Oficio de tinieblas

Oficio de tinieblas
sclc/vlátido

miércoles, octubre 31, 2007

Haragán

Ucronía
(75)

Vladimir González R.

Haragán

Tenía un walkman que llevaba escondido entre mi ropa. Cuando me aburría la clase, el partido de futbol o de estar escuchando pendejada y media en la escuela, me apartaba del grupo, buscaba los audífonos, y escuchaba música.
En la prepa, como en muchas otras etapas de un estudiante y profesionista, andaba poca paga. Compraba un par de pilas de las más baratas, de las que venden en la fayuca, para no gastar mucho en esas caras que siempre han anunciado en televisión.
Me gustaba escuchar el rock pesado, a los mexicanos, aunque las voces guturales, solía suceder, no se entendieran ni madres. ¡Para esto estaba el jevi metal! Muy poco me interesaba el rock bandoso o urbano, a excepción, nunca he de negarlo, de El Tri setentero y ochentero.
Entonces me rolaron un caset de Haragán y Compañía, el de Valedores Juveniles , bien urbano. Neta, lo digo para que no me reclame Talita, a mí no me gustaban esas ondas. Yoerametalero. Tenía la costumbre de piratearme todo lo que llegaba a mis manos. Así que me lancé a la quinta norte y compré unas cintas chinas para grabar al Haragán.
En una de tantas huidas sónicas tomé el caset grabado y lo coloqué en el walkman. Con ese arsenal, que no me convencía, entré al salón de clases. Lo inevitable sucedió. Salí dizque a tomar aire con los audífonos puestos, a escuchar al Haragán. En ese caset, Valedores Juveniles, están sus éxitos, al menos los que más recuerdo.
Las pilas suelen ser inoportunas, más si son chafas. Esas que andaba el walkman estaban casi vacías, aut. La cinta corría lento, y la voz del Haragán se distorsionaba: se escuchaba bien death, gutural, matacochi, perra. ¡Así se oía la Muñequita Sintética!
—Carnal, ontá, qué escuchás —preguntó un compañero de pinta.
Nomás le di los audífonos.
—Ta' bien perro, vos. Puta, se parecen a los Sepultura. ¿Cómo se llaman?
—El Haragán.
Aquel prometió volverse fan del Haragán, el grupo más metalero de México. Me devolvió el walkman, junté una paguita para otro par de pilas, y guardé el caset del Haragán entre silbidos y tarareos de la muñequita que inhala bolsitas con resistol.
En vivo, con los años, es otra onda. Hasta hace unos días escuché al Haragán en Tuxtla, en la Plaza de Toros. Tocaron casi todas las rolas del Valedores Juveniles. Mecae, si no son metaleros no importa.

Mentas: vlatido@gmail.com
www.ucroniazz.blogspot.com

lunes, octubre 01, 2007

Desamparado

Esta mañana calurosa me siento desamparado: me he levantado tarde porque la cama comienza a fastidiarme. Puse un dvd de Joaquín Sabina que me regaló Talita. Decidí, animado por la música, quemar un disco con las mejores canciones del español para escuchar en el viaje que realizaré a la playa. Encendí la computadora. Busqué los cables para conectarme a internet. La intención era comenzar a bajar algún material de Sabina de la red. Todo bien: cable usb donde debe ir, módem conectado. La computadora me dice, en otras palabras, que estoy listo para navegar.La sensación de desamparo comienza cuando no puedo entrar al Messenger. ¡No hay chat! Suele suceder, pienso. Quiero abrir una página, Google, y nada. Intento una y otra vez sin éxito alguno. Sabina, en la tele, dice que hay fiesta en la cocina, mientras a mí, caramba, muy de mañana, me da una crisis. Busco una tarjeta telefónica para llamar al servicio de internet. Tengo tres pesos de crédito. De por sí es una aventura marcar, atinarle a las indicaciones de la voz grabada que hace las veces de operadora. Con tres pesos ni se diga. El teléfono, después de un par de minutos, emite un chillido, como indicando que estoy a punto de quedar incomunicado. Pronto le digo lo que sucede a quien me atiende. Promete llamar en cinco minutos al celular.Me siento frente a la computadora. Juego con ella, la exploro. Desesperación, desamparo. Talita acaba de salir. La necedad me seduce, intento de nuevo conectarme a internet. Termina el dvd de Sabina con Noches de Boda. El teléfono celular permanece mudo. Silencio en la habitación. Ni los perros ladran: Natasha duerme; Gorbachov, atento, es testigo de mi frustración; Raisa está aburrida. No hay servicio.Los tres hacen un gesto cuando suena el teléfono.
—¿Tiene conectado el módem?
—Sí.—
¿Están prendidos todos los focos?
—Así es.
—No recibo señal. Pase a nuestras oficinas centrales para cambiar el módem.
Puff, calor, soledad, desamparo.
Sólo espero que Talita no tarde en regresar.
mentas: vlatido@gmail.com

lunes, agosto 27, 2007

Pinche Juan

Pinche Juan



Uno suele espantarse las moscas, si las hay, cuando espera con impaciencia a que llegue el chofer del autobús. Rentamos el vehículo para hacer un viaje de placer a las playas, cercanas en realidad, a la ciudad. Éramos varios, muchos, hombres y mujeres. El chofer nos dijo que llegaría a las seis de la mañana por nosotros. Le dijimos que lo esperaríamos en un parque, buen lugar para reunirnos todos.

Muy cabrón él nos hizo esperar más de dos horas. Ya nos habían dicho que esa era su costumbre, hacer esperar a la gente. Pero decidimos contratarnos porque nos cobraba la mitad, una ganga, de lo que nos cobraban los demás. Que si el camión estaba muy viejo, que si nos tardaríamos más en llegar, que si mejor nos callábamos y aflojábamos la paga. La lana que nos ahorramos sirvió, eso sí, para comprar cerveza. ¡Uff, sacrificios!

Una hora y el muy hijo de la chingada no llegaba. Sin moscas que espantar, pero con la hielera hasta la madre, nos pusimos a pistear. Las viejas lo vieron primero con cierto desdén, después se encabronaron. ¿De qué sirve viajar bolos? El pisto a la vez nos ponía alegres y a la vez nos encorajinaba porque no llegaba el chofer, el pinche Juan. Todos comenzamos a cantar en coro aquella rolita de los Tacubos, esa del pinche Juan, que no seas tan punk, pinche Juan, mecae.

El pinche Juan llegó a la media hielera vacía, con su mujer a cuestas. Ambos, o sea los dos, nos saludaron de mano, él, y ella de besito. ¡Buena vieja! El pinche Juan ni siquiera se disculpó, pero su mujer, uff, su mujer.

