Por: Celia Fashion!!!
HOLA REBELDE FASHION bonjour mon cher Eulalio ya se acerca el 02 de julio y la fecha me recuerda a una rola de Molotov (Gimmy the power creo). en este año he sido sacudida gratamente por dos cintas argentinas, una la ví en la muestra internacional de cine bajo el título de "Buenos Aires 100 km. la otra llegó a mis manos en forma de DVD: PLATA QUEMADA. El final quizá pueda ser previsible por (y desde) el título del film pero la forma en que llega al desenlace no es gratuita. Tenemos a los “mellizos”, viril uno y sensual el otro, son amantes; y también está el “Cuervo”, ya juntos son el trío caos, destrucción y muerte. Plata quemada es un thriller con un argumento basado en la novela homónima de Ricardo Piglia, que a su vez fue inspirada por hechos reales acontecidos en la década de los 60’s. Marcelo Piñeyra pone en pantalla una cinta provocativa que contiene tanto imágenes con dosis de pasión como de ternura y euforia. Sorprendente es la palabra que más se acerca para definirla (si es que necesita alguna) porque Piñeyro cuenta una historia de amor bien construida, utiliza el recurso de la voz en off con precisión, los cuatro personajes principales están definidos y reforzados por un buen cuadro actoral y toda la historia es acompañada por una melodía, adivinen el género.... un tango llamado "Vida Mía", es de esos de rompe y rasga. creo que con eso se dan una idea general de la película. Es una coproducción de Argentina-Francia-España, del año 2000. dirigida por Marcelo Piñeyro, con fotografía de Alfredo Mayo. si la encuentran por ahí dense la oportunidad de verla. últimamente he escuchado a The Doors. es impresionante lo actual de su música, no hablo de la letra,es la manera en que la voz de Morrison te seduce. Break on trough, Light of fire. atrevidas, sensuales, no tienen nada que pedirle a las bandas actuales de eso subgéneros inventados por el marketing: new wave, core, neopunk, post-rock, grunge, etc. seguro ya lo notaron, no tengo nada que hacer, a excepción del seguimiento al Mundial de Fut: sus guapísimos y buenísimos jugadores, las vistas de las bellas y antiguas ciudades alemanas, los cómicos Ponchito y Tachidito, la polemica q tratan de armar los televisos y los protagonista de tvazteca, blabla, bla, etc. Eso es todo. Les mando muchos abrazos y besos mojados de pozol. nos vemos luego bajo el sol.
Oficio de tinieblas
sclc/vlátido
jueves, junio 29, 2006
miércoles, mayo 03, 2006
Rosa Venus
Rosa Venus
A Otto Reich, ex funcionario del gobierno norteamericano, se le apareció la historia como un grito, pero él, cínico, la quiso convertir en un susurro. Durante el programa de televisión de Andrés Oppenheimer, transmitido el lunes a la medianoche en Televisa, Reich y el titular de la emisión temían la posibilidad de un neo militarismo nacionalista en ascenso en América Latina, a propósito del triunfo en la primera vuelta electoral de Ollanta Humala en Perú. La historia pronto quiso cobrar algunas facturas: en el siglo XX, cuando el comunismo “amenazaba” a las democracias latinoamericanas, Estados Unidos alentó los golpes de Estado militares. El objetivo era mantener el antiguo régimen favorable a los intereses norteamericanos.
Este recordatorio a Reich mereció de él una respuesta lacónica, evasiva, cínica: yo no estuve ahí.
Con una sola frase, el ex funcionario se lavó las manos. Libre de culpa (manos olorosas a Rosa Venus), Reich pretendió descalificar el inminente ascenso de Humala y de la izquierda nacionalista en América Latina. Una izquierda en algunos casos representada por ex militares, como en Venezuela y posiblemente en Perú.
El punto no es aplaudir que ex militares tomen el poder, ni que propongan programas de gobierno nacionalistas, ni que, en contraparte, lo hagan tecnócratas embelesados por las mieles del neoliberalismo. Lo que me importa es señalar ese cierto desprecio hacia la historia, o la manipulación de la misma para justificar una posición. La postura es minimizarla a conveniencia, limpiarla a gusto con jabón barato y hacerla aparecer como un susurro que se acalla hasta que deja de existir.
Ya a la caída del Muro de Berlín lo quisieron hacer. El Muro significó el final de las ideologías. En ese entonces se habló del fin de la historia y de la aparición de un nuevo hombre, poshistórico, que gozaría de los beneficios del capitalismo. La contradicción, motor de la historia, decían, era cosa del pasado. Por lo tanto la historia había dejado de existir. Qué paradoja. A partir de entonces reinaría una sola manera de pensar: el modo de ser norteamericano.
No sé si dio tiempo de soñar. De la clandestinidad a la legalidad, los movimientos de izquierda en América Latina han puesto a la contradicción en el centro de la historia. Los ejemplos sobran: Brasil, Chile, Venezuela, Bolivia, Argentina, Perú, Uruguay y quizá México. Países que, como el resto de los latinoamericanos, sufrieron en diversos grados la injerencia norteamericana durante el siglo pasado.
Aunque digan “yo no estuve ahí”, o se hable de la poshistoria, los procesos históricos de los países latinoamericanos perseguirán, como fantasmas, a quienes tratan de lavarse las manos después de haber cagado.
Zapping
Diablo Guardián (Punto de lectura, 2005), de Xavier Velasco: una jovencita mexicana de clase media, fastidiada porque la obligan a oxigenarse el pelo y aprender inglés, roba 100 mil dólares a sus padres, quienes también se los habían tranzado, y se larga a Estados Unidos. Su vida cambia: se vuelve puta y drogadicta, aventurera, y decide contar sus experiencias.
A Otto Reich, ex funcionario del gobierno norteamericano, se le apareció la historia como un grito, pero él, cínico, la quiso convertir en un susurro. Durante el programa de televisión de Andrés Oppenheimer, transmitido el lunes a la medianoche en Televisa, Reich y el titular de la emisión temían la posibilidad de un neo militarismo nacionalista en ascenso en América Latina, a propósito del triunfo en la primera vuelta electoral de Ollanta Humala en Perú. La historia pronto quiso cobrar algunas facturas: en el siglo XX, cuando el comunismo “amenazaba” a las democracias latinoamericanas, Estados Unidos alentó los golpes de Estado militares. El objetivo era mantener el antiguo régimen favorable a los intereses norteamericanos.
Este recordatorio a Reich mereció de él una respuesta lacónica, evasiva, cínica: yo no estuve ahí.
Con una sola frase, el ex funcionario se lavó las manos. Libre de culpa (manos olorosas a Rosa Venus), Reich pretendió descalificar el inminente ascenso de Humala y de la izquierda nacionalista en América Latina. Una izquierda en algunos casos representada por ex militares, como en Venezuela y posiblemente en Perú.
El punto no es aplaudir que ex militares tomen el poder, ni que propongan programas de gobierno nacionalistas, ni que, en contraparte, lo hagan tecnócratas embelesados por las mieles del neoliberalismo. Lo que me importa es señalar ese cierto desprecio hacia la historia, o la manipulación de la misma para justificar una posición. La postura es minimizarla a conveniencia, limpiarla a gusto con jabón barato y hacerla aparecer como un susurro que se acalla hasta que deja de existir.
Ya a la caída del Muro de Berlín lo quisieron hacer. El Muro significó el final de las ideologías. En ese entonces se habló del fin de la historia y de la aparición de un nuevo hombre, poshistórico, que gozaría de los beneficios del capitalismo. La contradicción, motor de la historia, decían, era cosa del pasado. Por lo tanto la historia había dejado de existir. Qué paradoja. A partir de entonces reinaría una sola manera de pensar: el modo de ser norteamericano.
No sé si dio tiempo de soñar. De la clandestinidad a la legalidad, los movimientos de izquierda en América Latina han puesto a la contradicción en el centro de la historia. Los ejemplos sobran: Brasil, Chile, Venezuela, Bolivia, Argentina, Perú, Uruguay y quizá México. Países que, como el resto de los latinoamericanos, sufrieron en diversos grados la injerencia norteamericana durante el siglo pasado.
Aunque digan “yo no estuve ahí”, o se hable de la poshistoria, los procesos históricos de los países latinoamericanos perseguirán, como fantasmas, a quienes tratan de lavarse las manos después de haber cagado.
Zapping
Diablo Guardián (Punto de lectura, 2005), de Xavier Velasco: una jovencita mexicana de clase media, fastidiada porque la obligan a oxigenarse el pelo y aprender inglés, roba 100 mil dólares a sus padres, quienes también se los habían tranzado, y se larga a Estados Unidos. Su vida cambia: se vuelve puta y drogadicta, aventurera, y decide contar sus experiencias.
martes, abril 04, 2006
Prozac
Prozac
Para Talita
Ahorré unos cuantos centavos, los suficientes, para ir con un médico y pedirle una receta para comprar prozac. Me la dio. El medicamento, le dije, tiene que producir dentro de mí una sustancia que me ponga de buen humor, que me haga enseñar los dientes para reírme de lo que pasa a mi alrededor.
Sé, también, que eso me lleva a otras cosas. Por ejemplo, tengo los dientes sucios. Hasta ahora no me he preocupado gran cosa porque casi nunca río. Además de los pesos que debo ahorrar para las pastillas, también necesitaré otros más para comprar buenos dentríficos y cepillos de dientes. Muchos de ellos se terminarán rápido. ¿Qué más? Sólo eso se me ocurre por ahora.
En la farmacia, a la mera hora, me cuesta pedir prozac. ¿Es mejor reír con el prozac o morir sin él? Quizá resulte más barato pegarme un tiro. Bueno, eso de pegarme un tiro es sólo una expresión porque no tengo una pistola. Pero igual me puedo tirar de un puente; hago como que me resbalo y punto. Pero dudo: las alturas me dan vértigo. Lo he intentado, pero tantito me acerco a las orillas me entra un miedo atroz. Una vez me tuve que amarrar una soga a la cintura y atarla de una estaca (como esas en las que amarran a los caballos para que no se huyan) y asomarme a un precipicio para poder admirar la belleza de la naturaleza.
Esa misma soga, se me ocurre, puede servir para ahorcarme. Como soy bien pornográfico aparentaría que morí masturbándome. ¿Hay un pasaje similar en alguna novela de Sade? Algo parecido a esto: un tipo se amarra una soga al cuello y sube en una silla, esperando el suicidio, la muerte. Mientras eso sucede comienza a jugar con su pene hasta que se erecta. Arriba–abajo. A punto de eyacular avienta la silla y pende de la soga mientras su semen cae a borbotones en el piso. No recuerdo si el tipo muere en la novela; en la mía la muerte sería inevitable.
Y si vuelvo al prozac, ¿una sobredosis me conduciría a la muerte? Murió por exceso de felicidad, dirían al otro día.
Me pongo a pensar en esas y mil otras formas de ser feliz o de morir. En la farmacia, con la receta médica, con la morralla en la mano, recuerdo la Constelación de Talita, sus seis estrellas, y le pido a la dependienta una caja de condones.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Para Talita
Ahorré unos cuantos centavos, los suficientes, para ir con un médico y pedirle una receta para comprar prozac. Me la dio. El medicamento, le dije, tiene que producir dentro de mí una sustancia que me ponga de buen humor, que me haga enseñar los dientes para reírme de lo que pasa a mi alrededor.
Sé, también, que eso me lleva a otras cosas. Por ejemplo, tengo los dientes sucios. Hasta ahora no me he preocupado gran cosa porque casi nunca río. Además de los pesos que debo ahorrar para las pastillas, también necesitaré otros más para comprar buenos dentríficos y cepillos de dientes. Muchos de ellos se terminarán rápido. ¿Qué más? Sólo eso se me ocurre por ahora.
En la farmacia, a la mera hora, me cuesta pedir prozac. ¿Es mejor reír con el prozac o morir sin él? Quizá resulte más barato pegarme un tiro. Bueno, eso de pegarme un tiro es sólo una expresión porque no tengo una pistola. Pero igual me puedo tirar de un puente; hago como que me resbalo y punto. Pero dudo: las alturas me dan vértigo. Lo he intentado, pero tantito me acerco a las orillas me entra un miedo atroz. Una vez me tuve que amarrar una soga a la cintura y atarla de una estaca (como esas en las que amarran a los caballos para que no se huyan) y asomarme a un precipicio para poder admirar la belleza de la naturaleza.
Esa misma soga, se me ocurre, puede servir para ahorcarme. Como soy bien pornográfico aparentaría que morí masturbándome. ¿Hay un pasaje similar en alguna novela de Sade? Algo parecido a esto: un tipo se amarra una soga al cuello y sube en una silla, esperando el suicidio, la muerte. Mientras eso sucede comienza a jugar con su pene hasta que se erecta. Arriba–abajo. A punto de eyacular avienta la silla y pende de la soga mientras su semen cae a borbotones en el piso. No recuerdo si el tipo muere en la novela; en la mía la muerte sería inevitable.
Y si vuelvo al prozac, ¿una sobredosis me conduciría a la muerte? Murió por exceso de felicidad, dirían al otro día.
Me pongo a pensar en esas y mil otras formas de ser feliz o de morir. En la farmacia, con la receta médica, con la morralla en la mano, recuerdo la Constelación de Talita, sus seis estrellas, y le pido a la dependienta una caja de condones.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
martes, febrero 28, 2006
Vacas
· Vacas
El airecito frío de la mañana que se colaba al cuarto aclaró un poco más sus pensamientos:
—Limpiaré mi machete, lo meteré en el morral, y me iré a la ciudad.
Su decisión no le impedía hacer lo de siempre. Se levantó, caminó hacia el tanque y llenó de agua un par de cubetas. Las metió al baño. El primer jicarazo frío le enchinó la piel. Después, a sus anchas, tarareaba canciones rancheras. Terminó de bañarse, se vistió y tomó su sombrero.
El sol apenas calentaba. Quería cerciorarse, hacer bien sus cuentas. Con el dedo índice numeraba a sus vacas, en el corral. Le faltaba otra. Chasqueaba los dientes, como recriminándose por no haber contado correctamente. Volvía a empezar, el número era el mismo.
—¡Joder!, otra vaca que se me pierde —dijo a sí mismo mientras se quitaba el sombrero y lo jugaba entre sus manos. Eructó encabronado. Regresó a su casa con paso firme, decidido. Abrió el refrigerador y sacó un bote de cerveza. Bebió.
Al mediodía abordó el colectivo. Se sentó hasta adelante; puso el morral entre sus piernas. Los pasajeros ocuparon los asientos. El vehículo se puso en marcha. 20 minutos a la ciudad. Rápido.
Bajó en el centro de la ciudad. Se acomodó el sombrero hacia abajo, tapando sus ojos, para cubrirse del sol. Tomó el morral y se lo echó al hombro. Lo sujetaba con la mano, pegándolo a su pierna, mientras caminaba por las calles. Sus huaraches rechinaban. El ruido de los cláxones, el de los motores, los silbatos de los agentes de tránsito, nada lo distraía. Solamente escuchaba sus huaraches. Se concentraba en ellos. Cada paso le daba confianza.
