, es que el lector de la novela histórica sea conciente de que se enfrenta a un documento literario e histórico, es decir, que no asuma como una verdad indiscutible lo que ahí lee, ni que estalle en ira por las aventuras o pequeñas mentiras que, de acuerdo a las necesidades del texto, invente el escritor.
Además, como dijo Borges, la historia es un subgénero de la ficción.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Vladimir González R.
Habrá distintas maneras de contar la realidad, de reinventarla. La novela histórica, con todo y sus limitaciones, es de esas propuestas para rescribir la historia, para volver a contarla, para reinventarla.
Dicen que la novela histórica se mantiene en el limbo de la literatura y la historia, nadie la quiere agarrar, hacer suya. Tengo la impresión de que los historiadores no le entran porque la historia, dicen, debe ser una ciencia y basarse, claro está, en un método científico. Y a los literatos les puede parecer aburrida porque, al basarse en hechos históricos, se constriñen a la veracidad de los mismos, y no a la ficción.
En el siglo XIX la historia se escribía de acuerdo al positivismo, en boga para entonces. Con el positivismo se pretendía hacer un relato exacto de la realidad, reproducirlo fielmente, sin ninguna explicación. De ahí nace la idea de la historia narrativa, la que sólo se cuenta.
La literatura recorría esos mismos caminos. La novela pretendía ser realista, reflejar la realidad. Por eso la novela histórica proliferó. Muchos relatos literarios se situaban en espacio y tiempo histórico, trataban de contar la realidad.
La novela histórica contemporánea ya no es la misma que la decimonónica. Ahora, con la nueva novela histórica y con el olvido del positivismo entre los historiadores, la historia y la literatura se pueden unir para inventar la realidad, o para hacer realidad la ficción.
Una de las características de la nueva novela histórica es, precisamente, la manipulación conciente el pasado. Claro, queda de cada historiador o escritor contar la historia de la manera que mejor le plazca.
Lo importante, creo, es que el lector de la novela histórica sea conciente de que se enfrenta a un documento literario e histórico, es decir, que no asuma como una verdad indiscutible lo que ahí lee, ni que estalle en ira por las aventuras o pequeñas mentiras que, de acuerdo a las necesidades del texto, invente el escritor.
Además, como dijo Borges, la historia es un subgénero de la ficción.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, enero 20, 2005
El gnomo
∑ El gnomo tic…
Un gnomo es el encargado de recordar todos lo días, muy temprano, que la hora ha llegado. Sacude mis cobijas, me descobija, pues, y siento la helada mañana entrar por mis pies. ¡Ah!, me encorajino y tomo la cobija para volver a cubrirme, pero minutos después todo se vuelve inútil, la mañana me aplasta.
Carajo, digo, otro día más.
El gnomo lleva, a cuestas, el tiempo. Lo mide, lo pulsa, lo hace suyo. Recorre grandes avenidas, deambula por las cantinas, entra, también, en la iglesia. Va a donde quiere ir.
Cuenta con parsimonia los minutos, los segundos. Qué habilidad y paciencia para no perder la cuenta, para saber a cada rato, a cada instante, que del uno sigue el dos, llega hasta el sesenta, y comenzar otra vez. Parece un militar entrenado para ser exacto, para apretar el gatillo en el momento preciso, justo.
Acepto que tengo un gnomo, pero lo escondo. Lo último que hice con él fue quitarle la correa, dejarlo libre, como sé que es. Pero el muy condenado se aferra a estar ahí. Lo he aventado debajo de mi cama, le he dicho que se calle, es más, lo programo para que nada diga, para que deje de contar. Pero ese maldito —sí, maldito, tengo ganas de decirlo— regresa porque se sabe importante.
Lo dejo encerrado en mi cuarto, a veces tirado, otras en el buró, junto a la computadora, lo meto en alguna caja, hasta he pensado tirarlo por el retrete.