En fin, que bien encanijados nos subimos al autobús. Ya pedo, pues, no me cansaba de ver las piernas de la mujer. Ella, desprotegida ante mi mirada, platicaba con el pinche Juan mientras conducía. Embelesado yo, distraída ella. Mi mente, la mente, ya saben cómo es la mente, escenificaba mil cosas sólo con sus piernas.

Pinche Juan, mecae.

¡Qué piernas! Valió la pena esperar.

Caliente que soy, neta, no lo niego, tuve que hacer una parada en el baño para darle en la madre de una vez a la erección.

Mentas: vlatido@gmail.com

jueves, junio 14, 2007

No me dejes por favor


Ucronía

(72)

No me dejes por favor

Las vacaciones en casa de mis abuelos no terminaban luego, pero a mí me urgía irme. Tomé mis cosas el sábado, muy temprano, porque el viaje hasta San Cristóbal es de ocho horas. De Bejucal de Ocampo a Motozintla, y de ahí, de combi en combi, apretujado, hasta un bar de esos que abundan en San Cristóbal para ver tocar a Real de Catorce.

Después de unas llamadas telefónicas, cerca de la cruz, en el centro de la ciudad, conseguí un boleto para el concierto. Me lo revendieron bien caro, aunque en esos momentos de furor, y con unas ganas enormes de embriagarse de azul, a nadie le importa.

Llegué temprano al lugar, casi vacío. Me senté frente a la barra y, ya saben, la debilidad, pedí cerveza. Un buen rato después, no sé si medirlo en minutos o en corcholatas, se hizo un silencio, oscuridad. Una luz tenue iluminó, en instantes, el escenario, los instrumentos, la música. Un aullido mutado en armónica se sintió, y José Cruz, junto con los demás reales (Ábrego, Zea, Neftalí) iniciaron el blues de una noche fría, larga.

Decir con cuál empezaron no tiene importancia. Todas, absolutamente todas las canciones de los reales, de sus diez discos valen la pena. Siempre, sin embargo, hay una que espera. Mientras esa llegaba discutía, casi a gritos, entre los intersticios musicales, las referencias de Dios en las canciones de Real de Catorce, la influencia de la literatura y mi empecinamiento de bolonecio del remake de El lobo estepario, de Hesse, en Lobo, de José Cruz.

Entre las necedades llegó la que esperaba: No me dejes por favor: "considera la tortura de la tarde, la camisa desagarrada de mi última canción". Puta madre, casi para orinarse, no sólo por la letra, sino por la armónica y el requinto, en fin, toda la canción. Fueron cuatro grandes minutos.Y ese disco, Cicatrices, ni duda cabe, el mejor.

Terminó el concierto. Le dije a Cruz y a Ábrego, presumiendo, que acababa de comprar Voy a morir, su más reciente disco, el más bluesero. Me dijo que había salido, recientemente, De cierto azul, un DVD. ¡Chin!, no lo tenía. Días después hice una copia en VHS.

Esa noche terminé con un montón de desconocidos, fumadores de mota y bebedores de pisco, tirado en una cama, borracho, vomitado, sin imaginarme siquiera que años después Real de Catorce terminaría con la esclerosis múltple de José Cruz, más los otros reales enconados, distanciados, disueltos, deambulando, junto con nosotros, en una tarde como si fuera un hospital para locos depresivos.

Zapping

También entristece, aunque ya estamos acostumbrados, las vergüenzas de los futbolistos en la Copa Oro. Mejor si los eliminan, porque ahí está uno pegado, a la tele, mirando, sin tiempo para terminar El desbarrancadero, de Fernando Vallejo.

mentas: vlatido@gmail.com

martes, marzo 13, 2007

Amantes

(71)

· Amantes


Se quitó la pantaleta y dejó que él se le fuera encima, como perro de caza. Cerró los ojos, sintió la nariz recorrer todo su cuerpo. Le excitaba tanto su respiración en cada resquicio: entre sus piernas, nalgas, axilas. Se sentía mujer. Por eso, cada vez que pactaban un encuentro, a ella poco le importaba desgarrar su ropa interior, hasta quedar desnuda, exhibida, expuesta al otro.
La ocasión, en apariencia, no tenía nada de particular. El ritual, como otras veces, había sido el mismo. Un baño con jabón olor a rosas; las piernas depiladas; el delineador caro, su mejor perfume. Toda ella, debajo de la ropa, de negro.
En la cama era la mejor amante. Lo sabía. Él mismo se lo había dicho: nadie coge como tú. Pensaba eso en la regadera, mientras perfumaba su cuerpo; mientras conducía su vehículo rumbo a un parque perdido en la ciudad. Lo pensaba mientras se quitaba la pantaleta y dejaba que él, primero con la vista, después con la verga, la poseyera.
Ella tomó la iniciativa, de un brusco movimiento se puso encima. A él le gustaba. Ella sabía que le gustaba. Su lengua recorrió el cuerpo del hombre, con los ojos cerrados. No dejaba de pensar en eso que para él resultaba un halago: eres la mejor amante. La frase se había impregnado hasta el tuétano. Sí, se repetía, lo soy. Las condiciones de sus encuentros sexuales lo confirmaban. Se veían a escondidas, en un motel barato, fuera de la ciudad. Antes se encontraban en cualquier parque, se besuqueaban y partían, calientes, al cuarto.
Sí, no cabía duda, era una gran amante, su amante.
Siguió besando su cuerpo hasta que llegó a la verga erecta. Mientras la engullía pensaba en esa condición, la de amante. Tantos años a escondidas porque él no quería dejar a su novia, la oficial. Pensaba, también, en los desaires en la calle, en los nervios de los encuentros fortuitos, en su estatus de segundona.
Apretó los dientes y tiró con fuerza. Él dio un grito desgarrador mientras la sangre escurría a borbotones, bañando la cama. Ella escupió el pedazo de carne, buscó una servilleta y se limpió la boca.

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miércoles, febrero 28, 2007

Mierda

(70)
Mierda


Le contesto a Talita:
—Mierda.
Ella, tan hermosa, para animarme, me invita con una sonrisa a nadar en los hoyuelos de sus mejillas.
Suele suceder en días calurosos, como los de ahora. El olor nauseabundo de la mierda en todos lados. En el cristal diáfano de la ventana del autobús se para una mosca; sus patas apestan. Embarran. Del otro lado las imágenes suceden vertiginosas, a casi 140 kilómetros por hora.
No puedo acomodarme en el asiento. Lumbago. Me desparramo; reacomodo la compostura. Miro a la gente. ¿Cómo esperan que vivamos en esta mierda? Mísero salarios, peores condiciones. Pedorrisa.
Sin un céntimo en la bolsa, con el orgullo herido por mendigar para el pasaje, me ataca un hambre. Imagino, encorajinado, grandes plastas servidas en vajillas de porcelana, orines en vasos transparentes. Todos invitados al festín.
Las lombrices se arremolinan y gimen de ansiedad. Recorren orondas los intestinos. Así son ellas.
El autobús se detiene por Soriana. ¡Aquí huele a mierda! Las calles polvorientas alebrestadas por llantas de carros a toda velocidad. Trago polvo, no sacio el hambre. Llego a casa.
Talita pregunta.
—¿Qué vamos a comer hoy?
Sonrisas garciamarquianas.
—Mierda.
¡Ay, qué tentación: sus hoyuelos!