Entró en la cantina. Caminó hacia una mesa, concentrado en el rechinido. Se sentó. Sin pedirla, la mesera le arrimó una caguama, sal y limón. Bebió. Eructó de manera discreta. Llamó a la mesera y pidió otra.
La cantina, al mediodía, no estaba llena. Un par de mesas ocupadas por comensales escandalosos. Risotadas. Frente a él dos hombres maduros reían a gusto. En la mesa de atrás había otros dos hombres, jóvenes, con aspecto campesino. También se divertían. Ninguno de ellos se había percatado de su presencia. La mesera, solo ella, lo vio entrar. Ese es su trabajo. Se acercó con la caguama que le había pedido. Él ni siquiera dijo gracias.
Con seriedad, como una ceremonia, llenaba el vaso de cerveza. De la misma manera lo tomaba. Con esa actitud, después de terminar de beber, se levantó y caminó hacia la mesa de atrás. Rechinidos. Se detuvo frente a los hombres. Se sobresaltaron. Ojos vidriosos. Sacó el machete y lo blandió con decisión. La hoja del machete cayó sobre la cabeza de uno de ellos. Golpe seco. Al incrustarse en el cráneo la sangre salpicó su camisa, el piso, la mesa. Solamente se escuchó un gemido. Con la misma decisión sacó el machete. El cuerpo sin vida se dobló. La cabeza, con pedazos de cerebro por fuera, arrastró los envases de cerveza. La sangre escurrió.
—Pendejo, te estabas robando mis vacas —dijo, con frialdad, mientras guardaba el machete ensangrentado en el morral—. ¿Creíste que no me había dado cuenta? Hasta me invitaste a echar trago, en esta cantina, sólo para preguntarme cuántas vacas tenía.
Dio la espalda. Se dispuso a escuchar otra vez el rechinido de sus huaraches. Caminó hacia el colectivo. Pensaba en lo que haría al otro día. Lo de siempre. Limpiaría su machete, lo echaría en su morral y, después de un baño, iría al corral a contar sus vacas.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
El airecito frío de la mañana que se colaba al cuarto aclaró un poco más sus pensamientos:
—Limpiaré mi machete, lo meteré en el morral, y me iré a la ciudad.
Su decisión no le impedía hacer lo de siempre. Se levantó, caminó hacia el tanque y llenó de agua un par de cubetas. Las metió al baño. El primer jicarazo frío le enchinó la piel. Después, a sus anchas, tarareaba canciones rancheras. Terminó de bañarse, se vistió y tomó su sombrero.
El sol apenas calentaba. Quería cerciorarse, hacer bien sus cuentas. Con el dedo índice numeraba a sus vacas, en el corral. Le faltaba otra. Chasqueaba los dientes, como recriminándose por no haber contado correctamente. Volvía a empezar, el número era el mismo.
—¡Joder!, otra vaca que se me pierde —dijo a sí mismo mientras se quitaba el sombrero y lo jugaba entre sus manos. Eructó encabronado. Regresó a su casa con paso firme, decidido. Abrió el refrigerador y sacó un bote de cerveza. Bebió.
Al mediodía abordó el colectivo. Se sentó hasta adelante; puso el morral entre sus piernas. Los pasajeros ocuparon los asientos. El vehículo se puso en marcha. 20 minutos a la ciudad. Rápido.
Bajó en el centro de la ciudad. Se acomodó el sombrero hacia abajo, tapando sus ojos, para cubrirse del sol. Tomó el morral y se lo echó al hombro. Lo sujetaba con la mano, pegándolo a su pierna, mientras caminaba por las calles. Sus huaraches rechinaban. El ruido de los cláxones, el de los motores, los silbatos de los agentes de tránsito, nada lo distraía. Solamente escuchaba sus huaraches. Se concentraba en ellos. Cada paso le daba confianza.
Entró en la cantina. Caminó hacia una mesa, concentrado en el rechinido. Se sentó. Sin pedirla, la mesera le arrimó una caguama, sal y limón. Bebió. Eructó de manera discreta. Llamó a la mesera y pidió otra.
La cantina, al mediodía, no estaba llena. Un par de mesas ocupadas por comensales escandalosos. Risotadas. Frente a él dos hombres maduros reían a gusto. En la mesa de atrás había otros dos hombres, jóvenes, con aspecto campesino. También se divertían. Ninguno de ellos se había percatado de su presencia. La mesera, solo ella, lo vio entrar. Ese es su trabajo. Se acercó con la caguama que le había pedido. Él ni siquiera dijo gracias.
Con seriedad, como una ceremonia, llenaba el vaso de cerveza. De la misma manera lo tomaba. Con esa actitud, después de terminar de beber, se levantó y caminó hacia la mesa de atrás. Rechinidos. Se detuvo frente a los hombres. Se sobresaltaron. Ojos vidriosos. Sacó el machete y lo blandió con decisión. La hoja del machete cayó sobre la cabeza de uno de ellos. Golpe seco. Al incrustarse en el cráneo la sangre salpicó su camisa, el piso, la mesa. Solamente se escuchó un gemido. Con la misma decisión sacó el machete. El cuerpo sin vida se dobló. La cabeza, con pedazos de cerebro por fuera, arrastró los envases de cerveza. La sangre escurrió.
—Pendejo, te estabas robando mis vacas —dijo, con frialdad, mientras guardaba el machete ensangrentado en el morral—. ¿Creíste que no me había dado cuenta? Hasta me invitaste a echar trago, en esta cantina, sólo para preguntarme cuántas vacas tenía.
Dio la espalda. Se dispuso a escuchar otra vez el rechinido de sus huaraches. Caminó hacia el colectivo. Pensaba en lo que haría al otro día. Lo de siempre. Limpiaría su machete, lo echaría en su morral y, después de un baño, iría al corral a contar sus vacas.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
viernes, febrero 10, 2006
María
María
El colectivo aceleraba. Los peatones se apartaban, cuidaban su vida. Los frenones del automóvil hacían que el conductor apretara los dientes, y yo, como su único pasajero me sostenía fuerte de las agarraderas y sentía cómo se me revolvía el estómago, pero no decía nada. Me gustaba.
Se hacía tarde. Había quedado de ver a Ortega a las 4. Eran la 4:15. De seguro Ortega ya estaba ahí. Íbamos a tomar unas cervezas a una cantina en la orillada de la ciudad.
Una chica subió al colectivo. Atisbé por el retrovisor: bella, buenas piernas, nariz respingada, senos bondadosos y su cara mostraba picardía. Lamenté ir sentado en el sillón de la cabina, al lado del chofer. Imaginé su nombre. ¿Será María? Tal vez, quién no se llama así en este país.
Mientras la miraba por el espejo, ella sonreía pero no conmigo. Cruzaba las piernas y me excitaba. Se mojaba los labios y pensaba en sus otros labios, esos que también se mojan, humedecen.
Faltaban algo así como diez minutos para llegar al lugar de la cita. Pero ese espectáculo en el espejo me hacía olvidar que tenía que llegar. Pensaba en ¿María?, la chica del retrovisor.
Entraba en su cuarto. Ella me invitaba. Se volvía a mojar los labios, los mordía. Se quitaba la blusa. No permitía tocar. Sólo era un espectador. Bajaba el cierre de su falda, caía lentamente. Desabrochaba mi camisa. Zafaba su sostén. No decía nada y tampoco permitía que yo lo hiciera. Sellaba mi boca con su lengua; ardía. Sus pies se cubrieron con su pantaleta y de pronto también me vi desnudo. Quise preguntar su nombre. Respondió con su muslo rodeando mis caderas. Sentí su humedad. Mi miembro se resbaló dentro de ella.
Escuché monosílabos.
El colectivo se detuvo, el chofer me pedía que bajara. Vi sorpresa en su cara. El automóvil estaba estacionado y el motor ya no se escuchaba. Tardé unos segundos en reaccionar. Vi por el retrovisor. Yo era el único pasajero. Bajé del colectivo y caminé. Mis pasos eran lentos. Mis ideas turbias. Eran la 4:30. Entré en la cantina y al fondo vi a Ortega bebiendo una cerveza. Lo saludé. Al sentarme pedí una cerveza y saqué de mi bolsillo una cajetilla de cigarros. Encendí el primero. Mi mente buscaba con insistencia un nombre.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
El colectivo aceleraba. Los peatones se apartaban, cuidaban su vida. Los frenones del automóvil hacían que el conductor apretara los dientes, y yo, como su único pasajero me sostenía fuerte de las agarraderas y sentía cómo se me revolvía el estómago, pero no decía nada. Me gustaba.
Se hacía tarde. Había quedado de ver a Ortega a las 4. Eran la 4:15. De seguro Ortega ya estaba ahí. Íbamos a tomar unas cervezas a una cantina en la orillada de la ciudad.
Una chica subió al colectivo. Atisbé por el retrovisor: bella, buenas piernas, nariz respingada, senos bondadosos y su cara mostraba picardía. Lamenté ir sentado en el sillón de la cabina, al lado del chofer. Imaginé su nombre. ¿Será María? Tal vez, quién no se llama así en este país.
Mientras la miraba por el espejo, ella sonreía pero no conmigo. Cruzaba las piernas y me excitaba. Se mojaba los labios y pensaba en sus otros labios, esos que también se mojan, humedecen.
Faltaban algo así como diez minutos para llegar al lugar de la cita. Pero ese espectáculo en el espejo me hacía olvidar que tenía que llegar. Pensaba en ¿María?, la chica del retrovisor.
Entraba en su cuarto. Ella me invitaba. Se volvía a mojar los labios, los mordía. Se quitaba la blusa. No permitía tocar. Sólo era un espectador. Bajaba el cierre de su falda, caía lentamente. Desabrochaba mi camisa. Zafaba su sostén. No decía nada y tampoco permitía que yo lo hiciera. Sellaba mi boca con su lengua; ardía. Sus pies se cubrieron con su pantaleta y de pronto también me vi desnudo. Quise preguntar su nombre. Respondió con su muslo rodeando mis caderas. Sentí su humedad. Mi miembro se resbaló dentro de ella.
Escuché monosílabos.
El colectivo se detuvo, el chofer me pedía que bajara. Vi sorpresa en su cara. El automóvil estaba estacionado y el motor ya no se escuchaba. Tardé unos segundos en reaccionar. Vi por el retrovisor. Yo era el único pasajero. Bajé del colectivo y caminé. Mis pasos eran lentos. Mis ideas turbias. Eran la 4:30. Entré en la cantina y al fondo vi a Ortega bebiendo una cerveza. Lo saludé. Al sentarme pedí una cerveza y saqué de mi bolsillo una cajetilla de cigarros. Encendí el primero. Mi mente buscaba con insistencia un nombre.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, enero 19, 2006
Cuarentena
Cuarentena
Me encerré en mi cuarto, apagué la luz y dejé que el mundo rodara. Creo que no puedo comprenderlo; es mejor dejar que siga su curso, que se descomponga solito. Yo no quiero tener nada que ver con lo que pase. Prefiero encerrarme en mi búnker (López Arévalo dixit). Puse llave a mi cuarto. Llegaron a tocarme, a tamborear la puerta. No abrí. Después decidí que los únicos que podían entrar eran mis perros. Toto ya no está. Tita y Jimmy apestan, están mugrosos. No importa. Los metí debajo de la cama. Tita estaba asustada porque alguien, en la calle, quemaba unos triques. A la pobrecita le da miedo. Supuso —hasta le creí— que el mundo se estaba acabando. Lo sabía: esto se va a la mierda. Lo bueno es que me di cuenta a tiempo.
Mi cuarto es un búnker VIP, eso creo. Tengo televisión, modular, computadora con internet, libros y una vieja video VHS. Mantengo agua cerca de mí. Nada necesito. Los enfermos, o los que nos creemos tal, no necesitamos comida. Ese día no comí. Ni siquiera quise enterarme de lo que abajo, en el comedor, se saboreaba. ¿Puedo ser sincero? Se me antojaba un ceviche de camarón con unas cervezas.
Apagué el teléfono celular.
Al siguiente día nadie había muerto.
Cuando me siento enfermo compro discos o libros. Fui a la librería y vi dos novelas en oferta. Sólo 25 pesos. Son El señor de las moscas, de William Golding y Los tipos duros no bailan, de Norman Mailer. No sé por qué lo hago. Todavía tengo un par de novelas que no he terminado de leer; tampoco le he dado mate a los cuentos de Juan García Ponce que me regaló Talita. Me hace bien tenerlos. Voy por partes.
No compré discos. Quemé. Hice la recopilación de algunas rolas que me gustan. Incluí un par de Ely Guerra, para no olvidarme de Talita.
Quiero escribir. Tengo muchas tentaciones. Me siento frente a la computadora. Joder. Entré a internet. No tardé mucho, unos cuarenta y cinco minutos. Después intenté escribir. Solamente un par de cuartillas. Escuché música, vi Los Simpsons.
Estoy preparado para el aislamiento. Cuarenta días es el plazo. He comenzado con la lectura de Mailer. ¡Coño, otro lunático! Leeré plácidamente, mientras esto concluye. Tromba en Tuxtla. Los vientos tiraron anuncios espectaculares; espectacular viento. Tembló. 4.9 grados Richter, dicen los diarios. Quizá no necesite tantos días. De todos modos sigo aislado. No quiero contagiar, no vaya a ser que alguien sobreviva. Doy vuelta a las hojas de la novela.
Amanece. Todo sigue igual. Estoy encerrado, sigo encerrado, y el mundo gira, no termina. Estoy mareado. No sé cuánto tiempo tardará en explotar. Leeré. Prometo no vomitar.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Me encerré en mi cuarto, apagué la luz y dejé que el mundo rodara. Creo que no puedo comprenderlo; es mejor dejar que siga su curso, que se descomponga solito. Yo no quiero tener nada que ver con lo que pase. Prefiero encerrarme en mi búnker (López Arévalo dixit). Puse llave a mi cuarto. Llegaron a tocarme, a tamborear la puerta. No abrí. Después decidí que los únicos que podían entrar eran mis perros. Toto ya no está. Tita y Jimmy apestan, están mugrosos. No importa. Los metí debajo de la cama. Tita estaba asustada porque alguien, en la calle, quemaba unos triques. A la pobrecita le da miedo. Supuso —hasta le creí— que el mundo se estaba acabando. Lo sabía: esto se va a la mierda. Lo bueno es que me di cuenta a tiempo.
Mi cuarto es un búnker VIP, eso creo. Tengo televisión, modular, computadora con internet, libros y una vieja video VHS. Mantengo agua cerca de mí. Nada necesito. Los enfermos, o los que nos creemos tal, no necesitamos comida. Ese día no comí. Ni siquiera quise enterarme de lo que abajo, en el comedor, se saboreaba. ¿Puedo ser sincero? Se me antojaba un ceviche de camarón con unas cervezas.
Apagué el teléfono celular.
Al siguiente día nadie había muerto.