En la calle veo que todos tienen también uno, pero no saben que es un gnomo. Lo cargan en sus bolsillos, lo andan en la muñeca, hasta en los celulares (maldita sea, caigo en la cuenta de que yo también). Disimulo para no delatar que, inconscientemente, lo he traído en el bolsillo. Cuando me desespero me acerco a alguien y pregunto por el gnomo que andan. Claro que no les digo que es un gnomo, sino pegarían de brincos, lo matarían, y este mundo se iría a la mierda.
(¡Que se vaya!, grito desde el baúl de deseos reprimidos).
Los gnomos, a final de cuentas, hacen de nosotros lo que quieren, y creo que lo que quieren es atarnos, esclavizarnos. Lo han hecho, cabrones. Porque llega la noche, la medianoche, y entonces el gnomo dice duérmete y, por más rejego que me ponga, caigo como siempre hasta el otro día.
(¿Dije que cuando aviento al gnomo debajo de la cama se empecina en saltar a la pared, a la televisión, al modular, a la video?)
¡Maldición, qué necedad de estar atado al gnomo, midiendo el tiempo!
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Un gnomo es el encargado de recordar todos lo días, muy temprano, que la hora ha llegado. Sacude mis cobijas, me descobija, pues, y siento la helada mañana entrar por mis pies. ¡Ah!, me encorajino y tomo la cobija para volver a cubrirme, pero minutos después todo se vuelve inútil, la mañana me aplasta.
Carajo, digo, otro día más.
El gnomo lleva, a cuestas, el tiempo. Lo mide, lo pulsa, lo hace suyo. Recorre grandes avenidas, deambula por las cantinas, entra, también, en la iglesia. Va a donde quiere ir.
Cuenta con parsimonia los minutos, los segundos. Qué habilidad y paciencia para no perder la cuenta, para saber a cada rato, a cada instante, que del uno sigue el dos, llega hasta el sesenta, y comenzar otra vez. Parece un militar entrenado para ser exacto, para apretar el gatillo en el momento preciso, justo.
Acepto que tengo un gnomo, pero lo escondo. Lo último que hice con él fue quitarle la correa, dejarlo libre, como sé que es. Pero el muy condenado se aferra a estar ahí. Lo he aventado debajo de mi cama, le he dicho que se calle, es más, lo programo para que nada diga, para que deje de contar. Pero ese maldito —sí, maldito, tengo ganas de decirlo— regresa porque se sabe importante.
Lo dejo encerrado en mi cuarto, a veces tirado, otras en el buró, junto a la computadora, lo meto en alguna caja, hasta he pensado tirarlo por el retrete.
En la calle veo que todos tienen también uno, pero no saben que es un gnomo. Lo cargan en sus bolsillos, lo andan en la muñeca, hasta en los celulares (maldita sea, caigo en la cuenta de que yo también). Disimulo para no delatar que, inconscientemente, lo he traído en el bolsillo. Cuando me desespero me acerco a alguien y pregunto por el gnomo que andan. Claro que no les digo que es un gnomo, sino pegarían de brincos, lo matarían, y este mundo se iría a la mierda.
(¡Que se vaya!, grito desde el baúl de deseos reprimidos).
Los gnomos, a final de cuentas, hacen de nosotros lo que quieren, y creo que lo que quieren es atarnos, esclavizarnos. Lo han hecho, cabrones. Porque llega la noche, la medianoche, y entonces el gnomo dice duérmete y, por más rejego que me ponga, caigo como siempre hasta el otro día.
(¿Dije que cuando aviento al gnomo debajo de la cama se empecina en saltar a la pared, a la televisión, al modular, a la video?)
¡Maldición, qué necedad de estar atado al gnomo, midiendo el tiempo!
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, diciembre 23, 2004
Cuarto 17 altos
Cuarto 17 altos
Estoy atrapado. Lo que hago es buscar otra vez en el teléfono celular un mensaje, no el que sea, el de ella; no siempre lo encuentro. Otras veces solamente encuentro invitaciones a pedas, algunas las acepto gustoso, en otras prefiero que la gastritis haga su trabajo, que me mate lentamente, que no llegue a año nuevo.
En otras sólo la hora y la fecha, inevitablemente.