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viernes, febrero 23, 2007

Elote asado

(69)

Elote asado



A San Cristóbal llego por ai de las 3 de la tarde. Llevo un hambre de los mil demonios. Lo primero que hago, al bajar del camión, es comprar un cigarro. Me espero para fumarlo. Después busco, cerca de la terminal, a una señora que se pone, junto con un pequeño anafre, sobre la avenida principal. En ese anafre asa elotes. Cinco pesos, me dice mientras unta limón, sal, chile a uno y lo envuelve en un doblador. Pido el mío.
La avenida que lleva hacia el parque está empolvada. Con mis zapatos, mientras camino, pateo montoncitos de polvo que algunos niños, supongo, hicieron durante el día. Los destruyo. Chasqueó los dientes pues el limón y el chile untado en el elote me los destempla.
Solamente he mordido un par de veces el elote. Juego con los granos dentro de mi boca, mientras unos niños indígenas corren hacia mí. Quieren que les compre baratijas. No, gracias, les digo.
Por la avenida una perra en celo paraliza el tráfico. Se cruza de una acera a la otra; desquicia a los conductores. En pos de la perra unos cinco perros, jadeantes, babeantes. No puedo evitar encontrarme entre la manada. Husmean. Más adelante orinan en uno de los parques, por donde venden dulces, más baratijas y ropa. En los portales, mientras tanto, una señora me llama con insistencia. Quiere que coma en su fonda. Prefiero el elote. A mí me vale si en éste se han parado las moscas, si la doña que lo vendió no se lavó las manos. Pero no vi perros orinando cerca del anafre.
Mis pasos son lentos, es parte de la estrategia para disfrutar mejor el elote. Algunos dicen que es mejor sentarse a comerlo. A veces creo eso, pero quiero ganar tiempo. No importa que camine despacio. Avanzo. Aunque no tengo tanta prisa como parecieran tener otros. Una pareja de extranjeros, sabe de dónde, güeros y el pelo un tanto enmarañado, chocan conmigo. Caminan como si no aguantaran el frío. Reboto en una pared. Mi playera quedó llena de polvo, mi palma también. Trato de limpiarme, y continúo con el elote.
A un par de cuadras alcanzo a ver ya el parque central. Acelero un par kilómetros por hora. En ese claro aparece la gran Babel, el entrecruce de los vientos. Ya terminé el limón, quedan pocos granos. Empiezo a buscar un bote de basura. En la esquina hay uno. Me dirijo hacia él, muerdo por última vez el elote. Deposito los restos en la basura. Detrás, escondido del policía, un indigente, cipote en mano, orina.
Llevo mi mano a la bolsa de mi camisa, busco el cigarro. Después de saciar el hambre lo más agradable es fumar. Para que amarre, dicen.

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miércoles, febrero 14, 2007

Apocalypto

Ucronía 68

Apocalypto



Antes de entrar al cine, en esos momentos en los que muchos tienen que decidir, Talita me dijo que para ver malas películas prefería comprarlas piratas. Yo ya había decidido entrar a ver Apocalypto. Ella hizo un gesto de resignación cuando saqué el dinero y pedí los boletos.
En la sala, con nachos y refrescos, mientras embarraba mis dedos, comenzó la función. Talita y yo —ella, insisto, resignada— nos arrellanamos en las butacas, estiramos las piernas, nos descalzamos y vimos el primer derramamiento de sangre: un jabalí cazado, desmembrado, descoyolado. Escenas de lo constante en la película. Primero jabalí, después mayas.
Talita, en algunas imágenes, cerraba los ojos o volteaba a cualquier lado. De pronto, en los silencios, yo, maldoso, le decía: “ya, abrí tus ojos, podés ver”: sangre, dolor, corazones palpitantes llevados en manos.
Pensaba, ¿no es, acaso, la violencia intrínseca al ser humano? ¿Acaso los mayas fueron seres humanos ideales incapaces de cometer actos sanguinarios? Mientras me rascaba la barbilla, y desprendía uno que otro pelo, veía en Apocalypto no un discurso histórico, sino humano. El pasado histórico —anacrónico, si se quiere— no es más que el telón de fondo donde suceden las acciones humanas, ficticias, descabelladas. Y sigo pensando que el cine, o la literatura, como dijo alguien, no siempre tienen que ser fiel a la historia.
El caso es que mientras yo me sumergía en debates posmodernos (que ya yo), Talita cerraba los ojos, ponía cara de fuchi y esquivaba los golpes que parecían escapar de la pantalla. Por cada golpe comíamos nachos; a la mitad de la película los terminamos. No había manera de poner pausa, por lo que nos aguantamos las ganas de salir a comprar más.
Dos horas después, en la calle, Talita me dijo que seguía pensando que para ver películas chafas prefiere comprar piratas, y ni siquiera las clonadas.

mentas: vlatido@gmail.com

miércoles, noviembre 29, 2006

Sinfonola

(67)

Sinfonola


Uno. En el Poliforum. Joaquín Sabina convoca al apellido de otro poeta, casi homófono, Sabines. Quiere regresar a Chiapas. Jet set: gobernador, dueño de equipo de futbol y presentadora de noticias. Hermanados. ¿Coreaban sus canciones? Rechifla para los políticos, autógrafos piden a las divas. Divos: espectáculo. El español cantó lo mejor de su repertorio. El continuismo promete a los consentidos. ¿Alguien de los pagudos conoce a Jaime López?

Dos. En la feria. El Tri no es tonto. Rescató lo más prendido de su producción. Rolitas viejas. Me late Vicioso: No puedo dejar el vicio, soy adicto al rock and roll, y El rock nunca muere: está escrito en el cielo y en el fondo del mar. Perras. Lluvia de tierra y orines. Vasos de cerveza surcaron el espacio. También notas sonoras. Frío de la chingada.

Tres. En la oficina. No hay bocinas, conecto los audífonos a la computadora. El Mastuerzo. Rolero. ¡Te sientes la mamá de tarzán!: te das tu taco muy orondo como nalga de princesa. Lástima que solamente yo la escuche. Anduvo en Chiapas, lo trajeron los nopagudos. Gruexxos. En cascada: Los Tres y Rafael Catana. Unos chilenos, chidos; el otro mexicano. ¿Y el manifiesto rupestre? El Navo quema discos. ¡Apúrenle!