Cuando me siento enfermo compro discos o libros. Fui a la librería y vi dos novelas en oferta. Sólo 25 pesos. Son El señor de las moscas, de William Golding y Los tipos duros no bailan, de Norman Mailer. No sé por qué lo hago. Todavía tengo un par de novelas que no he terminado de leer; tampoco le he dado mate a los cuentos de Juan García Ponce que me regaló Talita. Me hace bien tenerlos. Voy por partes.
No compré discos. Quemé. Hice la recopilación de algunas rolas que me gustan. Incluí un par de Ely Guerra, para no olvidarme de Talita.
Quiero escribir. Tengo muchas tentaciones. Me siento frente a la computadora. Joder. Entré a internet. No tardé mucho, unos cuarenta y cinco minutos. Después intenté escribir. Solamente un par de cuartillas. Escuché música, vi Los Simpsons.
Estoy preparado para el aislamiento. Cuarenta días es el plazo. He comenzado con la lectura de Mailer. ¡Coño, otro lunático! Leeré plácidamente, mientras esto concluye. Tromba en Tuxtla. Los vientos tiraron anuncios espectaculares; espectacular viento. Tembló. 4.9 grados Richter, dicen los diarios. Quizá no necesite tantos días. De todos modos sigo aislado. No quiero contagiar, no vaya a ser que alguien sobreviva. Doy vuelta a las hojas de la novela.
Amanece. Todo sigue igual. Estoy encerrado, sigo encerrado, y el mundo gira, no termina. Estoy mareado. No sé cuánto tiempo tardará en explotar. Leeré. Prometo no vomitar.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
martes, enero 10, 2006
Toto
· Toto
Con mi pierna intentó varias veces saciar su instinto. Le daba una patada y lo mandaba hasta abajo del sillón. Pinche Toto, deja de estar chingando la madre, le decía. Pobrecito, qué sabía él. Se salía a la calle a jocear el culo de cualquier perra, pero regresaba con la cola entre las patas. No sé qué le veía a mi pierna, se la quería coger en cualquier descuido. Alguna vez dejé que se hiciera ilusiones: se encimaba y se movía. Con sus manos se ataba como chamaquito a la pierna y zúmbale, dale y duro. Pervertido. Lo apartaba y aún en el piso, ya lejos, seguía moviéndose. Lo mismo hacía con mis amigos. Llegaba con discreción y se paraba a un ladito. Trataba de montarse. Mis amigos, también discretos, lo espantaban.
La estrategia de la pierna nunca le dio el resultado que esperaba. Después, al poco de tiempo de haberse convencido de que no iba a poder, encontró una perra. Tuvo hijos. Desde entonces se apresuraba más que nunca a orinar las plantas del jardín.
Toto creció con nosotros. Llegó a la casa cuando tenía un par de meses de nacido. Te vas a llamar Ariosto, para que no te confundan con el chucho de El mago de Oz. Estaba bien feo. Los pelos no terminaban de crecerle. Pero con el tiempo llegó a tener una greña envidiable. Todo mundo se la chuleaba. Él no se daba cuenta. Su vida era echarse frente a la puerta; obstruía el paso, ladraba a todo el que le daba desconfianza. Pinche Toto, le decíamos, si no estás en ningún rancho, ¡salte! Sus ladridos eran pura faramalla. No mordió a nadie A los perros nomás les hacía el cuento. Ladraba y se echaba a correr a la puerta de la casa, sin dejar de hacer bulla.
La nieta de una vecina llegó un día con palos para surtírselo. Alegaba que un perro amarillo, peludo, había correteado a su abuelita. Toto escuchó los reclamos y se fue a meter debajo de la escalera. Ahí pasó el vendaval. Después salió y se echó junto a mí.
—Cómo ves, Toto, ¡un perro amarillo! Los perros amarillos no existen, no fuiste tú —le dije. Me creyó, le creí. Toto no había sido. Y tan feliz su vida, espantando a las viejitas.
Ustedes se preguntarán por qué escribo nimiedades. (Ahorita Marcos anda en la Sexta, la izquierda sube en América Latina, hay crisis en el capitalismo, La Volpe no quiere llamar a Cuauhtémoc): Toto está muerto. Mi papá y mi hermana lo encontraron tirado junto a una caseta telefónica, a la vuelta de mi casa. Estaba lleno de hormigas, completamente tieso. El viento frío jugaba con su pelo, con sus ocho años. Si lo atropellaron o envenenaron no importa. Está muerto. No sé cuántas horas llevaba ahí. Estaba como dormido, como cuando se echaba a descansar. Pero estaba muerto.
¿Cómo olvidar tus travesuras, Toto? Dejabas el sillón y las camas llenas de pelo y baba; vomitabas la sala, orinabas mi cuarto, cagabas en la casa. Y las veces que quisiste cogerte a mi pierna. Pinche Toto. Mi pierna sigue virgen.
Lo metimos en un saco. ¿Qué hacer contigo, Toto? Llegó una camioneta del ayuntamiento. Qué saben ellos. Lo subieron como un costal cualquiera, lo aventaron. Los señores del servicio dijeron que lo enterrarían.
Esa noche me quedé sentado fuera de la casa, con un par de zapatos amarillos que acababa de comprar; también un disco. No quise estrenar, ni escuchar el dark guapachoso de San Pascualito Rey. Sólo escribir nimiedades.
mentas:vlatido@yahoo.com.mx
Con mi pierna intentó varias veces saciar su instinto. Le daba una patada y lo mandaba hasta abajo del sillón. Pinche Toto, deja de estar chingando la madre, le decía. Pobrecito, qué sabía él. Se salía a la calle a jocear el culo de cualquier perra, pero regresaba con la cola entre las patas. No sé qué le veía a mi pierna, se la quería coger en cualquier descuido. Alguna vez dejé que se hiciera ilusiones: se encimaba y se movía. Con sus manos se ataba como chamaquito a la pierna y zúmbale, dale y duro. Pervertido. Lo apartaba y aún en el piso, ya lejos, seguía moviéndose. Lo mismo hacía con mis amigos. Llegaba con discreción y se paraba a un ladito. Trataba de montarse. Mis amigos, también discretos, lo espantaban.
La estrategia de la pierna nunca le dio el resultado que esperaba. Después, al poco de tiempo de haberse convencido de que no iba a poder, encontró una perra. Tuvo hijos. Desde entonces se apresuraba más que nunca a orinar las plantas del jardín.
Toto creció con nosotros. Llegó a la casa cuando tenía un par de meses de nacido. Te vas a llamar Ariosto, para que no te confundan con el chucho de El mago de Oz. Estaba bien feo. Los pelos no terminaban de crecerle. Pero con el tiempo llegó a tener una greña envidiable. Todo mundo se la chuleaba. Él no se daba cuenta. Su vida era echarse frente a la puerta; obstruía el paso, ladraba a todo el que le daba desconfianza. Pinche Toto, le decíamos, si no estás en ningún rancho, ¡salte! Sus ladridos eran pura faramalla. No mordió a nadie A los perros nomás les hacía el cuento. Ladraba y se echaba a correr a la puerta de la casa, sin dejar de hacer bulla.
La nieta de una vecina llegó un día con palos para surtírselo. Alegaba que un perro amarillo, peludo, había correteado a su abuelita. Toto escuchó los reclamos y se fue a meter debajo de la escalera. Ahí pasó el vendaval. Después salió y se echó junto a mí.
—Cómo ves, Toto, ¡un perro amarillo! Los perros amarillos no existen, no fuiste tú —le dije. Me creyó, le creí. Toto no había sido. Y tan feliz su vida, espantando a las viejitas.
Ustedes se preguntarán por qué escribo nimiedades. (Ahorita Marcos anda en la Sexta, la izquierda sube en América Latina, hay crisis en el capitalismo, La Volpe no quiere llamar a Cuauhtémoc): Toto está muerto. Mi papá y mi hermana lo encontraron tirado junto a una caseta telefónica, a la vuelta de mi casa. Estaba lleno de hormigas, completamente tieso. El viento frío jugaba con su pelo, con sus ocho años. Si lo atropellaron o envenenaron no importa. Está muerto. No sé cuántas horas llevaba ahí. Estaba como dormido, como cuando se echaba a descansar. Pero estaba muerto.
¿Cómo olvidar tus travesuras, Toto? Dejabas el sillón y las camas llenas de pelo y baba; vomitabas la sala, orinabas mi cuarto, cagabas en la casa. Y las veces que quisiste cogerte a mi pierna. Pinche Toto. Mi pierna sigue virgen.
Lo metimos en un saco. ¿Qué hacer contigo, Toto? Llegó una camioneta del ayuntamiento. Qué saben ellos. Lo subieron como un costal cualquiera, lo aventaron. Los señores del servicio dijeron que lo enterrarían.
Esa noche me quedé sentado fuera de la casa, con un par de zapatos amarillos que acababa de comprar; también un disco. No quise estrenar, ni escuchar el dark guapachoso de San Pascualito Rey. Sólo escribir nimiedades.
mentas:vlatido@yahoo.com.mx
jueves, diciembre 15, 2005
Cintia
Cintia
En la taquilla una señora me pregunta si quiero gradas o ring side. Le digo que gradas, para ver desde las alturas a los gladiadores. Atrás de mí la gente se alborota: pasan unos que tienen facha de luchadores. Muchos se arremolinan en la entrada y palmean sus espaldas. Ellos, los luchadores, llevan una maleta, como si fueran a viajar. Uno hasta usa de esas que tienen llantitas.
Afuera del Deportivo Roma, sobre la avenida, un vendedor tendió una manta en la que puso máscaras, fotos, muñecos y llaveros. Me quedo viendo las máscaras. Hay del Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, Atlantis, Octagón; otras que ni siquiera conozco. Extravagantes. Me gustan las fotos de las luchadoras. Tienen unas piernotas. Algunas se cubren el rostro, cambian de identidad. Las hay güeras que hasta parecen barbies. No me las imagino haciendo la quebradora, o volando desde la tercera cuerda. Nenas. Otras son gordas, peso completo.
—Cuál le doy.
—Esa piernuda cómo se llama.
—Es la Cintia, ya vino desde hace rato.
La Cintia está anunciada en la pelea estelar. La acabo de conocer por la foto, no sabía cómo era. Solamente vine a ver a la Cintia porque tiene bonito nombre. Cintia. Hay bulla adentro del Deportivo. Algarabía.
El señor de la puerta me pide el boleto. Me manda a otra puerta. Ésta, por la que quería entrar, es para ring side.
Poco a poco las gradas se llenan. Aparecen los vendedores de palomitas y cacahuates; la cerveza la ponen hasta allá arriba. Quien quiera una tiene que caminar. Música de antro. Parloteo, risas, gritos. La función no comienza. El ring está vacío. Es una invitación: los niños se ponen máscaras y se trepan. También las niñas. Se escuchan los costalazos.
Una voz: ¡Señoras y señores, niños y niñas, todos: buenas noches, la función va a comenzar!
La gente se vuelve loca y comienzan a desfilar los luchadores. Uno tras otro. El espectáculo, la nota, la da el réferi. Hasta que aparece la Cintia. Silbidos, besos, apachurros, mamacita.
Cintia con esas piernotas, rubia, una nena. Cintia con esa carita, boquita, cinturita, nalgotas. Cintia toma de los pelos a su contrincante y la avienta contra las cuerdas. La recibe con una patada en el estómago; después una cachetada. ¡Cintia, Cintia, Cintia! Cintia tomada por el cuello, picada de los ojos, arrastrada de la greña por todo el ring. ¡Buuu!, ¡pinches cochinas! ¡Cintia, levántate!
—Cintia, mamita, cariñito, tú puedes —grito fuerte. Parece que la Cintia me escucha, me guiña un ojo. Se sube en las cuerdas. Desde lo alto se lanza. Pum. Desparrama a su contrincante, la hace papilla. Encima, uno, dos y tres. Cintia gana la pelea.
Apenas termina la función, la gente se apiña en los vestidores. Esperan a que salgan los luchadores. Yo quiero ver a la Cintia. Salgo.
—Entonces qué, señorita, cuál se lleva.
—Déme la foto de la Cintia, por favor.
Camino a los vestidores. Espero que la Cintia me dé su autógrafo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
En la taquilla una señora me pregunta si quiero gradas o ring side. Le digo que gradas, para ver desde las alturas a los gladiadores. Atrás de mí la gente se alborota: pasan unos que tienen facha de luchadores. Muchos se arremolinan en la entrada y palmean sus espaldas. Ellos, los luchadores, llevan una maleta, como si fueran a viajar. Uno hasta usa de esas que tienen llantitas.
Afuera del Deportivo Roma, sobre la avenida, un vendedor tendió una manta en la que puso máscaras, fotos, muñecos y llaveros. Me quedo viendo las máscaras. Hay del Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, Atlantis, Octagón; otras que ni siquiera conozco. Extravagantes. Me gustan las fotos de las luchadoras. Tienen unas piernotas. Algunas se cubren el rostro, cambian de identidad. Las hay güeras que hasta parecen barbies. No me las imagino haciendo la quebradora, o volando desde la tercera cuerda. Nenas. Otras son gordas, peso completo.
—Cuál le doy.
—Esa piernuda cómo se llama.
—Es la Cintia, ya vino desde hace rato.
La Cintia está anunciada en la pelea estelar. La acabo de conocer por la foto, no sabía cómo era. Solamente vine a ver a la Cintia porque tiene bonito nombre. Cintia. Hay bulla adentro del Deportivo. Algarabía.
El señor de la puerta me pide el boleto. Me manda a otra puerta. Ésta, por la que quería entrar, es para ring side.
Poco a poco las gradas se llenan. Aparecen los vendedores de palomitas y cacahuates; la cerveza la ponen hasta allá arriba. Quien quiera una tiene que caminar. Música de antro. Parloteo, risas, gritos. La función no comienza. El ring está vacío. Es una invitación: los niños se ponen máscaras y se trepan. También las niñas. Se escuchan los costalazos.
Una voz: ¡Señoras y señores, niños y niñas, todos: buenas noches, la función va a comenzar!
La gente se vuelve loca y comienzan a desfilar los luchadores. Uno tras otro. El espectáculo, la nota, la da el réferi. Hasta que aparece la Cintia. Silbidos, besos, apachurros, mamacita.
Cintia con esas piernotas, rubia, una nena. Cintia con esa carita, boquita, cinturita, nalgotas. Cintia toma de los pelos a su contrincante y la avienta contra las cuerdas. La recibe con una patada en el estómago; después una cachetada. ¡Cintia, Cintia, Cintia! Cintia tomada por el cuello, picada de los ojos, arrastrada de la greña por todo el ring. ¡Buuu!, ¡pinches cochinas! ¡Cintia, levántate!
—Cintia, mamita, cariñito, tú puedes —grito fuerte. Parece que la Cintia me escucha, me guiña un ojo. Se sube en las cuerdas. Desde lo alto se lanza. Pum. Desparrama a su contrincante, la hace papilla. Encima, uno, dos y tres. Cintia gana la pelea.
Apenas termina la función, la gente se apiña en los vestidores. Esperan a que salgan los luchadores. Yo quiero ver a la Cintia. Salgo.
—Entonces qué, señorita, cuál se lleva.
—Déme la foto de la Cintia, por favor.
