Oficio de tinieblas

Oficio de tinieblas
sclc/vlátido

viernes, junio 25, 2010

Lucky Strike

Para Talita

Quería sentirme muy chingón, decirle a la bola de haraganes de mis compañeros de prepa que la filosofía era la neta, no pendejadas como esas de estudiar Ciencias de la Comunicación, Ingeniería o Turismo. Que no chinguen: filosofíaeslaneta repetía cada vez que nos sentábamos a platicar qué pedos íbamos a hacer. En fin, me lancé a la universidad a sacar mi ficha. Todos mis cuachis siguieron los caminos de sus papás o los que sustíasnice les decían, hubo una que hasta se metió a estudiar diseño gráfico o una de esas mamadas. Yo junté mi paguita y presenté el examen. Al saber cómo le hice, pero me las sabía todas: que el Anaximandro, que el Artistóteles, hasta del Marx sabía algo.
            Pero, neta, uno no sabe si hace bien cuando se mete a estudiar dizque por convicción. ¿Para qué jodido culo me sirve repetir a Heidegger cuando busco las notas de la sección de espectáculos del periódico en el que ahora laburo? Terminé la universidad y pos, como nada había de trabajo, y necesitaba mi dinerito, tuve que hacerla de editor en un periódico de esos que anuncian un chorro de casas de citas y llenan las portadas de sangre y semen. Uno de mis compañeros de la prepa se burló de mí cuando le dije que me echara la mano para entrar en el periódico. Tenía rato que estaba buscando una chamba, mas nadie quería darle a un tunante como yo: barba, ropa raída, un pinche tufo a café y tabaco y siempre hablando dizque filosofadas. Así que aquel barbaján de la prepa me dijo: nomamesgüey, sólo la de Espectáculos, esa puta sección nadie la quiere, y está de la güeva, pero hay paga. Ni pedo dijo Alfredo, según yo le iba a dar un toque intelectual, una sección de Espectáculos inteligente, no como las chingaderas esas de la Chapoy y del Duque de Santo Ton. Ni madres, cuando me di cuenta que esas mariguanadas no se pueden hacer en una sección como la que me estaban dando, doblé las manos y dejé de darme mis baños de intelectualidad. Eso lo hacía sólo con los cuates de la facu, con quienes valía la pena. A los demás, pinches yuppies, les valía. La paga me alivianaba un chorro, así que me puse a bajar de Internet las pinches notas de la Shakira y Paulina Rubio.
            Con la lanita al menos tengo para pagarme uno de mis vicios: fumar Lucky Strike. Me encanta fumar Luckies y también escuchar al Real de Catorce. Neta. Antes qué iba yo a saber de los luckies a no ser por los reales. Para mí bastaban mis Alitas o ya de perdis los camellos. Pero no estaba satisfecho, algo me decía que tenía que cambiar. No era algo, era alguien, o mejor dicho eran varios. Eran los carnales de Real de Catorce. En cuanto escuché sus rolas me enamoré de ellos, aunque suene cursi. La primera que oí es aquella de Mujer sucia… ¡de cabaret! Desde entonces me clavé en la onda de los Reales. La realeza. Con ellos llegó a mí la idea de que debía comprar y fumar luckies. Llegó con su rola “Devoto amor” Chingona, perra, extática: mira este devoto amor fumando Lucky Strike… tun, tun, tun, tun. Ese tun, tun, tun me retumbaba todo el día junto con la frase miraestedevotoamorfumando Lucky Strike. ¿Cómo carajo un filósofo cómo yo no debía probar esos pinches cigarros? En fin, que me lanzo al centro comercial, a esas tiendas nice, a buscarlos. Y que nadie los conocía. Vilas Vargas valeverga. Para eso está pues, papitolindo, la red. Total que le puse ahí en el google Lucky Strike (ahora mis luckies) y sopas, un chingo de información. Picando aquí y allá encontré una tienda que los mandaba por una ganga, según yo. No quise seguir buscando, ni volver a lanzarme a las pinches plazas comerciales a ver si los encontraba porque mecagan las plazas. Así que desde mi búnker los compro.