Cuatro. En mi cuarto. Paseo por las nubes mediáticas. Detengo el tiempo, las noticias: asesinaron a Valentín Elizalde. ¡Vete ya… tu ru ru ru tu ru ru ru! Señales de los narcos. Terror. Ajuste de cuentas. El motivo, una canción. Por ahí tengo unas rolas en MP3. Para las borracheras: chicharrón, salsa roja y tabaco.

Cinco. En la calle. Tacos de tripa y al pastor. Una sangría. La grabadora. Kumbia Kings, mi dulce niña (na na na na na na). Moscas alrededor. El Sabinal. De boleto, dos y dos. Atragantado termino en lo que dura la canción. Eructo.

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miércoles, noviembre 15, 2006

Punk rocker

Punk rocker


Los atardeceres, en mi cuarto, son monótonos. El chillido del ventilador, duro y dale, tac, tac, tac, adormece; caigo desesperado en la cama. Sudo. La pinche cruda, resaca del día anterior, me pone irascible. Desesperado.
Me aflige la edad de mi computadora. Está viejísima. No lee, con eso lo digo todo, las memorias USB. Necesito otra. De reojo, tirado en la cama, con la televisión prendida, zapping, volteo a verla. Su aspecto ni siquiera me invita a escribir, a prenderla, enamorarla. No me excita. Hace días que busco una laptop. Caras las hijas de la chingada. Pregunto por ellas, las veo, acaricio, tiemblo. El precio me baja la erección. La calentura. La solución, en tiempos del capital financiero, es una tarjeta de crédito.
En huaraches, pantalón raído, playera del Che, despeinado, me lanzo a la plaza. Busco a los tipos que ofrecen tarjetas. Se ponen, como putas, en cada esquina, rincón de las tiendas en el centro comercial. Detienen a todos, venden dinero plástico. Antes me encabronaban, ahora quiero escucharlos: tasa cero, el plástico no le cuesta, sin anualidades, tarjeta light, talón de pago, credencial de elector, comprobante de domicilio… ¿ya cuenta con una?
Me miran de pies a cabeza, incrédulos. Mi playera —el revolucionario es el eslabón más alto de la humanidad— tiene un par de hoyos. ¿Cuánto gana usted? Ni trabajo. Quiero una computadora, una tarjeta. Quiero escribir, y gastar.
Las niñas bien —pantalones a la cadera, piercing, tatuajes en la naciente nalga— me ven como esnobista. Una de tantas se mantiene atenta a la conversación con el vendedor; parece observar mi rostro, mis reacciones. Cara compungida ¿cuánto gana?; mano en la cabeza, deslizándose por el pelo ¿cuenta con una?; eructo de gastritis, ¿tiene credencial de elector? Me alejo unos cuantos pasos, por curiosidad volteo. La chica aich también inquiere, pegunta, sonríe, todo es amable.
Ando por los pasillos de la plaza, deslumbrado por los aparadores. Llego, casi por inercia, a la tienda de discos. Veo de todo. Encuentro uno de The Ramones. It’s alive. No traigo efectivo, cash (Zedillo dixit). Tomo el disco y me encamino, sin ver más para no caer en tentaciones, a la caja. Mucha gente, mucha cola. 99 pesos, barato. Busco en mi cartera la tarjeta de débito. Tarjetazo.
Ventilador latoso, cama mojada, mi cuarto, enciendo la computadora. Esto sí me motiva: desempaco el disco y selecciono la canción preferida: Sheena is a punk rocker.


mentas: vlatido@gmail.com

miércoles, noviembre 01, 2006

Tuxtla makes me happy

(65)

Tuxtla makes me happy



Acá, en Tuxtla, la noche, dicen, puede ser espectacular. A mí ni me digan, aborrezco las cadenas de los antros y la gente nice, bien vestida, con camisas y pantalones a la moda y el pelo engomado. El día me parece más interesante. Me gusta, por ejemplo, lanzarme al futbol. La cantina “Víctor Manuel Reyna”, ¿la conocen?, tiene una pantalla gigante a la que llaman estadio. Nadie escucha a los comentaristas acartonados, y no pasan ni repeticiones ni comerciales. Chido. Narramos el partido entre todos. Eso se llama democracia: las mentadas de madre valen lo mismo que el análisis filosófico, pedante, del juego. La diferencia es que las primeras me divierten, ¡y un chorro!
Afuera, al final, los taquitos sirven para que la cerveza amarre. Comemos en medio de perros hambrientos, huesudos, que husmean debajo de las mesas. Basta una patadita para establecer un diálogo amistoso, casi fraternal, con ellos. No falta quien hace el esfuerzo por aprender a ladrar, y como recompensa recibe un taco con salsa, cebolla y cilantro.
El efecto postestadium significa una ruta sobre la Calzada a la Ciudad Deportiva hacia el Artículo 115; enfrente hay una tienda Oxxo y el bar Boca Denosequé, contra esquina un depósito. Es el crucero de la chelicidad. La parada es obligatoria: al menos se tiene que beber un sixto de Modelo por persona, departir y compartir churros, meadas y guácaras. La fiesta se arma con tambor y pito, en círculo, y bailado parachiesco.
Ahí también es el punto de partida, hacia cualquier lado, en busca de cantina. Yo camino hacia la gasolinera “El Vergel”, con sus obligatorias paradas a la vera del Sabinal para tirar el miedo amarillo. En el trayecto compro más cerveza y chuleo a las jaguarcitas que abandonan el estadio, y también a las chicas Sol y Superior. Una de ellas, sola en una esquina, se siente observada, se hace pijiji con el celular. “Amorcito, plis, apúrate que hay un pinche borracho molestándome, ¡aich!” Maquino malvadezas: me bajo la bragueta, la invito a una ducha dorada.
Poco a poco el hormiguero amarillo, esos aficionados de cepa de los Jaguares, parece disolverse. Avanzo hacia la Segunda Norte, a la altura de la 16 Oriente. Bar May. Un par de años antes se entraba por la tienda de abarrotes de al lado. Por eso le llamaba La Tiendita. Espacio cerrado, huele a orines. Calor. La caguama es bien fría. Ahí nadie dice “hello, ¿me entiendes?” El camarón con bigotes, salado; chile y cebolla viejos. ¿Importa a estas alturas? Solamente para picar. Quesillo y carne molida. Más caguamas.
Más tarde, ya noche, a la vuelta, sentado en la banqueta bajan las últimas caguamas. El árbol de la esquina es mi toilet, servicio exprés; diseño ergonómico. En la banqueta las ideas son plurales, y peregrinas. Abordo un taxi, a Estrés, por favor. En la entrada dos tipos la hacen de tos. No me quieren dejar pasar con huaraches, mucho menos bermuda. Argumento más pendejo no había escuchado. Bolo impertinente les miento la madre. Y qué, si Tuxtla, de día, me hace feliz.