Camino a los vestidores. Espero que la Cintia me dé su autógrafo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, noviembre 30, 2005
El colectivo
El colectivo
En el colectivo. Oscurece. Horacio busca ocho pesos para pagar. No encuentra. Hace un gesto de desesperación. Un hilillo de sudor se asoma en su frente. Magali saca de su bolsa una moneda. Paga. Acaban de dejar la cafetería. Van a casa. Magali abre la ventanilla de la combi. Horacio deja de sudar. El aire se cuela por los botones de la blusa de Magali. Se excita. Sus pezones están erectos, duros. Magali los ve. Finge rascarse la cabeza. Su antebrazo le roza los pezones. Suelta un pequeño gemido.
Magali: El chofer me está viendo.
Horacio: ¿Te desabrocho?
Magali: Sí.
Horacio: Ya estás excitada.
Horacio y Magali son los únicos pasajeros. El chofer los ve. Atento al tráfico, atento al retrovisor. La blusa está entreabierta. Se alcanza a ver el sostén. Magali se frota los pezones. El ojo atento en el retrovisor. Magali desabrocha otro botón. Susurra en el oído de Horacio.
Magali: Tócame.
Lo besa. El aliento cálido en su oído lo turba. Horacio mete la mano en la blusa. Sus dedos buscan los pezones. Hace a un lado el elástico. El ojo atento en el retrovisor. Observa.
Magali: ¿No te enoja?
Horacio: Me gusta.
Magali: ¿Por qué?
Horacio: Porque a ti te gusta.
A Horacio le sudan las manos. Las desliza adentro de la blusa. Los hombros de Magali están desnudos. Un tirante se desliza hasta el codo. Magali ve los ojos del chofer por el retrovisor. El chofer se ruboriza. Magali mira la calle. No resiste. Vuelve a ver en el espejo. El chofer está nervioso. Se siente descubierto. Horacio frota su dedo índice en el pezón de Magali. Sus manos están frías. Magali pone su mano en la bragueta del pantalón de Horacio. Besa con ternura su mejilla. Hace un movimiento rápido con la mano. La lleva hasta su blusa. Se abotona. Cierra la ventanilla. Mira otra vez al chofer. Éste la queda viendo. Esboza una sonrisa. Piden la parada.
Horacio y Magali bajan del carro. Caminan una cuadra. El chofer los sigue con la mirada. Esperan otro colectivo.
Zapping
Imposible negarlo: leí El gato, de Juan García Ponce. Otra onda. Me salió este ejercicio.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
En el colectivo. Oscurece. Horacio busca ocho pesos para pagar. No encuentra. Hace un gesto de desesperación. Un hilillo de sudor se asoma en su frente. Magali saca de su bolsa una moneda. Paga. Acaban de dejar la cafetería. Van a casa. Magali abre la ventanilla de la combi. Horacio deja de sudar. El aire se cuela por los botones de la blusa de Magali. Se excita. Sus pezones están erectos, duros. Magali los ve. Finge rascarse la cabeza. Su antebrazo le roza los pezones. Suelta un pequeño gemido.
Magali: El chofer me está viendo.
Horacio: ¿Te desabrocho?
Magali: Sí.
Horacio: Ya estás excitada.
Horacio y Magali son los únicos pasajeros. El chofer los ve. Atento al tráfico, atento al retrovisor. La blusa está entreabierta. Se alcanza a ver el sostén. Magali se frota los pezones. El ojo atento en el retrovisor. Magali desabrocha otro botón. Susurra en el oído de Horacio.
Magali: Tócame.
Lo besa. El aliento cálido en su oído lo turba. Horacio mete la mano en la blusa. Sus dedos buscan los pezones. Hace a un lado el elástico. El ojo atento en el retrovisor. Observa.
Magali: ¿No te enoja?
Horacio: Me gusta.
Magali: ¿Por qué?
Horacio: Porque a ti te gusta.
A Horacio le sudan las manos. Las desliza adentro de la blusa. Los hombros de Magali están desnudos. Un tirante se desliza hasta el codo. Magali ve los ojos del chofer por el retrovisor. El chofer se ruboriza. Magali mira la calle. No resiste. Vuelve a ver en el espejo. El chofer está nervioso. Se siente descubierto. Horacio frota su dedo índice en el pezón de Magali. Sus manos están frías. Magali pone su mano en la bragueta del pantalón de Horacio. Besa con ternura su mejilla. Hace un movimiento rápido con la mano. La lleva hasta su blusa. Se abotona. Cierra la ventanilla. Mira otra vez al chofer. Éste la queda viendo. Esboza una sonrisa. Piden la parada.
Horacio y Magali bajan del carro. Caminan una cuadra. El chofer los sigue con la mirada. Esperan otro colectivo.
Zapping
Imposible negarlo: leí El gato, de Juan García Ponce. Otra onda. Me salió este ejercicio.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, noviembre 23, 2005
La jeringa
La jeringa
Un café exprés. Pido piloncillo para endulzarlo.
—¿Piloncillo?, —repite el mesero sacado de onda—. No se manche, maestro, ¡piloncillo!
Le pido el diario.
—Eh, el New York Times, por favor.
El mesero me vuelve a ver con esos ojos de chinga tu madre pinche mamón. Sonríe. Desaparece de mi vista. Momentos después veo que viene, algo fatigado, hacia mí. Alcanzo a ver que trae un pedazo de cartón medio viejo; supongo que ahí lleva envuelto el piloncillo. Joder, si le he pedido el diario de hoy. Quiero leerlo aunque sea noche.
—Ahí está, míster, su piloncillo y también su diario, el New York Times —dice el mesero con esa pinche sonrisa de trágate ésta.
Deja el pedazo de cartón enrollado. Busco el piloncillo y mi periódico primermundista. Nada. Carraspeo. Le doy vuelta una y otra vez al viejo pedazo de cartón. Veo, con letras grandotas, que dice La jeringa. Y adentro un chingo de páginas que no destilan tinta, sino mermelada, un chorro de mermelada.
Me embarro de mermelada.
(El mesero fuma un cigarro desde un rincón de la cafetería. Bien le gustaría estar en una cantina con más de estas revistas a las que llaman La jeringa. No se desespera. Allá va a parar inevitablemente. ¿Qué no?).
De la mermelada sale un jipi borracho que celebra un partido de futbol en la difunta fuente Mactumatzá. Pero el jipi no sólo está borracho, sino que también se vuelve el gran líder de la manifestación; botea en el crucero para sacar otro poco de lana para las chelas. Pinche jipi.
Qué loco el tipo.
No más loco que ese pinche mundo de polis locos. Otro tipo medio rasta viste su clásica playera de Bob Marley y camina, como vagabundo, en el centro de la ciudad. Su aspecto lo convierte automáticamente en un sospechoso. Joven, le dice la tira, está prohibido ser rasta y peor tantito por las noches.
Pinches polis. Ni modo que sobornarlo sino trae ni para el taxi.
Mi café se ha terminado y en el fondo de la taza alcanzo a ver, como si fuera un oráculo, más mermelada llena de vellos púbicos. Pinche libidinosa esa mermelada, cachonda. Y descubro mis parafilias o perversiones sexuales. ¡Braguitas! Otro sorbo, el último, y llamo al mesero.
—A las diez mi vecina se mete el de dulces sueños, nena —le digo. Corro con La jeringa en la mano, chorrea mermelada por toda la calle. Tengo que llegar a tiempo para abrir las persianas de mi cuarto.
¿Piloncillo? ¿New York Times? No se la jalen. Ahí está su jeringa, viene llena de mermelada.
Zapping
La revista La jeringa (www.lajeringa.tk) vio la luz hace unos cuantos días. Ahí escriben, entre otros, la mafia fanzinerosa del Pulido, Navo, Pinchequijote, Flakko, Molina y Niño Fors. Pídala, exíjala a su cartonero o en el depósito más cercano a su casa. (Chance y hasta le dan uno de caguamas). A decir de su editorialista, la jeringa está llena de mermelada.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Un café exprés. Pido piloncillo para endulzarlo.
—¿Piloncillo?, —repite el mesero sacado de onda—. No se manche, maestro, ¡piloncillo!
Le pido el diario.
—Eh, el New York Times, por favor.
El mesero me vuelve a ver con esos ojos de chinga tu madre pinche mamón. Sonríe. Desaparece de mi vista. Momentos después veo que viene, algo fatigado, hacia mí. Alcanzo a ver que trae un pedazo de cartón medio viejo; supongo que ahí lleva envuelto el piloncillo. Joder, si le he pedido el diario de hoy. Quiero leerlo aunque sea noche.
—Ahí está, míster, su piloncillo y también su diario, el New York Times —dice el mesero con esa pinche sonrisa de trágate ésta.
Deja el pedazo de cartón enrollado. Busco el piloncillo y mi periódico primermundista. Nada. Carraspeo. Le doy vuelta una y otra vez al viejo pedazo de cartón. Veo, con letras grandotas, que dice La jeringa. Y adentro un chingo de páginas que no destilan tinta, sino mermelada, un chorro de mermelada.
Me embarro de mermelada.
(El mesero fuma un cigarro desde un rincón de la cafetería. Bien le gustaría estar en una cantina con más de estas revistas a las que llaman La jeringa. No se desespera. Allá va a parar inevitablemente. ¿Qué no?).
De la mermelada sale un jipi borracho que celebra un partido de futbol en la difunta fuente Mactumatzá. Pero el jipi no sólo está borracho, sino que también se vuelve el gran líder de la manifestación; botea en el crucero para sacar otro poco de lana para las chelas. Pinche jipi.
Qué loco el tipo.
No más loco que ese pinche mundo de polis locos. Otro tipo medio rasta viste su clásica playera de Bob Marley y camina, como vagabundo, en el centro de la ciudad. Su aspecto lo convierte automáticamente en un sospechoso. Joven, le dice la tira, está prohibido ser rasta y peor tantito por las noches.
Pinches polis. Ni modo que sobornarlo sino trae ni para el taxi.
Mi café se ha terminado y en el fondo de la taza alcanzo a ver, como si fuera un oráculo, más mermelada llena de vellos púbicos. Pinche libidinosa esa mermelada, cachonda. Y descubro mis parafilias o perversiones sexuales. ¡Braguitas! Otro sorbo, el último, y llamo al mesero.
—A las diez mi vecina se mete el de dulces sueños, nena —le digo. Corro con La jeringa en la mano, chorrea mermelada por toda la calle. Tengo que llegar a tiempo para abrir las persianas de mi cuarto.
¿Piloncillo? ¿New York Times? No se la jalen. Ahí está su jeringa, viene llena de mermelada.
Zapping
La revista La jeringa (www.lajeringa.tk) vio la luz hace unos cuantos días. Ahí escriben, entre otros, la mafia fanzinerosa del Pulido, Navo, Pinchequijote, Flakko, Molina y Niño Fors. Pídala, exíjala a su cartonero o en el depósito más cercano a su casa. (Chance y hasta le dan uno de caguamas). A decir de su editorialista, la jeringa está llena de mermelada.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, noviembre 03, 2005
Hipo
Hipo
De súbito la música deja de escucharse. Volteo a ver la rocola, el mesero mantiene entre sus dedos la clavija. Le pregunto por qué la desconectó. Son las siete de la noche, dice. Por las escaleras se asoma el dueño de la cantina. Ha oído algunos gritos. Le digo que no joda, suena bien padre ese tal Elizalde. Ríe y se da la vuelta. El mesero lo queda viendo y en sus ojos se ve la necesidad de recibir una orden. El dueño, con la mano, le hace una seña diciendo que no. Ya ves, primo, no la puedo volver a conectar. Los discos de Elizalde son caros en Mix up; son importados. Todo ahora es importado. Y en la cantina los quitan a las siete de la noche porque tienen que cerrar. Cuando apagan la música y cierran el portón (nadie revela la contraseña) es como si pusieran la escoba detrás de la puerta. Me dicen que vuelva a la mesa. Quedan dos sorbos. Tomo un palillo y comienzo a picarme los dientes. Ya no hay camarón con chile blanco. Hace un buen que ya no quieren dar shuti. Antes íbamos a esa cantina porque el consomé de shuti abría el apetito, y la sed. Ahora nos tenemos que conformar con un pírrico plato de pepitas. Sólo uno. Quien quiera más tiene que desembuchar cinco pesos. Ya no sé quiénes son más codos. El mesero dice que tiene que cerrar la cantina. Le doy los dos sorbos, el vaso queda vacío, solamente un poco de espuma lo recorre; la sigo con la mirada hasta que llega al fondo. Es temprano. Salimos. Damos vuelta a la manzana, pasamos por el balcón donde la vez pasada nos jugaron unas viejas. Las esperamos un gran rato. Tuvimos que volver a entrar en la cantina, donde ellas estaban. Hijas de su pinche madre, se subían la falda y mataban mosquitos en sus piernas. Matamoscas. Y allá vamos a seguirlas, con el insecticida desenvainado para acabar de una buena vez con los bichos. Se metieron en su casa. Nunca salieron. No, ahora se joden. No entramos. Y nos seguimos derecho. Caminamos un par de cuadras más. Llegamos. Esta otra cantina cierra hasta medianoche cuando no hay clientela. Hay dos que tres. El cantinero saca de la hielera una cerveza, la destapa, bebe. No es la primera, tiene los ojos rojos. Orina antes de preguntar qué queremos. El desempance o el acabose debería llamarse. Nada de casos perdidos. Bebemos otro par de cervezas y brindamos con el cantinero. Presume sus fotos. En el baño chorros de barquitos que surcan las paredes orinadas. El lugar comienza a quedarse solo, se hace tarde. Llega uno de esos juglares con guitarra en mano y combo. Se instala y se avienta una gratis. Dice que la chamba está bien floja, ya nadie quiere pagar. Las rocolas les están dando en la madre. No canta como ese mentado Elizalde. Le digo que cante como él. Ni lo conoce. Entonces mejor Flor de capomo. La toca. Una nomás; se acabó la paga para la música. Ni modos, le digo, así es la pinche burocracia, sólo alcanza para las chelas. Soy burócrata. Pinche burócrata dice el trovador. Mejor se lanza a otra cantina, la quijotesca, porque ahí nunca cierran. Bostezos. El cantinero saca un libro, se sienta con nosotros. Comienza a leer. Dice que los cuentos son de él. Invita un par de cervezas más; da vuelta a la hoja. Lee. Historias de zopilotes y boxeadores. ¡Hip! No entiendo. ¡Hip! ¿Qué dice? Un sorbito más. ¡Shhhh! Saco un billete. ¡Cállense, déjenlo leer! Pago. Me da el libro. Quiero leer. ¡Hip!