            Esa ganga que, repito, según yomero me cobraban, comenzó a pesarme como al pípila. Filósofo y sin paga, que mala combinación, me decía, y a veces pensaba que me estaba aburguesando. En fin que por eso acepté la chamba del periódico. No es tan pesada, para qué me quejo. Entro a las dos de la tarde y salgo a las ocho o a veces más tarde. Al salir tomo un ejemplar del día, o mi laptop, y me lanzo al café Colonial, ahí a unas dos cuadras de las oficinas. En el Colonial me echo mis sagradas tazas de café, cuatro, como todo buen filósofo. Leo el periódico: he descubierto que las otras secciones, las políticas, no son tan malas, aunque no deja de haber uno que otro pinche columnista venal. Ya tengo casi dos meses haciendo lo mismo. Puta, me digo, esto se vuelve rutinario, casi como la misma vieja canción dirá Jaime López. Ya hasta me hice amigo del mesero, un güey medio metiche: ¿Qué lee patrón? ¿Ya supo: que dizque el góber va a meter a la cárcel a todos sus funcionarios corruptos? ¿Vio la foto de hoy en los Espectáculos, está bien buena esa pinche vieja, no? Mientras leo o entro al Internet, bebo mis tazas de café y fumo con cada una de ellas un lucky. Me gusta el café, además, porque es el lugar de reunión de empleados de otras oficinas que quedan por ahí cerca. Llegan unos bien cambiaditos, con corbata y toda la cosa; otros más bien casuales. Llegan también lindas nenas y señoras encopetadas. Son burócratas o amantes furtivos, quien sabe. Bueno, sabe sólo el mesero, es chismoso el cabrón. A veces llega con el cuento de que esa vieja, sí, vieja por la edad, se está tirando a aquel otro ruco, incluso a su acompañante, o sea a los dos. Canija. En fin…
            En el café Colonial conocí a Talita. No creo que decir “la conocí” sea lo correcto, mejor la vi. Y hasta me enamoré de ella. Puta, me decía, qué pendejo soy. Me enamoré de Talita sin siquiera haber cruzado una palabra, pero sí miradas, muchas miradas, de esas que se lanzan a hurtadillas. A escondidas. Nos mirábamos toda la tarde-noche, aun cuando ella platicaba con su acompañante, con quien se encontraba a diario. La primera vez que la vi entrar yo fumaba como loquito un Lucky. Acaba de tomar el café y me había aburrido ya el periódico y la computadora. Vestía una falda corta, de mezclilla, y llevaba el pelo recogido. Llamó al mesero y pidió un café, sonriendo. ¡Ah: sus hoyuelos! Ni que sus piernas ni nada, ¡sus hoyuelos!
            Total que me puse a filosofar pendejadas del amor y otras chingaderas. Lo primero que filosofé fue su nombre: hasta hoy no sé cómo se llama, aunque el mesero me dijo que lo sabía, que se lo había preguntado para decírmelo a mí, Para entonces yo la llamaba Talita, y no quise dejar de nombrarle así. Le dije al mesero metiche que se quedara con el nombre. Para mí era Talita. Me acordaba del Cortázar y su Rayuela. De paso, me decía, no era ideal como la Maga, sino distinta a ella. Eso quería, que este amor fuera distinto. Talita y yo éramos novios, en mis sueños filosofocados. Nos citábamos en un café, no éste, el Colonial, sino otro que está allá en el mero centro de la ciudad, frente a la parada de los colectivos, casi al lado de una de esas pinches trasnacionales de las hamburguesas. La cita común era a las 6 de la tarde. Neta que lo primero que pedíamos era agua: ella de melón y yo mi tascalate. Después, cuando comenzaba a oscurecer, cada uno tomaba su cafecito. El lugar es bastante pequeño, solo tres mesas de un lado y tres del otro. En la mesa de enfrente llegaba un viejecito, todas las tardes, o al menos las tardes que nosotros llegábamos, o sea tres veces a la semana. Ahí nos enamoramos Talita y yo, el viejecito es testigo. Teníamos nuestra ruta bien establecida: del cafecito ese nos íbamos caminando hacia el lado norte de la ciudad, por donde pasa el río. Nos sentábamos en una de las bancas, a la orilla del río, bajo una lámpara. Y chale, qué rico, nos besábamos. Eso era amor y eso era cada tarde que nos veíamos.