mentas: vlatido@gmail.com

miércoles, octubre 18, 2006

Murmullos

(64)
Murmullos


A mí me gustaba escuchar a los demás, que me platicaran sus cosas, sus vivencias. No era, como algunos suponían, un buen charlador. Pero cuando alguien se acercaba a mí a contarme sus penurias ponía atención, y me satisfacía la “plática” en una cantina.
Y si dije la “plática”, es porque tenía la voluntad de escuchar a quien quería hablar. Sin embargo, quiero contarles, todo se acabó. Me he vuelto intolerante. Las pláticas sabrosas, las chelas, la rockola y el baile duranguense, se fueron a la chingada. Ahora sólo escucho el chillido del viento, el tac, tac, tac de las gotas de lluvia, los aullidos de los perros, y unos murmullos que no me dejan en paz. ¡Pinches murmullos! A veces sigo con cierto morbo sus cuchicheos, y otras, casi todas, ¡me fastidian!
He identificado los murmullos, y me he hecho una imagen de quiénes los emiten. El de atrás (sin albur), por ejemplo, es de un alma en pena, mujer, creo, de voz chillona, lacerante, un verdadero martirio para el oído. Atrás mismo se escucha el tintineo de un cencerro, al parecer, que se acerca al otro murmullo y comienza una letanía. Los dos hacen recuentos de sus vidas, cuando eran felices, todo les sonreía. Hoy los imagino decrépitos, viejos, sin agua.
Los vecinos de esos murmullos también cuentan sus vidas. Se comunican entre sí. Se cuentan cosas, sus cosas, sus proyectos. ¿Cómo pueden hacerlos aquí? Tienen esperanzas. Pero a mí qué me importan.
Los murmullos están todo el día. Comienzan en la mañana, muy tempranito; a esa hora son unos cuantos. Después, mientras avanza el día, se hacen más, y más, y más, y más… ¡puf!, la histeria.
También se escuchan sus pasos, es decir, los de quienes cuchichean. No conozco, insisto, quiénes son. Me parece que buscan lucirse cuando andan por ahí porque pareciera gente que, en la calle, oronda, quiere que la volteen a ver. Y entre ellos se ríen, se burlan, se critican. No sé si reírme con ellos, de ellos o encorajinarme. Por tanta bilis me trajeron aquí.
Sinceramente trato de aislarme de los murmullos, y concentrarme en lo mío. Pero, otra queja, también hay policía aquí. Nada dejan ver. Cierran las ventanas, las obstruyen, les ponen candados… limitan mi voyerismo.
En fin… (Talita dixit).
Joven, cuando recorría las calles de la ciudad, me preguntaba sobre la existencia de Dios. Nunca tuve una respuesta clara, concreta, y en afirmaciones aventuradas, que algunos llamaban desliz, incluso lo negué. Hoy, en mi tumba, quiero creer en él. ¿Habrá alguien que lo conozca, y que me conozca, que le diga que estoy enterrado en el panteón municipal?

Zapping

Los de abajo es un grupo de mexicano de ska, chingón. Su acoplado “Latin ska force”, de perlas. Reúnen voces de otros lados, igual de chingonas. Los de la “Santa”, La casta”, la Kenny, el “Pateón”… ni hablar. ¡Y su ritmo! Caso raro: son más famosos en Europa que en México, y algunos de sus discos son importados. Caros. Altamente recomendable.


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

martes, octubre 03, 2006

Espécimen

(63)

Espécimen


Cincuenta pesos costó el boleto de la tocada. La fecha, no la recuerdo. Todavía cursaba la universidad, llevaba la mata al viento, como suelen hacerlo los posesos metaleros, y vestía siempre de negro, con playeras estampadas de demonios y degollados. No mucho hace de eso. Espécimen, tijuaneneses entonces recién radicados en el defectuoso, tocó en Tuxtla.
Tomé el boleto que había comprado en una zapatería, por el mercado, me subí al colectivo, y llegué al lugar. Sólo punch, punk, mariguana y caguamas. Lo mío, lo mío, lo mío… las caguamas.
Por estos lugares, en el sur de México, frontera, no suelen llegar las glorias del rock subterráneo mexicano. Lo han hecho, por casualidad, Luzbel, Transmetal y, quien me ocupa, Espécimen.
“Muertos por la misma sobredosis, ahora juntos nos podremos ir… ¡al infierno!”, algo así debió haber empezado el concierto aquel. No me viene a la memoria cómo fue, pero si no ocurrió así, qué importa. La rola está chingona.
El slam se armó como en los mejores hoyos: volaban playeras, zapatos, bolsas llenas de caguama, y uno que otro palo. El remolino humano expulsaba, de vez en vez, cuerpos casi inertes que rebotaban en las paredes del lugar. Y tras unos pocos minutos de sosiego, tanteando su universo, entraban de nueva cuenta en la refriega.
La voz del Benny Rotten, entre canción y canción, confirmaba la regla: chillona, aguda, amampada. Y los modos del bajista Zito Martínez, que para entonces había dejado Luzbel, suponían lo mismo. Lo chido era cuando se ponían a cantar, y con ellos echar desmadre.
En la tocada me encontré con un amigo, Luis, gruexo como él solo. Chemo, bolo o mariguano, al saber, hizo el slam. Con la rola “Corazón amargo” se volvió loco. Aventó puñetazos, patadas, y se perdió. Lo encontré, minutos después, tarareando la rola, con la cara ensangrentada, encabritado en pos de venganza.
Espécimen siguió su encore, con su “Chox es drogadicto”, “Genética”, “Cronopios” “Total” hasta casi la medianoche.
No sé por qué recordé esto, quizá ha sido una de sus rolas que dice “estoy borracho y no paro de hablar, creo que he bebido más de la cuenta…” No sé.


Zapping

La polaca en guerra de baja intensidad. Y así estamos nosotros, a la baja, a la expectativa. En Oaxaca, otra bomba. En Chiapas, realpolitik. En mi casa tanta fotocopia cría ratas. Bueno es que la izquierda cierre filas, se organice y se prepare para la batalla, que es larga. Yo vivo atrincherado.

martes, agosto 01, 2006

Postear a izquierda

Postear a la izquierda
(62)


Uno. En el blog de esta columneja (www.ucroniazz.blogspot.com) hay un par de comentarios al texto “Pacífico” que publiqué en la Ucronía anterior (es tan popular mi espacio que sólo postearon dos blogofílicos). Uno, de Ikariano, en el que manifiesta su hartazgo por la situación que vive actualmente nuestro país en torno a las elecciones. Otro, de Elmo, en el que se dice en desacuerdo con la dizque democracia, pero matiza su postura sobre las manifestaciones ciudadanas.