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
De súbito la música deja de escucharse. Volteo a ver la rocola, el mesero mantiene entre sus dedos la clavija. Le pregunto por qué la desconectó. Son las siete de la noche, dice. Por las escaleras se asoma el dueño de la cantina. Ha oído algunos gritos. Le digo que no joda, suena bien padre ese tal Elizalde. Ríe y se da la vuelta. El mesero lo queda viendo y en sus ojos se ve la necesidad de recibir una orden. El dueño, con la mano, le hace una seña diciendo que no. Ya ves, primo, no la puedo volver a conectar. Los discos de Elizalde son caros en Mix up; son importados. Todo ahora es importado. Y en la cantina los quitan a las siete de la noche porque tienen que cerrar. Cuando apagan la música y cierran el portón (nadie revela la contraseña) es como si pusieran la escoba detrás de la puerta. Me dicen que vuelva a la mesa. Quedan dos sorbos. Tomo un palillo y comienzo a picarme los dientes. Ya no hay camarón con chile blanco. Hace un buen que ya no quieren dar shuti. Antes íbamos a esa cantina porque el consomé de shuti abría el apetito, y la sed. Ahora nos tenemos que conformar con un pírrico plato de pepitas. Sólo uno. Quien quiera más tiene que desembuchar cinco pesos. Ya no sé quiénes son más codos. El mesero dice que tiene que cerrar la cantina. Le doy los dos sorbos, el vaso queda vacío, solamente un poco de espuma lo recorre; la sigo con la mirada hasta que llega al fondo. Es temprano. Salimos. Damos vuelta a la manzana, pasamos por el balcón donde la vez pasada nos jugaron unas viejas. Las esperamos un gran rato. Tuvimos que volver a entrar en la cantina, donde ellas estaban. Hijas de su pinche madre, se subían la falda y mataban mosquitos en sus piernas. Matamoscas. Y allá vamos a seguirlas, con el insecticida desenvainado para acabar de una buena vez con los bichos. Se metieron en su casa. Nunca salieron. No, ahora se joden. No entramos. Y nos seguimos derecho. Caminamos un par de cuadras más. Llegamos. Esta otra cantina cierra hasta medianoche cuando no hay clientela. Hay dos que tres. El cantinero saca de la hielera una cerveza, la destapa, bebe. No es la primera, tiene los ojos rojos. Orina antes de preguntar qué queremos. El desempance o el acabose debería llamarse. Nada de casos perdidos. Bebemos otro par de cervezas y brindamos con el cantinero. Presume sus fotos. En el baño chorros de barquitos que surcan las paredes orinadas. El lugar comienza a quedarse solo, se hace tarde. Llega uno de esos juglares con guitarra en mano y combo. Se instala y se avienta una gratis. Dice que la chamba está bien floja, ya nadie quiere pagar. Las rocolas les están dando en la madre. No canta como ese mentado Elizalde. Le digo que cante como él. Ni lo conoce. Entonces mejor Flor de capomo. La toca. Una nomás; se acabó la paga para la música. Ni modos, le digo, así es la pinche burocracia, sólo alcanza para las chelas. Soy burócrata. Pinche burócrata dice el trovador. Mejor se lanza a otra cantina, la quijotesca, porque ahí nunca cierran. Bostezos. El cantinero saca un libro, se sienta con nosotros. Comienza a leer. Dice que los cuentos son de él. Invita un par de cervezas más; da vuelta a la hoja. Lee. Historias de zopilotes y boxeadores. ¡Hip! No entiendo. ¡Hip! ¿Qué dice? Un sorbito más. ¡Shhhh! Saco un billete. ¡Cállense, déjenlo leer! Pago. Me da el libro. Quiero leer. ¡Hip!
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
lunes, octubre 17, 2005
Vértigo
Vértigo
Para los Liévano, por la amistad (y las chelas)
No fue difícil quitar los candados de la ventana. Lorena ocupó una segueta y no mucha imaginación. Se sentó en la orilla. Seseaba. Miró los carros que hasta el fondo paseaban como pececitos, cardúmenes que avanzan sigilosamente hacia la oscuridad del mar.
Dejó a un lado el teléfono celular. Dio todos los datos, su dirección. Fue un accidente, les dijo. Seguía confundida, no sabía si esperar.
Lorena, sentada, absorta, desde arriba recorría las avenidas con la vista; fumaba un Camel. Sus manos temblaban porque todavía se sentía algo nerviosa. Sabía que lo de anoche no fue más que un accidente.
Aun así temblaba.
—Embrócate, saca todo de una buena vez.
Karen, a punto del desmayo, apenas escuchó las recomendaciones desesperadas de Lorena. Asomó su cabeza al retrete y comenzó a vomitar.
La fiesta había terminado, los invitados ya no estaban. Lorena, sola, lidiaba con su amiga alcoholizada.
—Toma un poco de café. Duerme.
La recostó bocabajo. Por la mañana la encontró muerta, con la cara viendo al techo. Ahogada en su propio vómito.
Lorena, asustada, lo único que pensó fue llevarla hasta el cuarto de servicio, ahora desocupado. Subió dos pisos. Abrió la puerta.
Se sentó en una mecedora, pronto creyó que el cuerpo apestaba. Lo vio. No me jodas, le dijo, todavía no puedes apestar, te acabas de morir. Pestilencia. Se acercó a la ventana, estaba cerrada. Dos candados. Hurgó en el cuarto y encontró una segueta. Comenzó a embestir, poco a poco, como las gotas de agua que carcomen, que pulen una piedra. Cedieron.
Se sentó en la orilla. Volvió a sentir el mal olor. Buscó entre la ropa de Karen una cajetilla de cigarros. Eran Camel. Encendió uno. Fumaba sentada, esperando a que la pestilencia disminuyera. Fueron tres, cuatro, cinco.
Fue un accidente, se repetía. Les repetía
Temblaba.
Terminó el quinto Camel pero no la pestilencia. Se dio la vuelta, tomó la mano fría de Karen. Fue un accidente. Su mano también estaba fría. Puso el cuerpo inerte, guango, a un lado suyo. Lo recargó en el marco de la ventana. Tiró la colilla del cigarro por la ventana. No le despegó la vista hasta que chocó en el suelo.
Suspiró. Abrazó el cuerpo de su amiga; vio la colilla, en la banqueta, junto a las demás. Sintió vértigo.
La puerta se abrió lentamente. Entraron dos oficiales de la policía.
Fue un accidente, dijo.
Estiró las manos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Para los Liévano, por la amistad (y las chelas)
No fue difícil quitar los candados de la ventana. Lorena ocupó una segueta y no mucha imaginación. Se sentó en la orilla. Seseaba. Miró los carros que hasta el fondo paseaban como pececitos, cardúmenes que avanzan sigilosamente hacia la oscuridad del mar.
Dejó a un lado el teléfono celular. Dio todos los datos, su dirección. Fue un accidente, les dijo. Seguía confundida, no sabía si esperar.
Lorena, sentada, absorta, desde arriba recorría las avenidas con la vista; fumaba un Camel. Sus manos temblaban porque todavía se sentía algo nerviosa. Sabía que lo de anoche no fue más que un accidente.
Aun así temblaba.
—Embrócate, saca todo de una buena vez.
Karen, a punto del desmayo, apenas escuchó las recomendaciones desesperadas de Lorena. Asomó su cabeza al retrete y comenzó a vomitar.
La fiesta había terminado, los invitados ya no estaban. Lorena, sola, lidiaba con su amiga alcoholizada.
—Toma un poco de café. Duerme.
La recostó bocabajo. Por la mañana la encontró muerta, con la cara viendo al techo. Ahogada en su propio vómito.
Lorena, asustada, lo único que pensó fue llevarla hasta el cuarto de servicio, ahora desocupado. Subió dos pisos. Abrió la puerta.
Se sentó en una mecedora, pronto creyó que el cuerpo apestaba. Lo vio. No me jodas, le dijo, todavía no puedes apestar, te acabas de morir. Pestilencia. Se acercó a la ventana, estaba cerrada. Dos candados. Hurgó en el cuarto y encontró una segueta. Comenzó a embestir, poco a poco, como las gotas de agua que carcomen, que pulen una piedra. Cedieron.
Se sentó en la orilla. Volvió a sentir el mal olor. Buscó entre la ropa de Karen una cajetilla de cigarros. Eran Camel. Encendió uno. Fumaba sentada, esperando a que la pestilencia disminuyera. Fueron tres, cuatro, cinco.
Fue un accidente, se repetía. Les repetía
Temblaba.
Terminó el quinto Camel pero no la pestilencia. Se dio la vuelta, tomó la mano fría de Karen. Fue un accidente. Su mano también estaba fría. Puso el cuerpo inerte, guango, a un lado suyo. Lo recargó en el marco de la ventana. Tiró la colilla del cigarro por la ventana. No le despegó la vista hasta que chocó en el suelo.
Suspiró. Abrazó el cuerpo de su amiga; vio la colilla, en la banqueta, junto a las demás. Sintió vértigo.
La puerta se abrió lentamente. Entraron dos oficiales de la policía.
Fue un accidente, dijo.
Estiró las manos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, septiembre 29, 2005
La imaginacion secuestrada
La imaginación secuestrada
Dicen que todo lo que ocurre en el tiempo se puede narrar. Dicen, además, que todo es narración, como quitarse los zapatos para dormir. Solamente hay que contarlo. Hay quienes se deciden por la narración para ejercer su oficio, aunque ello signifique, para otros, un contrasentido.
Digo esto porque la historia y el periodismo tienen un punto de convergencia: el relato. Los acontecimientos, uno a uno, se encadenan y se devela una narración. Y para hacerlo se necesita imaginación.
El periodismo encuentra las historias en el tiempo inmediato. Lo que pasó ayer, hace una semana, hace un mes, incluso hace pocos años, puede ser reconstruido, hilvanado por el periodista. El reportaje es a la novela como la crónica al cuento. Incluso la nota informativa (la seriedad, la precisión y economía en el lenguaje, la cacareada objetividad) encierra una historia.
El ejercicio ya lo hizo Truman Capote en A sangre fría, donde narra el asesinato, a sangre fría, de una familia en Kansas, Estados Unidos. Es un gran reportaje novelado o, es lo mismo, una novela de no ficción. Y Gabriel García Márquez, quien además de ser escritor es periodista, lo hizo en Relato de un náufrago, la crónica de un marinero colombiano que permaneció varios días en el océano, a la deriva, en una balsa.
Los historiadores prefieren las explicaciones de larga y mediana duración, en las que los personajes y los acontecimientos no tienen cabida. Hacen historia sin personajes; describen estructuras, no narran. Ese trabajo lo han dejado a los escritores. La novela histórica es el ejemplo. Los novelistas se meten a los archivos, investigan, leen lo que se ha escrito; novelan la historia. La novela histórica es la reescritura de la historiografía. Un palimpsesto.
La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, es una de las mejores novelas históricas que he leído. Recrea el levantamiento mesiánico en Canudos, Brasil, a finales de siglo XIX. En México hizo lo mismo Rosario Castellanos en Oficio de tinieblas. La novela cuenta el levantamiento tzotzil de 1869, para algunos mesiánico, aunque trasladado a la época cardenista.
La historia y el periodismo contienen los elementos para crear un relato. En ambas disciplinas se habla de las acciones de nosotros, los seres humanos. En las historias que quieren contar hay una trama. Ambas, además, pretenden la verdad, hallan la historia en el tiempo. La literatura, en cambio, la halla en su tiempo, la inventa. (Algunos filósofos dicen que esas historias, las históricas o periodísticas, y las ficticias, son verdaderas porque suceden en “un” tiempo).
Todas las historias están ahí, en algún lugar, encapsuladas para que alguien se anime a decirlas, a contarlas. Todo se ha escrito. Los literatos dicen que el problema no es contar lo mismo, sino contarlo de manera diferente. Por eso no hay malas historias, sino malos escritores. (¿Puede decirse eso de los periodistas e historiadores? ¿No importa contar lo mismo siempre y cuando se haga de manera diferente?)
Los historiadores y los periodistas, aun teniendo las historias a la mano, no las cuentan, las describen. Quizá su formación científica, en los primeros, y la objetividad del oficio, en los segundos, les secuestran la imaginación.
Zapping
Y cuando desperté mi cerveza se había terminado. ¡Argh!
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Dicen que todo lo que ocurre en el tiempo se puede narrar. Dicen, además, que todo es narración, como quitarse los zapatos para dormir. Solamente hay que contarlo. Hay quienes se deciden por la narración para ejercer su oficio, aunque ello signifique, para otros, un contrasentido.
Digo esto porque la historia y el periodismo tienen un punto de convergencia: el relato. Los acontecimientos, uno a uno, se encadenan y se devela una narración. Y para hacerlo se necesita imaginación.
El periodismo encuentra las historias en el tiempo inmediato. Lo que pasó ayer, hace una semana, hace un mes, incluso hace pocos años, puede ser reconstruido, hilvanado por el periodista. El reportaje es a la novela como la crónica al cuento. Incluso la nota informativa (la seriedad, la precisión y economía en el lenguaje, la cacareada objetividad) encierra una historia.
El ejercicio ya lo hizo Truman Capote en A sangre fría, donde narra el asesinato, a sangre fría, de una familia en Kansas, Estados Unidos. Es un gran reportaje novelado o, es lo mismo, una novela de no ficción. Y Gabriel García Márquez, quien además de ser escritor es periodista, lo hizo en Relato de un náufrago, la crónica de un marinero colombiano que permaneció varios días en el océano, a la deriva, en una balsa.
Los historiadores prefieren las explicaciones de larga y mediana duración, en las que los personajes y los acontecimientos no tienen cabida. Hacen historia sin personajes; describen estructuras, no narran. Ese trabajo lo han dejado a los escritores. La novela histórica es el ejemplo. Los novelistas se meten a los archivos, investigan, leen lo que se ha escrito; novelan la historia. La novela histórica es la reescritura de la historiografía. Un palimpsesto.
La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, es una de las mejores novelas históricas que he leído. Recrea el levantamiento mesiánico en Canudos, Brasil, a finales de siglo XIX. En México hizo lo mismo Rosario Castellanos en Oficio de tinieblas. La novela cuenta el levantamiento tzotzil de 1869, para algunos mesiánico, aunque trasladado a la época cardenista.
La historia y el periodismo contienen los elementos para crear un relato. En ambas disciplinas se habla de las acciones de nosotros, los seres humanos. En las historias que quieren contar hay una trama. Ambas, además, pretenden la verdad, hallan la historia en el tiempo. La literatura, en cambio, la halla en su tiempo, la inventa. (Algunos filósofos dicen que esas historias, las históricas o periodísticas, y las ficticias, son verdaderas porque suceden en “un” tiempo).
Todas las historias están ahí, en algún lugar, encapsuladas para que alguien se anime a decirlas, a contarlas. Todo se ha escrito. Los literatos dicen que el problema no es contar lo mismo, sino contarlo de manera diferente. Por eso no hay malas historias, sino malos escritores. (¿Puede decirse eso de los periodistas e historiadores? ¿No importa contar lo mismo siempre y cuando se haga de manera diferente?)
Los historiadores y los periodistas, aun teniendo las historias a la mano, no las cuentan, las describen. Quizá su formación científica, en los primeros, y la objetividad del oficio, en los segundos, les secuestran la imaginación.
Zapping
Y cuando desperté mi cerveza se había terminado. ¡Argh!