Entonces pongo el minicomponente. Hay tres discos. Nata —los excuca— que me acaban de dar en un intercambio de regalos (me vi bien pinche, no voy a decir qué regalé); los Nata, como era de esperarse, tienen el mismo estilo de Cuca, banda que no sé porqué ha comenzado a envolverse en esos halos míticos.
El otro disco es de un grupo reciente, Plástiko. Tocan bien, tienen un estilo entre funk, ska y reggae. Bastón se llama la rola que promocionan, baladita que invita a ponerse meloso, enchamarrarse e iniciar una batalla de piernas, sin importar si hace calor.
El otro disco es de Armando Rosas y la camerata rupestre. Remembranzas de Rockdrigo, de esa época en que se proclamaba el manifiesto rupestre y tomaba fuerza, además, el rock bandoso y el heavy metal.
Mientras escucho los tres al mismo tiempo, me pongo a leer un rato. Terminé Vanterros, de Héctor Cortés y Viaje de Fray Alonso Ponce por tierras de Chiapas, de Antonio de Ciudad Real; leo, actualmente, El proceso, de Franz Kafka y algunos cuentos de Salvador Elizondo.
El zapping es el deporte favorito en mis ratos libres. Nada cuesta ejercitar cualquiera de los dedos, el que más se acomode, para estarle cambiando a la televisión, con la vana esperanza de encontrar, de mera casualidad, algo digno de mirar. Tal vez sí haya, pero me desespero.
Llegará infaliblemente la Navidad, mutable pero viva. Santaclós se embola, pero se multiplica.
Y ahí estaré, atrapado en el cuarto, con el celular en la mano esperando que alguien me avise que en otro lado también todo se ha acabado. Ah, que sueños esos ¿no?
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Estoy atrapado. Lo que hago es buscar otra vez en el teléfono celular un mensaje, no el que sea, el de ella; no siempre lo encuentro. Otras veces solamente encuentro invitaciones a pedas, algunas las acepto gustoso, en otras prefiero que la gastritis haga su trabajo, que me mate lentamente, que no llegue a año nuevo.
En otras sólo la hora y la fecha, inevitablemente.
Entonces pongo el minicomponente. Hay tres discos. Nata —los excuca— que me acaban de dar en un intercambio de regalos (me vi bien pinche, no voy a decir qué regalé); los Nata, como era de esperarse, tienen el mismo estilo de Cuca, banda que no sé porqué ha comenzado a envolverse en esos halos míticos.
El otro disco es de un grupo reciente, Plástiko. Tocan bien, tienen un estilo entre funk, ska y reggae. Bastón se llama la rola que promocionan, baladita que invita a ponerse meloso, enchamarrarse e iniciar una batalla de piernas, sin importar si hace calor.
El otro disco es de Armando Rosas y la camerata rupestre. Remembranzas de Rockdrigo, de esa época en que se proclamaba el manifiesto rupestre y tomaba fuerza, además, el rock bandoso y el heavy metal.
Mientras escucho los tres al mismo tiempo, me pongo a leer un rato. Terminé Vanterros, de Héctor Cortés y Viaje de Fray Alonso Ponce por tierras de Chiapas, de Antonio de Ciudad Real; leo, actualmente, El proceso, de Franz Kafka y algunos cuentos de Salvador Elizondo.
El zapping es el deporte favorito en mis ratos libres. Nada cuesta ejercitar cualquiera de los dedos, el que más se acomode, para estarle cambiando a la televisión, con la vana esperanza de encontrar, de mera casualidad, algo digno de mirar. Tal vez sí haya, pero me desespero.
Llegará infaliblemente la Navidad, mutable pero viva. Santaclós se embola, pero se multiplica.
Y ahí estaré, atrapado en el cuarto, con el celular en la mano esperando que alguien me avise que en otro lado también todo se ha acabado. Ah, que sueños esos ¿no?