Dos. Creo dos cosas. Por un lado, la izquierda en México no es la misma de antaño, ni sus ideales son los de esos movimientos que fueron orillados a la clandestinidad no solamente en nuestro país, sino en prácticamente toda la América latina. Yo no he escuchado planteamientos que hablen de la dictadura del proletariado ni de la desaparición del Estado, como fase idílica, última, de los movimientos socialistas. Lo que sí he escuchado es un discurso consciente de la crisis del capitalismo, con propuestas que llaman a mantener un equilibrio en el libre mercado que proteja a los que menos tienen y a la riqueza de nuestro país.

Tres. Por otro, un pegoste (autoplagio de mi blog): “Tampoco quiero detenerme mucho en los acontecimientos —uff, pinche discurso manido de la izquierda y de la derecha, de las acusaciones mutuas, las descalificaciones, etcétera— porque sé que esto es a largo plazo, que nada cambia de un día a otro. A fin de cuentas, lo que estamos viviendo es parte de un proceso, en nosotros está pretender que sea lineal o evolutivo. Yo apuesto por lo segundo, lo malo es que quienes apuestan por lo primero son a quienes tenemos que chutarnos todos los días en todos lados, quienes tienen el apoyo de los inversionistas extranjeros, quienes se encargan de dividir aún más al país en pobres y ricos; pero no en los pobres y los ricos que tú mencionas, sino en quienes tienen la posibilidad de producir riqueza y quienes ni siquiera viven de las migajas de esa riquezas.”

Cuatro. No podemos escaparnos. ¡Prendamos la tele y sintonicemos una película soft porno a la medianoche! Al terminar, la gente sigue en la calle. Esto no se acaba con un ¡Yo gané!



Zapping

Le estoy hincando el diente a la trilogía Entrecruzamientos (Almadia-Conaculta, 2005), de Leonardo da Jandra. En el primer tomo, este escritor (tiene acento español, nació en Chiapas y vive en alguna playa oaxaqueña) se fuma un churro y, bien pacheco, centra parte su historia en la discusión entre la paideia griega y la toltecayotl azteca, dos formas viejas de educación integral y de percibir el mundo. Las novelas de Da Jandra deambulan por la filosofía, el esnobismo y la literatura basura y locochona. ¡Vaya ejercicio!


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

viernes, julio 21, 2006

Pacífico

· Pacífico




1. En mis viajes cibernéticos topé con el texto “El mesías tropical”, de Enrique Krauze (www.letraslibres.com; el texto apareció en la versión impresa de la revista correspondiente al mes de junio). Krauze analiza filias y fobias de Andrés Manuel López Obrador para encontrar, en la singular forma pensar del tabasqueño, las explicaciones que alimentan la idea de que AMLO es un peligro para México. De entrada dice que es antípoda de Benito Juárez y de Lázaro Cárdenas y, al contrario, heredero natural de Tomás Garrido Canabal y Carlos Madrazo.

2. Compara el pensamiento de Obrador con el de un mesías, y recurre a la figura de Cristo quien redimió, según el catolicismo, a la humanidad. López Obrador, dice Krauze, con discurso populista quiere hacer lo mismo. Los infortunios de su vida le han hecho pensar que vino al mundo con una misión providencial: librar a los pobres de los poderosos. El peligro para México es que movilizará a sus seguidores, los violentos, y los llevará a una lucha sin sentido por su ambición por el poder.

3. No creo en todo lo que dice Krauze: su artículo es amañado; hace que las ideas converjan en un sólo punto, sin que necesariamente sea así. Son las bondades del lenguaje y de una mente tan brillante como perversa. Krauze, todos lo sabemos, es uno de esos intelectuales orgánicos cuya función es legitimar, mediante el discurso y la propagación de las ideas, un régimen establecido. A ese régimen sirve desde sus letras libres (liberales, le hubiera gustado) y desde su idea de un México en el nuevo siglo, es decir, desde el poder mediático. Acertó en sus predicciones de los escenarios posibles el
3 de julio, pero lo hizo porque él mismo forma parte de ese gran fraude que se trata de legitimar con el discurso y no con los hechos. Es una estrella más del canal de las estrellas. Y si no, hay que seguir atentos los embates de Televisa para asegurar, de un plumazo, con pensamiento único, el triunfo de Felife Calderón.

4. El discurso violento es el que desde las estrellas saja, acuchilla. Un López Dóriga encolerizado que a como dé lugar quiere imponer su democracia, divirtiéndonos con un payaso que asiste a las fiestas donde mejor le pagan. Sonrían niños, ¿quieren que les cuente un cuento? Ya me lo sé. Es más peligrosa la violencia de los pacíficos, mochos de doble moral que expían sus penas con jugosas limosnas transadas por todos lados. Total, son de allá arriba.

5. Una joya para el diccionario: la redefinición de pacífico.


Zapping

Escucho el disco “¡Con fuerza!”, de Sekta Core, grupo mexicano de punk ska que no se complica la vida. Música rápida, a veces muy core, otras muy ska; letras sencillas con demonios y monstruos en mi cabeza y en mi almohada. A brincar: ¡El hombre eléctrico! Diviértanse, el happy punk es música para pacíficos rebeldes.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

martes, julio 11, 2006

Chueco

Chueco



¡Puf! Se acabó el Mundial de futbol, por fin tendré aunque sea un par de semanas para desintoxicarme, antes de que empiece la liga en México y la fase final de la Copa Libertadores. En el interregno las noticias crecientes del fraude electoral empiezan a distraer mi atención, a entretenerme. Veo cómo la fiesta de la democracia ya va en la tornaboda; me siento un poquito ebrio y ya algo desvelado. Algo de eso me encabrona porque, he de ser sincero, aborrezco las pinches fiestas. Si mi harto tendré que hacerle caso a Luis Daniel Pulido, buscaré a mis cuates para que, en coro, gritemos: “¡chinga tu madre Calderón!”. Le agrego, con algo de esnobismo izquierdoso (porque no puedo dejar que gobierne la oligarquía, el clero y las televisoras), “tu reputísima”. Al final, ¡oh triste realidad!, no creo que López Obrador se unja como presidente. Y me encabrona, porque aposté unas caguamas a que sí… y, pobre iluso, también a que la Selección jugaría el famoso quinto partido. Me encabrona porque yo las tuve que pagar, aunque, al final, regresé medio bolo a mi casa.
Lo bueno de todo esto, le dije a Talita, es que el tiempo no se termina, que la carrera es larga, que la historia nos da otras oportunidades. Dentro de seis años ahí estaré otra vez con mi dedo gordo sucio de tinta indeleble, cruzando el sol sin bloqueador recostado en la arena con una michelada y clamato, lentes oscuros y mi greña al viento. Por eso no me desespero. Y la Selección lo mismo, ya estoy pensando quién puede ser el próximo técnico (no quiero apostarle a Hugo Sánchez, pero que se me hace que es el bueno), quiénes los jugadores, quiénes los naturalizados… y también quiénes se van a prestar, borregos, a hacerle el juego a la derecha; no me malinterpreten, no que apoyen al candidato de la gente bien, sino al carrilero que por derecha pueda desbordar, encarar, driblar descaradamente para enviar buenos centros. Pero no sólo a la derecha, sino también a la izquierda porque en el Mundial México nunca llegó por los costados. Yo le apuesto a los chuecos.