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, septiembre 15, 2005
Daria y Changoleón
Daria y Changoleón
Para Talita
A medianoche Changoleón sale debajo de la cama. Furtivo, discreto, avanza pasito a pasito por las escaleras rumbo al techo. Contempla la luna. A veces se siente un gran astronauta y maúlla de placer. Changoleón cree que se pierde en la luna, la suya, la que descubre cada noche, paseando su lengua por sus hoyitos.
Miau, miaua, miau, miau, dice, se dilatan sus pupilas y cierra los ojos.
—¡Changoleón! ¡Changoleón! —grita su mamá en la madrugada. Pero Changoleón está entretenido. Sus garras escarban en el sostén de la luna en busca de pescaditos. Sabe que los pescaditos selenitas son bien sabrosos. No quiere whiskas.
Le gusta mucho la luna, que ya le puso nombre. Te vas a llamar Daria. A la luna le gusta.
La luna de Changoleón también tiene extensos mares. En la noche se ven mejor. A veces Changoleón se siente marinero. Utiliza un esnorquel, con sus gafitas. Se relame los bigotes cuando alcanza a ver pescaditos. Pero se alegra mucho cuando ve una estrellita. Las estrellitas están hasta el fondo del mar. Por eso Changoleón se alegra tanto cuando las encuentra. Se cansa, pero dice que vale la pena verlas. Las estrellitas brillan mucho en la oscuridad. Titilan. Changoleón dice que es mentira, que le hacen ojitos.
A Changoleón le encantan las estrellitas. Una vez Daria le enseñó cómo hacerlas. No es muy difícil, pero a veces queda cansado. Hacer estrellitas es la cosa más divertida. Con las manos les da forma, hace sus piquitos. Las pule con la lengua. Daria le dijo que hacer estrellitas es peligroso. Changoleón insiste en que es divertido. Además, tiene siete vidas, no se asusta. Ya hizo seis estrellitas en una sola noche.
Además de astronauta y marinero, Changoleón también es artesano. Las estrellitas le quedan bien bonitas que hasta ya pensó en patentarlas. Se van a llamar “Las galácticas estrellitas de Changoleón”. Es el único en la galaxia que hace seis en una sola noche.
No le ha querido poner nombre a las estrellitas y a los pescaditos. Lo que hizo fue llevarse algunos a su casa. A los pescaditos los tiene en una pecera, debajo de la cama. A las estrellitas las colgó de la pared. En la noche le hacen ojitos. Changoleón ronronea. Cuando tiene hambre se come a los pescaditos. Debajo de la cama chupa las espinitas.
Changoleón se entristece cuando está nublado. No puede ver a Daria. Se sienta en la azotea y maúlla recio para que comience a llover. Porque si llueve el cielo se despeja. Ha pasado que sus maullidos de nada sirven. Si tiene pescaditos se los come e intenta hacer estrellitas solito.
Changoleón, pobre gatito, tiene que esperar otra noche para contemplar a la luna. Mientras sueña que nada en los mares de Daria, que hacen estrellitas y que juntos comen pescaditos.
mentas:vlatido@yahoo.com.mx
Para Talita
A medianoche Changoleón sale debajo de la cama. Furtivo, discreto, avanza pasito a pasito por las escaleras rumbo al techo. Contempla la luna. A veces se siente un gran astronauta y maúlla de placer. Changoleón cree que se pierde en la luna, la suya, la que descubre cada noche, paseando su lengua por sus hoyitos.
Miau, miaua, miau, miau, dice, se dilatan sus pupilas y cierra los ojos.
—¡Changoleón! ¡Changoleón! —grita su mamá en la madrugada. Pero Changoleón está entretenido. Sus garras escarban en el sostén de la luna en busca de pescaditos. Sabe que los pescaditos selenitas son bien sabrosos. No quiere whiskas.
Le gusta mucho la luna, que ya le puso nombre. Te vas a llamar Daria. A la luna le gusta.
La luna de Changoleón también tiene extensos mares. En la noche se ven mejor. A veces Changoleón se siente marinero. Utiliza un esnorquel, con sus gafitas. Se relame los bigotes cuando alcanza a ver pescaditos. Pero se alegra mucho cuando ve una estrellita. Las estrellitas están hasta el fondo del mar. Por eso Changoleón se alegra tanto cuando las encuentra. Se cansa, pero dice que vale la pena verlas. Las estrellitas brillan mucho en la oscuridad. Titilan. Changoleón dice que es mentira, que le hacen ojitos.
A Changoleón le encantan las estrellitas. Una vez Daria le enseñó cómo hacerlas. No es muy difícil, pero a veces queda cansado. Hacer estrellitas es la cosa más divertida. Con las manos les da forma, hace sus piquitos. Las pule con la lengua. Daria le dijo que hacer estrellitas es peligroso. Changoleón insiste en que es divertido. Además, tiene siete vidas, no se asusta. Ya hizo seis estrellitas en una sola noche.
Además de astronauta y marinero, Changoleón también es artesano. Las estrellitas le quedan bien bonitas que hasta ya pensó en patentarlas. Se van a llamar “Las galácticas estrellitas de Changoleón”. Es el único en la galaxia que hace seis en una sola noche.
No le ha querido poner nombre a las estrellitas y a los pescaditos. Lo que hizo fue llevarse algunos a su casa. A los pescaditos los tiene en una pecera, debajo de la cama. A las estrellitas las colgó de la pared. En la noche le hacen ojitos. Changoleón ronronea. Cuando tiene hambre se come a los pescaditos. Debajo de la cama chupa las espinitas.
Changoleón se entristece cuando está nublado. No puede ver a Daria. Se sienta en la azotea y maúlla recio para que comience a llover. Porque si llueve el cielo se despeja. Ha pasado que sus maullidos de nada sirven. Si tiene pescaditos se los come e intenta hacer estrellitas solito.
Changoleón, pobre gatito, tiene que esperar otra noche para contemplar a la luna. Mientras sueña que nada en los mares de Daria, que hacen estrellitas y que juntos comen pescaditos.
mentas:vlatido@yahoo.com.mx
martes, septiembre 06, 2005
Crunch
Crunch
Todos los futboleros están enojados porque México perdió dos goles a cero con los gringos. A mí también me da coraje. Nos quitaron Texas, nos quitaron el petróleo y nos quitan la satisfacción de gritar gol, con enjundia.
Nada puedo hacer.
Tita, con sus ganas de ser muy macha, ella, tampoco celebra. Le importa una soberana croqueta. Husmea entre la jardinera y rasca mucho, hace hoyos y se orina. A mi mamá le encabrona que haga eso. Pero ella qué va a saber.
Caen los goles, ella, Tita, bebe agua.
Corre detrás de Pitufo, tira de sus orejas, gruñe y muerde. Pobrecito Pitufo. Tal vez no sufra los goles en contra pero aguanta los desplantes de Tita. Eso es peor. Sus croquetas están intactas, sin saliva. No las come. A veces, a hurtadillas, las lleva detrás de la escalera, se escucha crunch, crunch, crunch. Trata de ser discreto.
Esa noche del futbol ni se preocupó por la discreción. La tele lo embruteció, no se escuchaban sus dientes enterrándose en las croquetas. Tita, flaquita, ni se enteró y lo dejó comer. Crunch, crunch, crunch ahogados en los gritos de gooool.
Sabía que iban a perder.
Presioné la tecla mute.
Me entretuve escuchando a Dos Minutos, Negu Gorriak y Rosendo Mercado.
Shuffle.
Me gusta escuchar así.
Shuffle.
Las canciones saltaban en la bandeja de Cds. Tita miraba el futbol de reojo y yo veía que Pitufo escondía croquetas, bien alegre. Aun así no quitaba la mirada de la tele. Me enojan los comentaristas de unos y otros. Pero más de los paleros que quieren a Cuauhtémoc y a Hugo en la selección.
Divas.
Espero el pitazo final. Tarareo: Fastos de degeneración maquinan como siempre, sabe Dios lo que se guisa. Pero el partido todavía no termina. Ya han pasado los cinco minutos fatídicos, de terror.
Tita cabecea. Pitufo sigue comiendo croquetas.
Crunch, crunch, crunch.
(Lo bueno es que Tita no lo ha visto, sino se lo tunde a mordiscos).
Donovan, al final, se ufana de ser los mejores. Pregunta ¿dónde está México? En tu frontera sur, pendejo. Tita salta la frontera de mi cuarto, corre detrás de Pitufo. Lo cachó haciendo crunch. Le da alcance, muerde sus orejas y le da una buena revolcada. Pero a Pitufo qué le importa, ya comió suficientes croquetas; guardó para el invierno. Se olvidan del futbol.
Hay cosas más importantes, lo sé.
Chingona la vida de perros.
Crunch, crunch, crunch.
Zapping
Los cazafantasmas, nueva generación. Pasa a las 5:30 en Boomerang. No es lo mismo que los viejos cazafantasmas, aunque los personajes de ahora guardan relación con los anteriores. Me entretengo, paso la tarde. Diablos.
vlatido@yahoo.com.mx
Todos los futboleros están enojados porque México perdió dos goles a cero con los gringos. A mí también me da coraje. Nos quitaron Texas, nos quitaron el petróleo y nos quitan la satisfacción de gritar gol, con enjundia.
Nada puedo hacer.
Tita, con sus ganas de ser muy macha, ella, tampoco celebra. Le importa una soberana croqueta. Husmea entre la jardinera y rasca mucho, hace hoyos y se orina. A mi mamá le encabrona que haga eso. Pero ella qué va a saber.
Caen los goles, ella, Tita, bebe agua.
Corre detrás de Pitufo, tira de sus orejas, gruñe y muerde. Pobrecito Pitufo. Tal vez no sufra los goles en contra pero aguanta los desplantes de Tita. Eso es peor. Sus croquetas están intactas, sin saliva. No las come. A veces, a hurtadillas, las lleva detrás de la escalera, se escucha crunch, crunch, crunch. Trata de ser discreto.
Esa noche del futbol ni se preocupó por la discreción. La tele lo embruteció, no se escuchaban sus dientes enterrándose en las croquetas. Tita, flaquita, ni se enteró y lo dejó comer. Crunch, crunch, crunch ahogados en los gritos de gooool.
Sabía que iban a perder.
Presioné la tecla mute.
Me entretuve escuchando a Dos Minutos, Negu Gorriak y Rosendo Mercado.
Shuffle.
Me gusta escuchar así.
Shuffle.
Las canciones saltaban en la bandeja de Cds. Tita miraba el futbol de reojo y yo veía que Pitufo escondía croquetas, bien alegre. Aun así no quitaba la mirada de la tele. Me enojan los comentaristas de unos y otros. Pero más de los paleros que quieren a Cuauhtémoc y a Hugo en la selección.
Divas.
Espero el pitazo final. Tarareo: Fastos de degeneración maquinan como siempre, sabe Dios lo que se guisa. Pero el partido todavía no termina. Ya han pasado los cinco minutos fatídicos, de terror.
Tita cabecea. Pitufo sigue comiendo croquetas.
Crunch, crunch, crunch.
(Lo bueno es que Tita no lo ha visto, sino se lo tunde a mordiscos).
Donovan, al final, se ufana de ser los mejores. Pregunta ¿dónde está México? En tu frontera sur, pendejo. Tita salta la frontera de mi cuarto, corre detrás de Pitufo. Lo cachó haciendo crunch. Le da alcance, muerde sus orejas y le da una buena revolcada. Pero a Pitufo qué le importa, ya comió suficientes croquetas; guardó para el invierno. Se olvidan del futbol.
Hay cosas más importantes, lo sé.
Chingona la vida de perros.
Crunch, crunch, crunch.
Zapping
Los cazafantasmas, nueva generación. Pasa a las 5:30 en Boomerang. No es lo mismo que los viejos cazafantasmas, aunque los personajes de ahora guardan relación con los anteriores. Me entretengo, paso la tarde. Diablos.
vlatido@yahoo.com.mx
viernes, septiembre 02, 2005
Canción para serpientes
· Canción para serpientes
Las letras, redondas, narran la historia de Chiapas: hacen eco de las balas, de las matanzas, de las injusticias. Alguien las acomoda y las atiborra de ideologías, de historias, de sangre. Las letras, la literatura, alcanza a la realidad y la representa estéticamente: en ese mundo todo cabe, hasta la idea más peregrina.
La ficción de la realidad, de la historia.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional no tiene, solamente, un séquito de paisas dispuestos batirse, a jugársela en el terreno que les toque; ni el Sup enamoradas a quienes les viene valiendo su pancita. También tienen sus escritores, y chiapanecos.
Canción sin letra (Coneculta, 1999) de Heberto Morales y Nudo de serpientes (El Animal, 2004) de Alejandro Aldana Sellschopp son novelas que recrean el levantamiento zapatista de 1994. Ambas tienen posiciones encontradas, persiguen fines diferentes.
La novela de Heberto Morales tuerce hacia una explicación “oficial” de la historia. En su mundo paralelo deambulan personajes innombrables: nadie sabe qué hacen esos fuereños que con boina y pipa caminan por las calles de San Cristóbal, leen libros rojos y se reúnen en cafés; o las intenciones de clérigos, picudos, quienes optan por la preferencia por los pobres. No. La vida transcurre entre las injusticias a los ladinos, a los coletos, a los pequeños propietarios quienes poco a poco se van quedando sin nada.
En Nudo de serpientes, Alejandro Aldana se toma un café y da vuelta a la página. Se quiere una lección de historia en donde confluyen, en el mismo espacio, personajes históricos guarecidos en una sola estirpe: la bravura ladina de los zapatos junto a la valentía india de los zapatos; y los conquistadores españoles junto a los militares y finqueros chiapanecos de nuestra historia reciente. Y la rabia, del autor, por las masacres de indígenas. Todas golpeadas por la misma pértiga: la propiedad de la tierra.
En ambos textos hay una intención de explicar el levantamiento con diferentes enfoques. Remontan años, explican las luchas por las tierras o por los fieles; describen la condición de los indígenas y de los coletos. Toman partido. Coinciden en el 1 de enero como el punto álgido del relato. Lo demás es pretexto para seguir justificando sus puntos de vista.
La novela se convierte, para los escritores, en una suerte de ensayo para exponer sus ideas. Las dos tienen resabios de ideologías, de formas de pensar, de entender nuestra realidad. Así la entienden y así es (al menos en sus páginas, porque, la neta, nadie sabe a ciencia cierta cómo es). Ya habrá tiempo suficiente para entender al EZ cabalmente, en perspectiva. Ahora se ha anclado en la historia, de donde salta a la literatura. Pero la literatura corre el riesgo de anquilosarse, de atorarse en la historia. ¿Cuántas obras literarias surgirán para contar, una y otra vez, el levantamiento de 1994? Están, como ejemplos, las novelas de chiapanecos que cuentan las rebeliones en los siglos XVIII y XIX, o las construcciones de presas.
La realidad es fuente inagotable para la literatura. Lo digo: ahí andan los personajes en la calle, en las esquinas, en las tiendas, en las cantinas, en la historia, en el espejo, en todos lados. La realidad es el escenario.
Pero cuando la literatura se convierte en un manual de historia, mmmm. Solamente que el escritor sea bien chicho, que dosifique los datos y, ay, que sepa narrar. (Por favor historiadores, absténganse de hacerla de narradores, o viceversa; o al menos redoblen esfuerzos).
Sino mejor leo fanzines, es placentero.
Zapping
5:15. Las mascaritas. 25 pesos la caguama. Botana cara y mala. Cerveza fría. Catálogo, un fraude: meseras gordas. 5:30. Calle. 5:40. Bar May (La tiendita). Pocas mesas. 7:00. Happy punk, ahí nos vemos. Eructo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Las letras, redondas, narran la historia de Chiapas: hacen eco de las balas, de las matanzas, de las injusticias. Alguien las acomoda y las atiborra de ideologías, de historias, de sangre. Las letras, la literatura, alcanza a la realidad y la representa estéticamente: en ese mundo todo cabe, hasta la idea más peregrina.
La ficción de la realidad, de la historia.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional no tiene, solamente, un séquito de paisas dispuestos batirse, a jugársela en el terreno que les toque; ni el Sup enamoradas a quienes les viene valiendo su pancita. También tienen sus escritores, y chiapanecos.
Canción sin letra (Coneculta, 1999) de Heberto Morales y Nudo de serpientes (El Animal, 2004) de Alejandro Aldana Sellschopp son novelas que recrean el levantamiento zapatista de 1994. Ambas tienen posiciones encontradas, persiguen fines diferentes.
La novela de Heberto Morales tuerce hacia una explicación “oficial” de la historia. En su mundo paralelo deambulan personajes innombrables: nadie sabe qué hacen esos fuereños que con boina y pipa caminan por las calles de San Cristóbal, leen libros rojos y se reúnen en cafés; o las intenciones de clérigos, picudos, quienes optan por la preferencia por los pobres. No. La vida transcurre entre las injusticias a los ladinos, a los coletos, a los pequeños propietarios quienes poco a poco se van quedando sin nada.
En Nudo de serpientes, Alejandro Aldana se toma un café y da vuelta a la página. Se quiere una lección de historia en donde confluyen, en el mismo espacio, personajes históricos guarecidos en una sola estirpe: la bravura ladina de los zapatos junto a la valentía india de los zapatos; y los conquistadores españoles junto a los militares y finqueros chiapanecos de nuestra historia reciente. Y la rabia, del autor, por las masacres de indígenas. Todas golpeadas por la misma pértiga: la propiedad de la tierra.
En ambos textos hay una intención de explicar el levantamiento con diferentes enfoques. Remontan años, explican las luchas por las tierras o por los fieles; describen la condición de los indígenas y de los coletos. Toman partido. Coinciden en el 1 de enero como el punto álgido del relato. Lo demás es pretexto para seguir justificando sus puntos de vista.
La novela se convierte, para los escritores, en una suerte de ensayo para exponer sus ideas. Las dos tienen resabios de ideologías, de formas de pensar, de entender nuestra realidad. Así la entienden y así es (al menos en sus páginas, porque, la neta, nadie sabe a ciencia cierta cómo es). Ya habrá tiempo suficiente para entender al EZ cabalmente, en perspectiva. Ahora se ha anclado en la historia, de donde salta a la literatura. Pero la literatura corre el riesgo de anquilosarse, de atorarse en la historia. ¿Cuántas obras literarias surgirán para contar, una y otra vez, el levantamiento de 1994? Están, como ejemplos, las novelas de chiapanecos que cuentan las rebeliones en los siglos XVIII y XIX, o las construcciones de presas.
La realidad es fuente inagotable para la literatura. Lo digo: ahí andan los personajes en la calle, en las esquinas, en las tiendas, en las cantinas, en la historia, en el espejo, en todos lados. La realidad es el escenario.
Pero cuando la literatura se convierte en un manual de historia, mmmm. Solamente que el escritor sea bien chicho, que dosifique los datos y, ay, que sepa narrar. (Por favor historiadores, absténganse de hacerla de narradores, o viceversa; o al menos redoblen esfuerzos).
Sino mejor leo fanzines, es placentero.
Zapping
5:15. Las mascaritas. 25 pesos la caguama. Botana cara y mala. Cerveza fría. Catálogo, un fraude: meseras gordas. 5:30. Calle. 5:40. Bar May (La tiendita). Pocas mesas. 7:00. Happy punk, ahí nos vemos. Eructo.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
jueves, agosto 25, 2005
Ratas
Ratas
La noche empieza de maravilla. Apenas se oculta el sol compramos un sixto para empezar el jaloneo. Sabrosas y frías. Después unas gordas, piernudas (chichonas, también quiero decir). En la bodega todos están igual, algunos peor. La gente corre como loca, desesperada, rebotando en las paredes. Adrián sale al escenario entre esa bruma, humo, que caracteriza a los conciertos de rocanrol. Prueba el micrófono y su voz argentina —bien le queda el calificativo— retumba, hace eco en algunas mentadas de madre y reclamos. Apúrate, cabrón, que no tengo tu tiempo. A capela: Es de esperar que algún mediocre sea, quien juzgará de lo que nada sepa. La alineación completa de Rata Blanca sale de la penumbra. Batacazos y guitarrazos. Chillen, cabronas, lloren. Todos saltan y llueven las estrellas que, al caer, queman la piel. Pero a casi nadie le importa, hasta hay quien las recoge y le da sus tres de rigor; las rolan hasta la esquina, donde alguien apenas las acaba de matar. Pasa la vida bacha. Pareciera que los dedos de Walter son un dildo porque su guitarra llora de placer. Las masturba. Y empieza a tejer melodías orgásmicas: las brujas, que reparten besos, se montan en escobas que atraviesan sus vaginas. Surcan las aguas etéreas, de viento; estimulan a las nubes para que nos bañen, nos sumerjan en mares calmos, completamente salados. Ensordece. Gustavo empuña las baquetas como un fusil que dispara, a mansalva, a los cazadores de ballenas. Los guerreros que danzan en el mar brincan hasta un arcoiris; psicodélicos pelean por un mundo verde, lleno de verde, todo verde, bien verde, listo para vivir a brinquitos entre estados, países, viajes, viejas y fajes. Las cuerdas gruesas del bajo de Guillermo enaltecen una pared de sonido que lleva el ritmo, complementa el rito. De la penumbra decibélica salen dragones que no ven porque los magos han arrancado sus ojos, que vuelan hasta el medioevo en busca de algún libro oculto entre rosas. De las grietas de la bodega, en las alturas, desciende Agord, esa bruja que anda en busca de cerebros para destruir. La raza salta, brinca, despavorida: nadie quiere ser un zombie. Huyen entre espinas con la convicción firme de demostrar su realidad a todos aquellos que quieren ser más. Corro detrás de ellos, extasiado por la piel de esa mujer, misteriosa, amante, que me abriga con su calor. Sorteo ratas, miles, que buscan un lugar donde guarecerse. La noche es maravillosa, tanto que no quiero despertar.
Zapping
Alipuz, ese mi fanzine que espera a estar bien fermentado para raspar la garganta de sus adictos, rola como una hoja al viento (queyayo, tionoquis). Gracias, miles, al Pulido y al Navo por tirarlo a la calle. Va en el sietevecessiete.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
La noche empieza de maravilla. Apenas se oculta el sol compramos un sixto para empezar el jaloneo. Sabrosas y frías. Después unas gordas, piernudas (chichonas, también quiero decir). En la bodega todos están igual, algunos peor. La gente corre como loca, desesperada, rebotando en las paredes. Adrián sale al escenario entre esa bruma, humo, que caracteriza a los conciertos de rocanrol. Prueba el micrófono y su voz argentina —bien le queda el calificativo— retumba, hace eco en algunas mentadas de madre y reclamos. Apúrate, cabrón, que no tengo tu tiempo. A capela: Es de esperar que algún mediocre sea, quien juzgará de lo que nada sepa. La alineación completa de Rata Blanca sale de la penumbra. Batacazos y guitarrazos. Chillen, cabronas, lloren. Todos saltan y llueven las estrellas que, al caer, queman la piel. Pero a casi nadie le importa, hasta hay quien las recoge y le da sus tres de rigor; las rolan hasta la esquina, donde alguien apenas las acaba de matar. Pasa la vida bacha. Pareciera que los dedos de Walter son un dildo porque su guitarra llora de placer. Las masturba. Y empieza a tejer melodías orgásmicas: las brujas, que reparten besos, se montan en escobas que atraviesan sus vaginas. Surcan las aguas etéreas, de viento; estimulan a las nubes para que nos bañen, nos sumerjan en mares calmos, completamente salados. Ensordece. Gustavo empuña las baquetas como un fusil que dispara, a mansalva, a los cazadores de ballenas. Los guerreros que danzan en el mar brincan hasta un arcoiris; psicodélicos pelean por un mundo verde, lleno de verde, todo verde, bien verde, listo para vivir a brinquitos entre estados, países, viajes, viejas y fajes. Las cuerdas gruesas del bajo de Guillermo enaltecen una pared de sonido que lleva el ritmo, complementa el rito. De la penumbra decibélica salen dragones que no ven porque los magos han arrancado sus ojos, que vuelan hasta el medioevo en busca de algún libro oculto entre rosas. De las grietas de la bodega, en las alturas, desciende Agord, esa bruja que anda en busca de cerebros para destruir. La raza salta, brinca, despavorida: nadie quiere ser un zombie. Huyen entre espinas con la convicción firme de demostrar su realidad a todos aquellos que quieren ser más. Corro detrás de ellos, extasiado por la piel de esa mujer, misteriosa, amante, que me abriga con su calor. Sorteo ratas, miles, que buscan un lugar donde guarecerse. La noche es maravillosa, tanto que no quiero despertar.
Zapping
Alipuz, ese mi fanzine que espera a estar bien fermentado para raspar la garganta de sus adictos, rola como una hoja al viento (queyayo, tionoquis). Gracias, miles, al Pulido y al Navo por tirarlo a la calle. Va en el sietevecessiete.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
viernes, agosto 12, 2005
Pinche Lola, putita
Pinche Lola, putita
Me gusta manchar las paredes de los baños. Algunas veces, escatológico que soy, las orino con gran entusiasmo. No era algo que acostumbrara a hacer, pero encontré cierto masoquismo, de manera accidental, una vez que entré al baño de El lobo. Trémulo, sudado y bien bolo, orinaba en el mingitorio. Un temblor de no sé cuántos grados en escala de no sé qué jodidos se sintió de la puerta hacia adentro. Para no caer me recargué en la pared y el orín, caliente, saltó de mi mano al concreto.
—¡Ah, qué divertido es esto! —dije.
Regresé, satisfecho, a la mesa. Lola había pedido otra caguama; su vaso, escarchado con sal, estaba a la mitad. El mío llenito, completito, cabal.
—Don Lobo —dije— échele otras monedas a la rocola.
Intocable sonó con un par de sus mejores rolas. Música para bolo, para bailar en la pequeña pista que, a fuerza de mucha imaginación y creatividad, se dibuja en el centro de la cantina. Báilele mi reina. Lola, bailadora que es, quería bailar con Intocable. Yo, con un dejo de aburrido burócrata mezclado con lo más grueso del punk setentero, no me animé.
—Ándale, no seas simple —dijo Lola.
—No.
Lola pidió otra caguama. Metí el acelerador, de un solo trago terminé con el vaso. Un regurgito, sabroso, recorrió mis tripas. Ella sirvió. Se terminó la cerveza. Yo pedí otra. Lola pidió más monedas para la rocola. Se levantó, algo cachonda, y puso su música.
—Ya que tú no bailas —dijo cuando regresó a sentarse, con la lengua arrastrada, casi dormida. Yo sentía ganas de orinar y de volver a manchar la pared del baño. Así que me levanté y en el baño, lo primero que hice, fue apuntarle a la pared, lavarla, rociarla, pasear de un lado a otro, recorrer lo largo y ancho del mingitorio.
De regreso Lola bailaba bien cachonda con uno de los tantos bolos que había en la cantina. Pinche Lola, se le restregaba al tipo ése; juntaban sus cuerpos, los movían para atrás hacia delante. Se ponían de espaldas. La canción era esa de reversa mami, y luego que agachaditos, agachaditos, agachaditos. Y un besito. Total. Pinche Lola, quise gritarle, pero solamente me di la vuelta y regresé al baño.
¿Vomitar? Para qué. Pinche Lola, si bailas bien sabroso, si te gusta la putería. Pinche Lola, mecae.
Tomé la pluma que llevaba en mi camisa de burócrata aburrido y con mi mejor letra escribí en la pared del baño: Pinche Lola, putita. Luego oriné sobre lo que había escrito. Mear la pared y mear a Lola. Oriné, oriné y oriné, pero Lola todavía estaba ahí, en la pared, en la cantina, bailando bien cachonda.
Y aunque Lola ya no esté, escribo su nombre en los baños de las cantinas. Pinche Lola, putita. Ustedes ya saben que hago después.
Zapping
Todos los de la banda fanzinerosa, a través de la compañía editorial La Tortillería, publicaron sus pequeños libritos llenos de poemas, sucias narraciones y rolas de los Cadetes de Linares. Ahí andan, rolando, los textos del Navo, el Pulido, el Toño pinchequijote, el Niño Fors y el Molina. Ya se mocharon. Vientos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Me gusta manchar las paredes de los baños. Algunas veces, escatológico que soy, las orino con gran entusiasmo. No era algo que acostumbrara a hacer, pero encontré cierto masoquismo, de manera accidental, una vez que entré al baño de El lobo. Trémulo, sudado y bien bolo, orinaba en el mingitorio. Un temblor de no sé cuántos grados en escala de no sé qué jodidos se sintió de la puerta hacia adentro. Para no caer me recargué en la pared y el orín, caliente, saltó de mi mano al concreto.
—¡Ah, qué divertido es esto! —dije.
Regresé, satisfecho, a la mesa. Lola había pedido otra caguama; su vaso, escarchado con sal, estaba a la mitad. El mío llenito, completito, cabal.
—Don Lobo —dije— échele otras monedas a la rocola.
Intocable sonó con un par de sus mejores rolas. Música para bolo, para bailar en la pequeña pista que, a fuerza de mucha imaginación y creatividad, se dibuja en el centro de la cantina. Báilele mi reina. Lola, bailadora que es, quería bailar con Intocable. Yo, con un dejo de aburrido burócrata mezclado con lo más grueso del punk setentero, no me animé.
—Ándale, no seas simple —dijo Lola.
—No.
Lola pidió otra caguama. Metí el acelerador, de un solo trago terminé con el vaso. Un regurgito, sabroso, recorrió mis tripas. Ella sirvió. Se terminó la cerveza. Yo pedí otra. Lola pidió más monedas para la rocola. Se levantó, algo cachonda, y puso su música.
—Ya que tú no bailas —dijo cuando regresó a sentarse, con la lengua arrastrada, casi dormida. Yo sentía ganas de orinar y de volver a manchar la pared del baño. Así que me levanté y en el baño, lo primero que hice, fue apuntarle a la pared, lavarla, rociarla, pasear de un lado a otro, recorrer lo largo y ancho del mingitorio.
De regreso Lola bailaba bien cachonda con uno de los tantos bolos que había en la cantina. Pinche Lola, se le restregaba al tipo ése; juntaban sus cuerpos, los movían para atrás hacia delante. Se ponían de espaldas. La canción era esa de reversa mami, y luego que agachaditos, agachaditos, agachaditos. Y un besito. Total. Pinche Lola, quise gritarle, pero solamente me di la vuelta y regresé al baño.
¿Vomitar? Para qué. Pinche Lola, si bailas bien sabroso, si te gusta la putería. Pinche Lola, mecae.
Tomé la pluma que llevaba en mi camisa de burócrata aburrido y con mi mejor letra escribí en la pared del baño: Pinche Lola, putita. Luego oriné sobre lo que había escrito. Mear la pared y mear a Lola. Oriné, oriné y oriné, pero Lola todavía estaba ahí, en la pared, en la cantina, bailando bien cachonda.
Y aunque Lola ya no esté, escribo su nombre en los baños de las cantinas. Pinche Lola, putita. Ustedes ya saben que hago después.
Zapping
Todos los de la banda fanzinerosa, a través de la compañía editorial La Tortillería, publicaron sus pequeños libritos llenos de poemas, sucias narraciones y rolas de los Cadetes de Linares. Ahí andan, rolando, los textos del Navo, el Pulido, el Toño pinchequijote, el Niño Fors y el Molina. Ya se mocharon. Vientos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
miércoles, julio 27, 2005
Terrenal
Terrenal
Un señor de barba, güero, entró un día con el Pituka a una cantina. El Pituka llevaba, como ustedes ya saben, su caguama en la mano, su morral y vestía su maculada túnica blanca. Pidieron una jarra de michelada y sacaron unos cigarros extraños cuyo tufo era también extraño. Fumaron y bebieron; comieron camarón con chile blanco.
Esto me lo contó un amigo.
Ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— se levantó y puso en la rocola una canción de Intocable.
Se sentó a mirar, absorto, las tetas de Roxana, amor de mis amores que a veces me manda besitos desde su pared. No sé si a él le dieron ganas de chuparle las chichis, o nomás de guiñarle un ojo desde su silla, discreto, porque ella no deja que alguien se acerque.
El Pituka y ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— comían y bebían; reían sin parar y se volvían a servir su michelada.
El Pituka también se levantó y puso una canción de Los Bukis. El señor de barba, güero, hizo un gesto de desagrado. Al Pituka le valió madre porque, dice mi amigo, se puso a cantar esa de si no te hubieras ido, o algo así.
Nadie supo por qué comenzaron a discutir. (Dijo mi amigo que porque al señor de barba, güero, al parecer no le gustaba El Buki).
El señor de barba, güero, salió como alma que lleva el diablo de la cantina. Se alcanzaba a ver un hilillo de sangre que le escurría por el brazo. Nadie se dio cuenta qué pasó, ni mi amigo que curioso los observaba.
Después de meterse al baño, el Pituka pidió la cuenta. No era mucha paga, pero no traía nada. Entre todos juntaron una lana y se la dieron al mesero que, como es su costumbre, ya había apagado la rocola. El Pituka sacó de su morral una caguama y salió de la cantina.
Mi amigo, que había entrado al baño después del Pituka, leyó en la pared, entre otros grafitos, “Dios ha muerto”. Supuso que lo había escrito el Pituka.
—Creo que ese pinche Pituka ya se cargó a diosito —me dijo.
—Dios no existe —le dije.
Pero mi amigo, terco como mula, se puso a buscar al Pituka. Dice que lo encontró en una calle, por el mercado. Estaba tirado, sonriendo maliciosamente, con su túnica y su caguama. No me ha querido contar qué platicaron.
Todos los miércoles, por la tarde, mi amigo acompaña a su mamá a las misas. Desde entonces se volvió bien devoto y ya ni echa trago. Nos abandonó.
—Dios no está muerto, existe —me dice cuando lo veo.
—Es mentira, no existe.
Es necio, tanto que a veces me hace dudar.
¿Y si existe?
Ya sé que diosito es buena onda, fuma mota y lo han visto bien bolo en Las Pepitas. Yo no lo he visto, me han dicho. Por eso, si existe, no tendrá calidad moral para juzgarme, ni para enviarme al infierno. Además, si se pone en ese plan tendré que recordarle que es misericordioso y que está condenado a perdonarme, aunque yo niegue su existencia.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Un señor de barba, güero, entró un día con el Pituka a una cantina. El Pituka llevaba, como ustedes ya saben, su caguama en la mano, su morral y vestía su maculada túnica blanca. Pidieron una jarra de michelada y sacaron unos cigarros extraños cuyo tufo era también extraño. Fumaron y bebieron; comieron camarón con chile blanco.
Esto me lo contó un amigo.
Ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— se levantó y puso en la rocola una canción de Intocable.
Se sentó a mirar, absorto, las tetas de Roxana, amor de mis amores que a veces me manda besitos desde su pared. No sé si a él le dieron ganas de chuparle las chichis, o nomás de guiñarle un ojo desde su silla, discreto, porque ella no deja que alguien se acerque.
El Pituka y ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— comían y bebían; reían sin parar y se volvían a servir su michelada.
El Pituka también se levantó y puso una canción de Los Bukis. El señor de barba, güero, hizo un gesto de desagrado. Al Pituka le valió madre porque, dice mi amigo, se puso a cantar esa de si no te hubieras ido, o algo así.
Nadie supo por qué comenzaron a discutir. (Dijo mi amigo que porque al señor de barba, güero, al parecer no le gustaba El Buki).
El señor de barba, güero, salió como alma que lleva el diablo de la cantina. Se alcanzaba a ver un hilillo de sangre que le escurría por el brazo. Nadie se dio cuenta qué pasó, ni mi amigo que curioso los observaba.
Después de meterse al baño, el Pituka pidió la cuenta. No era mucha paga, pero no traía nada. Entre todos juntaron una lana y se la dieron al mesero que, como es su costumbre, ya había apagado la rocola. El Pituka sacó de su morral una caguama y salió de la cantina.
Mi amigo, que había entrado al baño después del Pituka, leyó en la pared, entre otros grafitos, “Dios ha muerto”. Supuso que lo había escrito el Pituka.
—Creo que ese pinche Pituka ya se cargó a diosito —me dijo.
—Dios no existe —le dije.
Pero mi amigo, terco como mula, se puso a buscar al Pituka. Dice que lo encontró en una calle, por el mercado. Estaba tirado, sonriendo maliciosamente, con su túnica y su caguama. No me ha querido contar qué platicaron.
Todos los miércoles, por la tarde, mi amigo acompaña a su mamá a las misas. Desde entonces se volvió bien devoto y ya ni echa trago. Nos abandonó.
—Dios no está muerto, existe —me dice cuando lo veo.
—Es mentira, no existe.
Es necio, tanto que a veces me hace dudar.
¿Y si existe?
Ya sé que diosito es buena onda, fuma mota y lo han visto bien bolo en Las Pepitas. Yo no lo he visto, me han dicho. Por eso, si existe, no tendrá calidad moral para juzgarme, ni para enviarme al infierno. Además, si se pone en ese plan tendré que recordarle que es misericordioso y que está condenado a perdonarme, aunque yo niegue su existencia.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
viernes, julio 22, 2005
Story line
· Story line
Vladimir González R.
¿Escribiré una carta? No, es cursi, esas cosas son del siglo pasado. Lo mejor es que todo sea en vivo. La cámara me la prestó un cuate, no es mía, la voy a aprovechar. El monitor lo pondré a un costado del tripié. Mi primera pregunta es ¿tendré motivos?
Rec. La toma se abre a un medium shot. A cuadro aparece sólo Federico. Fondo blanco.
Rosi, ayer en la tarde decidí, bruscamente, ir a buscarte a la escuela. Me dieron ganas. Llegué temprano, todavía estabas en clases. Me senté a un costado de tu salón y escuché a tu profesor de poesía pedir que leyeran sus escritos. Los de tus compañeros no importaron, bla, bla, bla, bla, bla... hasta que escuché tu voz. Escribiste un poema de amor que decía: te quiero desde esta luna hasta ese sol que te amanece. El maestro supuso que se lo dedicabas a alguien que se encontraba muy lejos de ti. Asentiste. El pellejo se me puso tan blandito que un simple resoplido caló en mis huesos. Yo, tu amor, estoy aquí, tan cerca...
No, ese pretexto también es del siglo pasado.
Stop. Zoom back hasta llegar a un long shot. A cuadro aparece una cama con sábanas arrugadas. Federico está sentado en ella. Su rostro está rígido, tenso, no esboza sonrisa alguna; sus ojos no brillan, parecen tristes. Suspira mientras ve fijamente a la cámara. Rec.
Dios es una invención del hombre. Sólo existe en la mente de los demás. En la mía no hay nadie. Dios nunca ha existido para mí. Creo que jamás habrá ser semejante. ¿No basta con imaginarme a las miles de personas en las que debo confiar? Si no busco consuelo en ellas, entonces en quién. Necesito verlas, palparlas, tenerlas, palparme, tenerme, tocarme, sentirlas, ser.
Pero estoy solo, completamente. Triste, camino lento, inseguro. Sí, ese es mi motivo. La soledad. En ella convergen la ausencia de Rosi, el fraudulento dios y la gente inimaginable. ¿Por qué no creer en el súper hombre? Ja, ja, ja, ja. Ése soy yo. Pero, ¿qué?, no estoy a cuadro. Ese maldito tripié está flojo.
La cámara graba el suelo. Debajo de la cama sale la punta de una soga. Till up. La toma se abre a un long shot. Aparece Federico a medio cuadro. Las sábanas siguen arrugadas. Se alcanza a ver el ventilador apagado. El techo no es muy alto. Toma fija. Continúa rec.
¿Qué dije? ¿El súper hombre? Ajá. Estoy aquí postrado ante este ojo, queriendo tomar valor, agarrándome los tanates para de una vez fundir a negros. Soy un remedo. No esperen ver una cinta gore. Eso déjenlo para los obsesivos, enfermos patológicos. El morbo de la sangre no funciona conmigo. Tampoco busco rating, ni que recuerden mi cuerpo ensangrentado.
Federico mira a la cámara.
Tengo que justificarme. Ya dije que estoy decepcionado del amor, de dios y de la gente. ¿Crees que es suficiente? No. Qué importan los motivos. Fue una muerte misteriosa, dirán los diarios mañana. No, dentro de dos días, cuando comience a apestar mi cuerpo. Fui el hombre pos… ¿histórico?, ¿moderno?
Stop. Medium shot. Federico sentado en la cama. El cuarto se ve despejado. Fondo blanco. Sábanas arrugadas. Rec.
Estoy decidido. No tengo motivos. ¡Oh, oh! Qué aburrido morir así. Voy a poner música. Ya sé. Una muerte como le gustaría a Woody Allen. Con jazz. Louis Armstrong me parece perfecto. Qué delicia. Será lo último que escuche. Mi cara en el monitor ya no se ve triste.
Play Alligator Crawll un minuto. (La cabeza del tripié sigue floja.) La toma cae. La cámara recorre la cintura de Federico hacia los pies. No tocan el piso. Fundido en negros. Diez segundos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Vladimir González R.
¿Escribiré una carta? No, es cursi, esas cosas son del siglo pasado. Lo mejor es que todo sea en vivo. La cámara me la prestó un cuate, no es mía, la voy a aprovechar. El monitor lo pondré a un costado del tripié. Mi primera pregunta es ¿tendré motivos?
Rec. La toma se abre a un medium shot. A cuadro aparece sólo Federico. Fondo blanco.
Rosi, ayer en la tarde decidí, bruscamente, ir a buscarte a la escuela. Me dieron ganas. Llegué temprano, todavía estabas en clases. Me senté a un costado de tu salón y escuché a tu profesor de poesía pedir que leyeran sus escritos. Los de tus compañeros no importaron, bla, bla, bla, bla, bla... hasta que escuché tu voz. Escribiste un poema de amor que decía: te quiero desde esta luna hasta ese sol que te amanece. El maestro supuso que se lo dedicabas a alguien que se encontraba muy lejos de ti. Asentiste. El pellejo se me puso tan blandito que un simple resoplido caló en mis huesos. Yo, tu amor, estoy aquí, tan cerca...
No, ese pretexto también es del siglo pasado.
Stop. Zoom back hasta llegar a un long shot. A cuadro aparece una cama con sábanas arrugadas. Federico está sentado en ella. Su rostro está rígido, tenso, no esboza sonrisa alguna; sus ojos no brillan, parecen tristes. Suspira mientras ve fijamente a la cámara. Rec.
Dios es una invención del hombre. Sólo existe en la mente de los demás. En la mía no hay nadie. Dios nunca ha existido para mí. Creo que jamás habrá ser semejante. ¿No basta con imaginarme a las miles de personas en las que debo confiar? Si no busco consuelo en ellas, entonces en quién. Necesito verlas, palparlas, tenerlas, palparme, tenerme, tocarme, sentirlas, ser.
Pero estoy solo, completamente. Triste, camino lento, inseguro. Sí, ese es mi motivo. La soledad. En ella convergen la ausencia de Rosi, el fraudulento dios y la gente inimaginable. ¿Por qué no creer en el súper hombre? Ja, ja, ja, ja. Ése soy yo. Pero, ¿qué?, no estoy a cuadro. Ese maldito tripié está flojo.
La cámara graba el suelo. Debajo de la cama sale la punta de una soga. Till up. La toma se abre a un long shot. Aparece Federico a medio cuadro. Las sábanas siguen arrugadas. Se alcanza a ver el ventilador apagado. El techo no es muy alto. Toma fija. Continúa rec.
¿Qué dije? ¿El súper hombre? Ajá. Estoy aquí postrado ante este ojo, queriendo tomar valor, agarrándome los tanates para de una vez fundir a negros. Soy un remedo. No esperen ver una cinta gore. Eso déjenlo para los obsesivos, enfermos patológicos. El morbo de la sangre no funciona conmigo. Tampoco busco rating, ni que recuerden mi cuerpo ensangrentado.
Federico mira a la cámara.
Tengo que justificarme. Ya dije que estoy decepcionado del amor, de dios y de la gente. ¿Crees que es suficiente? No. Qué importan los motivos. Fue una muerte misteriosa, dirán los diarios mañana. No, dentro de dos días, cuando comience a apestar mi cuerpo. Fui el hombre pos… ¿histórico?, ¿moderno?
Stop. Medium shot. Federico sentado en la cama. El cuarto se ve despejado. Fondo blanco. Sábanas arrugadas. Rec.
Estoy decidido. No tengo motivos. ¡Oh, oh! Qué aburrido morir así. Voy a poner música. Ya sé. Una muerte como le gustaría a Woody Allen. Con jazz. Louis Armstrong me parece perfecto. Qué delicia. Será lo último que escuche. Mi cara en el monitor ya no se ve triste.
Play Alligator Crawll un minuto. (La cabeza del tripié sigue floja.) La toma cae. La cámara recorre la cintura de Federico hacia los pies. No tocan el piso. Fundido en negros. Diez segundos.
mentas: vlatido@yahoo.com.mx
Suscribirse a:
Entradas (Atom)