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, diciembre 16, 2004
In albis
· In albis
A Giss, por sus ricas lecturas
Amanecer un día en blanco. Empezar de cero. Caminar desnudo por las calles, sin la más puta idea del pudor; otear por las tiendas, por las mentadas plazas de Tuxtla, por ejemplo, para que las niñas bien corran a la iglesia, sudorosas, a hacer la señal de la cruz, tomen un par de velas y se las metan por el culo.
O quizá sentarse en la banqueta, en la esquina de una casa de riquillos allá por Los Laureles, con un chingo de caguamas y chupar toda la noche, sin la mierda preocupación de que llegue la tira, se bajen de la camioneta y con esposas en mano apañen al cliente, lo suban y se lo lleven a darle una madriza por el libramiento norte.
Meterse a Vips a comer lo que sea, embarrarse los dedos y llevárselos a la boca, chuparlos, eructar y decir su puta madre, pinche mesera que sabrosa está, guiñarle un ojo e invitarla a coger con un estruendoso eructo, repitiendo la comida barata, light, que se desliza a través de los aparadores de la modernidad, de lo cool.
Entrar en los cajeros automáticos y en vez de retirar paga bajarse la bragueta y orinar en una esquina para esquivar, primero, la cámara vigía y, después, masturbarse ante la mirada complaciente de no sé quién hijodeputa.
Escuchar a Luzbel a todo volumen, presumiendo ese pasaporte al infierno que las monjitas quisieran tener; restregárselo hasta que se quiten las braguitas y se pongan a coger con el sacerdote, desandando el buen camino para tomar esas veredas lúgubres de la promiscuidad.
Darle en la madre a la Navidad y a este pinche capitalismo, emborrachar a Santaclós en “Las pepitas”.
Apagar la tele, que nadie compre más.
Amanecer en blanco y reinventarse, matar a Dios, mandar a la chingada las reglas, la moral, la ética, los valores, erigirse como el súper hombre, ser libre, anarco, punketo, aunque sea un solo día.
Nietzsche, cabrón, estabas loquísimo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
A Giss, por sus ricas lecturas
Amanecer un día en blanco. Empezar de cero. Caminar desnudo por las calles, sin la más puta idea del pudor; otear por las tiendas, por las mentadas plazas de Tuxtla, por ejemplo, para que las niñas bien corran a la iglesia, sudorosas, a hacer la señal de la cruz, tomen un par de velas y se las metan por el culo.
O quizá sentarse en la banqueta, en la esquina de una casa de riquillos allá por Los Laureles, con un chingo de caguamas y chupar toda la noche, sin la mierda preocupación de que llegue la tira, se bajen de la camioneta y con esposas en mano apañen al cliente, lo suban y se lo lleven a darle una madriza por el libramiento norte.
Meterse a Vips a comer lo que sea, embarrarse los dedos y llevárselos a la boca, chuparlos, eructar y decir su puta madre, pinche mesera que sabrosa está, guiñarle un ojo e invitarla a coger con un estruendoso eructo, repitiendo la comida barata, light, que se desliza a través de los aparadores de la modernidad, de lo cool.
Entrar en los cajeros automáticos y en vez de retirar paga bajarse la bragueta y orinar en una esquina para esquivar, primero, la cámara vigía y, después, masturbarse ante la mirada complaciente de no sé quién hijodeputa.
Escuchar a Luzbel a todo volumen, presumiendo ese pasaporte al infierno que las monjitas quisieran tener; restregárselo hasta que se quiten las braguitas y se pongan a coger con el sacerdote, desandando el buen camino para tomar esas veredas lúgubres de la promiscuidad.
Darle en la madre a la Navidad y a este pinche capitalismo, emborrachar a Santaclós en “Las pepitas”.
Apagar la tele, que nadie compre más.
Amanecer en blanco y reinventarse, matar a Dios, mandar a la chingada las reglas, la moral, la ética, los valores, erigirse como el súper hombre, ser libre, anarco, punketo, aunque sea un solo día.
Nietzsche, cabrón, estabas loquísimo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, diciembre 09, 2004
El corazón no se equivoca
· El corazón no se equivoca
La puerta de la farmacia se abrió lentamente empujada por la escoba. Mara barrió y arrastró la basura hacia la calle. Inmediatamente, con el recogedor, la llevó hasta el bote. Después entró en el establecimiento para atender a Óscar.