Zapping

El queso y los gusanos

Menocchio, un molinero italiano del siglo XVI, tiene una idea extraña: el mundo es como un queso y en él los gusanos somos todos, los hombres, los ángeles, Dios. La Santa Inquisición, al enterarse que Menocchio difunde estas ideas que atentan contra sus dogmas, le acusa de hereje, le sigue un juicio y al final lo ejecuta. Carlo Ginzburg, autor de El queso y los gusanos, rastrea esta historia para contar cómo las culturas subalternas, sus creencias y costumbres, sobrevivieron en la Europa medieval a pesar del férreo control de la Iglesia católica.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, junio 29, 2006

june pour Vlado y Eulalio

Por: Celia Fashion!!!

HOLA REBELDE FASHION bonjour mon cher Eulalio ya se acerca el 02 de julio y la fecha me recuerda a una rola de Molotov (Gimmy the power creo). en este año he sido sacudida gratamente por dos cintas argentinas, una la ví en la muestra internacional de cine bajo el título de "Buenos Aires 100 km. la otra llegó a mis manos en forma de DVD: PLATA QUEMADA. El final quizá pueda ser previsible por (y desde) el título del film pero la forma en que llega al desenlace no es gratuita. Tenemos a los “mellizos”, viril uno y sensual el otro, son amantes; y también está el “Cuervo”, ya juntos son el trío caos, destrucción y muerte. Plata quemada es un thriller con un argumento basado en la novela homónima de Ricardo Piglia, que a su vez fue inspirada por hechos reales acontecidos en la década de los 60’s. Marcelo Piñeyra pone en pantalla una cinta provocativa que contiene tanto imágenes con dosis de pasión como de ternura y euforia. Sorprendente es la palabra que más se acerca para definirla (si es que necesita alguna) porque Piñeyro cuenta una historia de amor bien construida, utiliza el recurso de la voz en off con precisión, los cuatro personajes principales están definidos y reforzados por un buen cuadro actoral y toda la historia es acompañada por una melodía, adivinen el género.... un tango llamado "Vida Mía", es de esos de rompe y rasga. creo que con eso se dan una idea general de la película. Es una coproducción de Argentina-Francia-España, del año 2000. dirigida por Marcelo Piñeyro, con fotografía de Alfredo Mayo. si la encuentran por ahí dense la oportunidad de verla. últimamente he escuchado a The Doors. es impresionante lo actual de su música, no hablo de la letra,es la manera en que la voz de Morrison te seduce. Break on trough, Light of fire. atrevidas, sensuales, no tienen nada que pedirle a las bandas actuales de eso subgéneros inventados por el marketing: new wave, core, neopunk, post-rock, grunge, etc. seguro ya lo notaron, no tengo nada que hacer, a excepción del seguimiento al Mundial de Fut: sus guapísimos y buenísimos jugadores, las vistas de las bellas y antiguas ciudades alemanas, los cómicos Ponchito y Tachidito, la polemica q tratan de armar los televisos y los protagonista de tvazteca, blabla, bla, etc. Eso es todo. Les mando muchos abrazos y besos mojados de pozol. nos vemos luego bajo el sol.

miércoles, mayo 03, 2006

Rosa Venus

Rosa Venus



A Otto Reich, ex funcionario del gobierno norteamericano, se le apareció la historia como un grito, pero él, cínico, la quiso convertir en un susurro. Durante el programa de televisión de Andrés Oppenheimer, transmitido el lunes a la medianoche en Televisa, Reich y el titular de la emisión temían la posibilidad de un neo militarismo nacionalista en ascenso en América Latina, a propósito del triunfo en la primera vuelta electoral de Ollanta Humala en Perú. La historia pronto quiso cobrar algunas facturas: en el siglo XX, cuando el comunismo “amenazaba” a las democracias latinoamericanas, Estados Unidos alentó los golpes de Estado militares. El objetivo era mantener el antiguo régimen favorable a los intereses norteamericanos.
Este recordatorio a Reich mereció de él una respuesta lacónica, evasiva, cínica: yo no estuve ahí.
Con una sola frase, el ex funcionario se lavó las manos. Libre de culpa (manos olorosas a Rosa Venus), Reich pretendió descalificar el inminente ascenso de Humala y de la izquierda nacionalista en América Latina. Una izquierda en algunos casos representada por ex militares, como en Venezuela y posiblemente en Perú.
El punto no es aplaudir que ex militares tomen el poder, ni que propongan programas de gobierno nacionalistas, ni que, en contraparte, lo hagan tecnócratas embelesados por las mieles del neoliberalismo. Lo que me importa es señalar ese cierto desprecio hacia la historia, o la manipulación de la misma para justificar una posición. La postura es minimizarla a conveniencia, limpiarla a gusto con jabón barato y hacerla aparecer como un susurro que se acalla hasta que deja de existir.
Ya a la caída del Muro de Berlín lo quisieron hacer. El Muro significó el final de las ideologías. En ese entonces se habló del fin de la historia y de la aparición de un nuevo hombre, poshistórico, que gozaría de los beneficios del capitalismo. La contradicción, motor de la historia, decían, era cosa del pasado. Por lo tanto la historia había dejado de existir. Qué paradoja. A partir de entonces reinaría una sola manera de pensar: el modo de ser norteamericano.
No sé si dio tiempo de soñar. De la clandestinidad a la legalidad, los movimientos de izquierda en América Latina han puesto a la contradicción en el centro de la historia. Los ejemplos sobran: Brasil, Chile, Venezuela, Bolivia, Argentina, Perú, Uruguay y quizá México. Países que, como el resto de los latinoamericanos, sufrieron en diversos grados la injerencia norteamericana durante el siglo pasado.
Aunque digan “yo no estuve ahí”, o se hable de la poshistoria, los procesos históricos de los países latinoamericanos perseguirán, como fantasmas, a quienes tratan de lavarse las manos después de haber cagado.