            Pensaba en esas historias, las componía en el aire, como dicen, mientras bebía a sorbitos mi café en el Colonial, mientras fumaba a bocanadas mis luckies y mientras la veía esperar a su acompañante. Llegaba el susodicho y me reía socarronamente pues no sabía que sostenía un amor furtivo con ella. Me imaginaba que este amor sólo lo sabían sus amigas de la escuela. Era cierto. Talita y yo íbamos en la misma escuela. Le encantaban esas jaladas del ser y la nada y la náusea y las arañas. También por eso me enamoré. Todo era tan real en mi mente filosofocada. Hasta le escribía cartas: Sé que soy el hombre más antirromántico que hayas conocido; que, como tú dices, siempre le quito el encanto a las cosas, a las circunstancias (podría ser más lindo). Pero a lo único que no le quiero quitar el encanto es a ti, a las ganas de estar contigo, de verte, de saber que estás de ahí, de besarte, de acariciarte, de soñarte. Pienso en tus propuestas indecorosas (me excita pensarlo), en esas tardes que platicamos, hasta que la noche nos sorprende sentados a la vera del río, a la espera de que alguien nos asalte, o que nos asalten las ganas de irnos a un motel, lo que suceda primero. No dejo de pensar en mi antirromanticismo, pero otras me sorprendo cursi, y mira que para que ande mandando besitos y llenar los mensajes del celular con te quieros tendrían que pasar muchas cosas, como han pasado.
            Sentado en el café Colonial sabía que tenía que acercarme a ella. A pesar de que siempre se quedaba de ver con el tipejo ese, tenía que hacerle ver que ahí estaba yo no sólo para contemplarla ni para lanzarnos miraditas. Neta, no se me ocurrió otra cosa que complacerle uno de sus vicios: fumar. Un buen día encargué una caja más de Lucky Strike. Preparé todo un speech para entregársela. Chingar, hasta las manos me sudaban. Clásico. Llegué más temprano que de costumbre al café; aceleré mi trabajo, apenas y pude leer las notas que debían publicarse al siguiente día en el periódico. No quise hacerlo, además. El primer intento fue fallido: ella llegó acompañada del tipejo ese que cada vez me caía peor. El segundo intento tampoco tuvo éxito: Talita ni siquiera se apareció. El tercer intento fue un arrepentimiento. En otra oportunidad se los di al mesero para que me hiciera el favor, pero el hijo de la chingada no lo hizo, dizque lo habían mandado fuera y cuando regresó, la susodicha ya no estaba. En fin, los guardé para mejor ocasión.
            No hubo tal. Talita dejó de llegar al café Colonial. No quise filosofar por qué. Debí haberlo hecho, preguntar el origen de las cosas, explicarlas. Ni madres. Esas son patrañas en estos casos. Filosomierda. Chale. El mesero tampoco supo qué le había pasado. Quizá el tipejo se la llevó a otro lado, quizá terminaron de verse y nunca llegaron a nada. Ella ni siquiera supo mis pretensiones, mis filosofadas,  como para que encantada regresara al café. Las miraditas, las mías, no la enamoraron.
            Tomé la cajetilla de Lucky Strike que me sobraba y escribí sobre ella: Mira este devoto amor.
            Tun, tun, tun, tun, tun…

miércoles, diciembre 03, 2008

Nada pasa

Regreso de san Cristóbal en grúa. Mi carro, cual ballena, se quedó varado. El clutch o el módulo o las bujías o quién sabe qué tendrá. Tan incierto es como el discurso de Sabines: mala dicción o borracho. Para el caso es lo mismo, ¿alguien le habrá entendido? Sus esbirros comunicadores lo saben. Por eso sin tardanza, por la noche, organizaron una mesa redonda oficial y oficiosa. Tradujeron palabra por palabra lo que el jefe no pudo decir (no podía articular nada). En esa mesa redonda entendí lo que no había podido: que vivimos en el país donde nada malo pasa. Es cierto, mi carro descompuesto es sólo circunstancia.

lunes, abril 21, 2008

Días de burócrata

(77)

· Días de burócrata


El licenciado José Arcadio tomó su verga, la sacudió, cerró el zíper y volvió a la mesa del restaurante donde comía. Con sus compañeros de trabajo, pulcros todos ellos, bebía grandes tragos de licor mientras de las pantallas gigantes se escuchaba el tiritititonadamás.
—Métela pinche güey, para eso te pagan la lana del mundo —gritaba y de su boca salían escupitajos.
El licenciado José Arcadio no estaba satisfecho, algo andaba mal. Cada trago de licor le parecía una mentada de madre. Hace ya tiempo, decía a sus compinches, los buchazos de güisqui le sabían a mierda. Sus bebedores amigos, medianamente letrados algunos, decían que se dejara de pendejadas, no porque su nombre sonara a alguna novela del Gabo tendría que andarse con absurdos.
—No mi lic, eso déjalo para esos escritores modositos que seguro leyó tu papá mientras cogía —le decían.
A pesar de los reclamos de sus amigos, el licenciado José Arcadio no dejaba de sentir cierta desesperación. A veces pensaba, otro absurdo, que regresar a la monotonía de antes le ayudaría superar su actual estado de insatisfacción. Recordaba días de burócrata, los suyos, pasados al fin, cuando la banqueta era su cantina. Su nueva cotidianidad, ahora fastidiosa, le exigía mirar sus orígenes, hacer lo de antes.
Examinó su vestimenta; notó, con desagrado, que había abandonado sus camisas baratas por unas que, supuestamente, le daban mejor aspecto; incluso, en alguna ocasión, había decidido asistir con corbata a su nueva oficina. La ropa que en ese momento llevaba puesta comenzó a asfixiarlo. Hilillos de sudor corrían por su frente, resbalaban, surcaban su rostro.
Se había quedado callado, absorto, ahora, en sus pensamientos, mientras sus compinches, después de señalarle sus pendejadas, seguían atentos al partido de futbol en la pantalla gigante.
—Estás pálido, licenciado —le dijo uno de sus compinches.
Al sentirse descubierto, el licenciado José Arcadio se sintió invadido por la angustia. Con el pretexto de ir de nueva cuenta al baño, abandonó el restaurante.
Varias cuadras más adelante, donde vio la oportunidad, se sentó en la banqueta y destapó una cerveza de las seis que compró en su huida. Al beber le vino la calma al cuerpo, vio de reojo el árbol de la esquina.
Mientras sacaba su verga para orinar, parado al pie del árbol, añoraba, ahora, que alguien le dijera pinche José Arcadio.


Zapping

¿Alguien podrá decirle a Felipe Calderón que vaya y chingue a su madre? Lo triste, aunque la chingue, es que su maquinaria no se detiene, no hay quien le ponga freno. Dicen los futuristas, ojalá sea cierto, que a este sistema le quedan la cantidad suficiente de años para verlo morir.


mentas: vlatido@gmail.com

jueves, enero 31, 2008

Si Farabeuf...


(76)

Si Farabeuf


Para Talita, unicachense

No tengo cámara, alguien se la llevó. Me gustaría tomar una fotografía y emular a Salvador Elizondo y su Farabeuf. Describir el instante, el momento, el segundo en que la cámara hace clic, capta la imagen.
El arte comienza, no siempre, en la composición, sino en hacer la lectura correcta. Educar al ojo. Abrir el diafragma, permitir que entre luz, la suficiente, para pintar. Elegir la velocidad correcta, exacta. Paradójico, la velocidad que congelará el instante.
La foto que da pie a Farabeuf es la de un hombre atado, las piernas, los brazos estirados, sus verdugos lacerándolo. Ese es el instante. Dolor. Crónica, para qué más.
No tengo cámara, no hay foto. El instante, sin embargo, sucede. No lo puedo captar, describir, vivir. Ocurre allá, lejos de donde me encuentro.
Mujeres y hombres, muchos, no todos, atados de manos, selladas sus bocas. Sólo observan atentos lo que sucede. Los verdugos lastiman, clavan.
En otro lado, sin embargo, hacen que las cosas sucedan, pasen, sigan su curso natural. Tanto así que de un día a otro, quienes no aguantaban el dolor, aprendieron a vivir con él. "Es bueno", les dicen. Escurren tinta, ponen sus nombres, se esconden, cronican, con su nuevo cristal, ese instante que yo no he podido fotografiar.
¿Un instante? Alguien más lo captará. Será su deber darle un nuevo significado, contar otra historia. Otra, y otra y otra y otra y otra, hasta que los mismos, los de siempre, detengan su máquina del tiempo.
Y Farabeuf, el doctor de Elizondo (Farabeuf, su obra maestra), ténganlo seguro, ahí estará. Clic.

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miércoles, octubre 31, 2007

Haragán

Ucronía
(75)

Vladimir González R.

Haragán

Tenía un walkman que llevaba escondido entre mi ropa. Cuando me aburría la clase, el partido de futbol o de estar escuchando pendejada y media en la escuela, me apartaba del grupo, buscaba los audífonos, y escuchaba música.
En la prepa, como en muchas otras etapas de un estudiante y profesionista, andaba poca paga. Compraba un par de pilas de las más baratas, de las que venden en la fayuca, para no gastar mucho en esas caras que siempre han anunciado en televisión.
Me gustaba escuchar el rock pesado, a los mexicanos, aunque las voces guturales, solía suceder, no se entendieran ni madres. ¡Para esto estaba el jevi metal! Muy poco me interesaba el rock bandoso o urbano, a excepción, nunca he de negarlo, de El Tri setentero y ochentero.
Entonces me rolaron un caset de Haragán y Compañía, el de Valedores Juveniles , bien urbano. Neta, lo digo para que no me reclame Talita, a mí no me gustaban esas ondas. Yoerametalero. Tenía la costumbre de piratearme todo lo que llegaba a mis manos. Así que me lancé a la quinta norte y compré unas cintas chinas para grabar al Haragán.
En una de tantas huidas sónicas tomé el caset grabado y lo coloqué en el walkman. Con ese arsenal, que no me convencía, entré al salón de clases. Lo inevitable sucedió. Salí dizque a tomar aire con los audífonos puestos, a escuchar al Haragán. En ese caset, Valedores Juveniles, están sus éxitos, al menos los que más recuerdo.
Las pilas suelen ser inoportunas, más si son chafas. Esas que andaba el walkman estaban casi vacías, aut. La cinta corría lento, y la voz del Haragán se distorsionaba: se escuchaba bien death, gutural, matacochi, perra. ¡Así se oía la Muñequita Sintética!
—Carnal, ontá, qué escuchás —preguntó un compañero de pinta.
Nomás le di los audífonos.
—Ta' bien perro, vos. Puta, se parecen a los Sepultura. ¿Cómo se llaman?
—El Haragán.
Aquel prometió volverse fan del Haragán, el grupo más metalero de México. Me devolvió el walkman, junté una paguita para otro par de pilas, y guardé el caset del Haragán entre silbidos y tarareos de la muñequita que inhala bolsitas con resistol.
En vivo, con los años, es otra onda. Hasta hace unos días escuché al Haragán en Tuxtla, en la Plaza de Toros. Tocaron casi todas las rolas del Valedores Juveniles. Mecae, si no son metaleros no importa.

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lunes, octubre 01, 2007

Desamparado

Esta mañana calurosa me siento desamparado: me he levantado tarde porque la cama comienza a fastidiarme. Puse un dvd de Joaquín Sabina que me regaló Talita. Decidí, animado por la música, quemar un disco con las mejores canciones del español para escuchar en el viaje que realizaré a la playa. Encendí la computadora. Busqué los cables para conectarme a internet. La intención era comenzar a bajar algún material de Sabina de la red. Todo bien: cable usb donde debe ir, módem conectado. La computadora me dice, en otras palabras, que estoy listo para navegar.La sensación de desamparo comienza cuando no puedo entrar al Messenger. ¡No hay chat! Suele suceder, pienso. Quiero abrir una página, Google, y nada. Intento una y otra vez sin éxito alguno. Sabina, en la tele, dice que hay fiesta en la cocina, mientras a mí, caramba, muy de mañana, me da una crisis. Busco una tarjeta telefónica para llamar al servicio de internet. Tengo tres pesos de crédito. De por sí es una aventura marcar, atinarle a las indicaciones de la voz grabada que hace las veces de operadora. Con tres pesos ni se diga. El teléfono, después de un par de minutos, emite un chillido, como indicando que estoy a punto de quedar incomunicado. Pronto le digo lo que sucede a quien me atiende. Promete llamar en cinco minutos al celular.Me siento frente a la computadora. Juego con ella, la exploro. Desesperación, desamparo. Talita acaba de salir. La necedad me seduce, intento de nuevo conectarme a internet. Termina el dvd de Sabina con Noches de Boda. El teléfono celular permanece mudo. Silencio en la habitación. Ni los perros ladran: Natasha duerme; Gorbachov, atento, es testigo de mi frustración; Raisa está aburrida. No hay servicio.Los tres hacen un gesto cuando suena el teléfono.
—¿Tiene conectado el módem?
—Sí.—
¿Están prendidos todos los focos?
—Así es.
—No recibo señal. Pase a nuestras oficinas centrales para cambiar el módem.
Puff, calor, soledad, desamparo.
Sólo espero que Talita no tarde en regresar.
mentas: vlatido@gmail.com

lunes, agosto 27, 2007

Pinche Juan

Pinche Juan



Uno suele espantarse las moscas, si las hay, cuando espera con impaciencia a que llegue el chofer del autobús. Rentamos el vehículo para hacer un viaje de placer a las playas, cercanas en realidad, a la ciudad. Éramos varios, muchos, hombres y mujeres. El chofer nos dijo que llegaría a las seis de la mañana por nosotros. Le dijimos que lo esperaríamos en un parque, buen lugar para reunirnos todos.

Muy cabrón él nos hizo esperar más de dos horas. Ya nos habían dicho que esa era su costumbre, hacer esperar a la gente. Pero decidimos contratarnos porque nos cobraba la mitad, una ganga, de lo que nos cobraban los demás. Que si el camión estaba muy viejo, que si nos tardaríamos más en llegar, que si mejor nos callábamos y aflojábamos la paga. La lana que nos ahorramos sirvió, eso sí, para comprar cerveza. ¡Uff, sacrificios!

Una hora y el muy hijo de la chingada no llegaba. Sin moscas que espantar, pero con la hielera hasta la madre, nos pusimos a pistear. Las viejas lo vieron primero con cierto desdén, después se encabronaron. ¿De qué sirve viajar bolos? El pisto a la vez nos ponía alegres y a la vez nos encorajinaba porque no llegaba el chofer, el pinche Juan. Todos comenzamos a cantar en coro aquella rolita de los Tacubos, esa del pinche Juan, que no seas tan punk, pinche Juan, mecae.

El pinche Juan llegó a la media hielera vacía, con su mujer a cuestas. Ambos, o sea los dos, nos saludaron de mano, él, y ella de besito. ¡Buena vieja! El pinche Juan ni siquiera se disculpó, pero su mujer, uff, su mujer.

En fin, que bien encanijados nos subimos al autobús. Ya pedo, pues, no me cansaba de ver las piernas de la mujer. Ella, desprotegida ante mi mirada, platicaba con el pinche Juan mientras conducía. Embelesado yo, distraída ella. Mi mente, la mente, ya saben cómo es la mente, escenificaba mil cosas sólo con sus piernas.

Pinche Juan, mecae.

¡Qué piernas! Valió la pena esperar.

Caliente que soy, neta, no lo niego, tuve que hacer una parada en el baño para darle en la madre de una vez a la erección.

Mentas: vlatido@gmail.com