—Por favor unas aspirinas.
Mara tomó un banco para alcanzar el medicamento. Al subirse dejó al descubierto sus muslos. Óscar se regodeó por un momento. Apartó la vista cuando ella volteó para bajar con las aspirinas.
—¿Cómo sigue lo de tu corazón? —preguntó.
A Óscar se le iluminaron los ojos pues los doctores le habían avisado, una semana antes, que él seguía en la lista. Estaba feliz y desesperado, todo era cuestión de un par de días más. Al mediodía y en las noches ponía la radio para escuchar la nota roja en los noticiarios.
Esperó que cayera la noche para regresar a la farmacia. Había invitado a Mara a dar un paseo a la orilla del río que atravesaba la ciudad. La noticia y las horas transcurridas lo agobiaban. Ya no aguantaba más, por eso decidió que esa noche haría el intento. A sus 50 años sabía que iba a rehacer su vida. Mara, bella, saludable, joven, con un corazón fuerte, era un buen prospecto.
Ella lo intuía, estaba dispuesta a decir que sí.
En la ribera, tomados de la mano, caminaron hacia una pequeña caída de agua. El chasquido del agua reventando en las piedras y el canto de los grillos los arrullaban. Sin decir palabra alguna, Óscar besó tiernamente los labios de Mara. Ella respondió primero de la misma manera, pero en un arranque hormonal lió su brazo por la cintura de él y lo pegó a su cuerpo intempestivamente. Rodaron en el suelo.
Óscar decidió que había llegado la hora. Su transplante de corazón no podía esperar más.
La puso de espaldas, en el piso, y recogió un leño que estrelló sin miramientos en la nuca de Mara. El golpe seco, contundente, pareció enmudecer la noche.
Al siguiente día, Óscar telefoneó al hospital. Quería saber si ya habían encontrado un corazón para él.
mentas:vlatido@yahoo.com.mx
La puerta de la farmacia se abrió lentamente empujada por la escoba. Mara barrió y arrastró la basura hacia la calle. Inmediatamente, con el recogedor, la llevó hasta el bote. Después entró en el establecimiento para atender a Óscar.
—Por favor unas aspirinas.
Mara tomó un banco para alcanzar el medicamento. Al subirse dejó al descubierto sus muslos. Óscar se regodeó por un momento. Apartó la vista cuando ella volteó para bajar con las aspirinas.
—¿Cómo sigue lo de tu corazón? —preguntó.
A Óscar se le iluminaron los ojos pues los doctores le habían avisado, una semana antes, que él seguía en la lista. Estaba feliz y desesperado, todo era cuestión de un par de días más. Al mediodía y en las noches ponía la radio para escuchar la nota roja en los noticiarios.
Esperó que cayera la noche para regresar a la farmacia. Había invitado a Mara a dar un paseo a la orilla del río que atravesaba la ciudad. La noticia y las horas transcurridas lo agobiaban. Ya no aguantaba más, por eso decidió que esa noche haría el intento. A sus 50 años sabía que iba a rehacer su vida. Mara, bella, saludable, joven, con un corazón fuerte, era un buen prospecto.
Ella lo intuía, estaba dispuesta a decir que sí.
En la ribera, tomados de la mano, caminaron hacia una pequeña caída de agua. El chasquido del agua reventando en las piedras y el canto de los grillos los arrullaban. Sin decir palabra alguna, Óscar besó tiernamente los labios de Mara. Ella respondió primero de la misma manera, pero en un arranque hormonal lió su brazo por la cintura de él y lo pegó a su cuerpo intempestivamente. Rodaron en el suelo.
Óscar decidió que había llegado la hora. Su transplante de corazón no podía esperar más.
La puso de espaldas, en el piso, y recogió un leño que estrelló sin miramientos en la nuca de Mara. El golpe seco, contundente, pareció enmudecer la noche.
Al siguiente día, Óscar telefoneó al hospital. Quería saber si ya habían encontrado un corazón para él.
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