Zapping

Diablo Guardián (Punto de lectura, 2005), de Xavier Velasco: una jovencita mexicana de clase media, fastidiada porque la obligan a oxigenarse el pelo y aprender inglés, roba 100 mil dólares a sus padres, quienes también se los habían tranzado, y se larga a Estados Unidos. Su vida cambia: se vuelve puta y drogadicta, aventurera, y decide contar sus experiencias.

martes, abril 04, 2006

Prozac

Prozac


Para Talita

Ahorré unos cuantos centavos, los suficientes, para ir con un médico y pedirle una receta para comprar prozac. Me la dio. El medicamento, le dije, tiene que producir dentro de mí una sustancia que me ponga de buen humor, que me haga enseñar los dientes para reírme de lo que pasa a mi alrededor.
Sé, también, que eso me lleva a otras cosas. Por ejemplo, tengo los dientes sucios. Hasta ahora no me he preocupado gran cosa porque casi nunca río. Además de los pesos que debo ahorrar para las pastillas, también necesitaré otros más para comprar buenos dentríficos y cepillos de dientes. Muchos de ellos se terminarán rápido. ¿Qué más? Sólo eso se me ocurre por ahora.
En la farmacia, a la mera hora, me cuesta pedir prozac. ¿Es mejor reír con el prozac o morir sin él? Quizá resulte más barato pegarme un tiro. Bueno, eso de pegarme un tiro es sólo una expresión porque no tengo una pistola. Pero igual me puedo tirar de un puente; hago como que me resbalo y punto. Pero dudo: las alturas me dan vértigo. Lo he intentado, pero tantito me acerco a las orillas me entra un miedo atroz. Una vez me tuve que amarrar una soga a la cintura y atarla de una estaca (como esas en las que amarran a los caballos para que no se huyan) y asomarme a un precipicio para poder admirar la belleza de la naturaleza.
Esa misma soga, se me ocurre, puede servir para ahorcarme. Como soy bien pornográfico aparentaría que morí masturbándome. ¿Hay un pasaje similar en alguna novela de Sade? Algo parecido a esto: un tipo se amarra una soga al cuello y sube en una silla, esperando el suicidio, la muerte. Mientras eso sucede comienza a jugar con su pene hasta que se erecta. Arriba–abajo. A punto de eyacular avienta la silla y pende de la soga mientras su semen cae a borbotones en el piso. No recuerdo si el tipo muere en la novela; en la mía la muerte sería inevitable.
Y si vuelvo al prozac, ¿una sobredosis me conduciría a la muerte? Murió por exceso de felicidad, dirían al otro día.
Me pongo a pensar en esas y mil otras formas de ser feliz o de morir. En la farmacia, con la receta médica, con la morralla en la mano, recuerdo la Constelación de Talita, sus seis estrellas, y le pido a la dependienta una caja de condones.


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

martes, febrero 28, 2006

Vacas

· Vacas

El airecito frío de la mañana que se colaba al cuarto aclaró un poco más sus pensamientos:
—Limpiaré mi machete, lo meteré en el morral, y me iré a la ciudad.
Su decisión no le impedía hacer lo de siempre. Se levantó, caminó hacia el tanque y llenó de agua un par de cubetas. Las metió al baño. El primer jicarazo frío le enchinó la piel. Después, a sus anchas, tarareaba canciones rancheras. Terminó de bañarse, se vistió y tomó su sombrero.
El sol apenas calentaba. Quería cerciorarse, hacer bien sus cuentas. Con el dedo índice numeraba a sus vacas, en el corral. Le faltaba otra. Chasqueaba los dientes, como recriminándose por no haber contado correctamente. Volvía a empezar, el número era el mismo.
—¡Joder!, otra vaca que se me pierde —dijo a sí mismo mientras se quitaba el sombrero y lo jugaba entre sus manos. Eructó encabronado. Regresó a su casa con paso firme, decidido. Abrió el refrigerador y sacó un bote de cerveza. Bebió.
Al mediodía abordó el colectivo. Se sentó hasta adelante; puso el morral entre sus piernas. Los pasajeros ocuparon los asientos. El vehículo se puso en marcha. 20 minutos a la ciudad. Rápido.
Bajó en el centro de la ciudad. Se acomodó el sombrero hacia abajo, tapando sus ojos, para cubrirse del sol. Tomó el morral y se lo echó al hombro. Lo sujetaba con la mano, pegándolo a su pierna, mientras caminaba por las calles. Sus huaraches rechinaban. El ruido de los cláxones, el de los motores, los silbatos de los agentes de tránsito, nada lo distraía. Solamente escuchaba sus huaraches. Se concentraba en ellos. Cada paso le daba confianza.
Entró en la cantina. Caminó hacia una mesa, concentrado en el rechinido. Se sentó. Sin pedirla, la mesera le arrimó una caguama, sal y limón. Bebió. Eructó de manera discreta. Llamó a la mesera y pidió otra.
La cantina, al mediodía, no estaba llena. Un par de mesas ocupadas por comensales escandalosos. Risotadas. Frente a él dos hombres maduros reían a gusto. En la mesa de atrás había otros dos hombres, jóvenes, con aspecto campesino. También se divertían. Ninguno de ellos se había percatado de su presencia. La mesera, solo ella, lo vio entrar. Ese es su trabajo. Se acercó con la caguama que le había pedido. Él ni siquiera dijo gracias.
Con seriedad, como una ceremonia, llenaba el vaso de cerveza. De la misma manera lo tomaba. Con esa actitud, después de terminar de beber, se levantó y caminó hacia la mesa de atrás. Rechinidos. Se detuvo frente a los hombres. Se sobresaltaron. Ojos vidriosos. Sacó el machete y lo blandió con decisión. La hoja del machete cayó sobre la cabeza de uno de ellos. Golpe seco. Al incrustarse en el cráneo la sangre salpicó su camisa, el piso, la mesa. Solamente se escuchó un gemido. Con la misma decisión sacó el machete. El cuerpo sin vida se dobló. La cabeza, con pedazos de cerebro por fuera, arrastró los envases de cerveza. La sangre escurrió.
—Pendejo, te estabas robando mis vacas —dijo, con frialdad, mientras guardaba el machete ensangrentado en el morral—. ¿Creíste que no me había dado cuenta? Hasta me invitaste a echar trago, en esta cantina, sólo para preguntarme cuántas vacas tenía.
Dio la espalda. Se dispuso a escuchar otra vez el rechinido de sus huaraches. Caminó hacia el colectivo. Pensaba en lo que haría al otro día. Lo de siempre. Limpiaría su machete, lo echaría en su morral y, después de un baño, iría al corral a contar sus vacas.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx