Oficio de tinieblas

Oficio de tinieblas
sclc/vlátido

jueves, diciembre 15, 2005

Cintia

Cintia



En la taquilla una señora me pregunta si quiero gradas o ring side. Le digo que gradas, para ver desde las alturas a los gladiadores. Atrás de mí la gente se alborota: pasan unos que tienen facha de luchadores. Muchos se arremolinan en la entrada y palmean sus espaldas. Ellos, los luchadores, llevan una maleta, como si fueran a viajar. Uno hasta usa de esas que tienen llantitas.
Afuera del Deportivo Roma, sobre la avenida, un vendedor tendió una manta en la que puso máscaras, fotos, muñecos y llaveros. Me quedo viendo las máscaras. Hay del Santo, Blue Demon, Mil Máscaras, Atlantis, Octagón; otras que ni siquiera conozco. Extravagantes. Me gustan las fotos de las luchadoras. Tienen unas piernotas. Algunas se cubren el rostro, cambian de identidad. Las hay güeras que hasta parecen barbies. No me las imagino haciendo la quebradora, o volando desde la tercera cuerda. Nenas. Otras son gordas, peso completo.
—Cuál le doy.
—Esa piernuda cómo se llama.
—Es la Cintia, ya vino desde hace rato.
La Cintia está anunciada en la pelea estelar. La acabo de conocer por la foto, no sabía cómo era. Solamente vine a ver a la Cintia porque tiene bonito nombre. Cintia. Hay bulla adentro del Deportivo. Algarabía.
El señor de la puerta me pide el boleto. Me manda a otra puerta. Ésta, por la que quería entrar, es para ring side.
Poco a poco las gradas se llenan. Aparecen los vendedores de palomitas y cacahuates; la cerveza la ponen hasta allá arriba. Quien quiera una tiene que caminar. Música de antro. Parloteo, risas, gritos. La función no comienza. El ring está vacío. Es una invitación: los niños se ponen máscaras y se trepan. También las niñas. Se escuchan los costalazos.
Una voz: ¡Señoras y señores, niños y niñas, todos: buenas noches, la función va a comenzar!
La gente se vuelve loca y comienzan a desfilar los luchadores. Uno tras otro. El espectáculo, la nota, la da el réferi. Hasta que aparece la Cintia. Silbidos, besos, apachurros, mamacita.
Cintia con esas piernotas, rubia, una nena. Cintia con esa carita, boquita, cinturita, nalgotas. Cintia toma de los pelos a su contrincante y la avienta contra las cuerdas. La recibe con una patada en el estómago; después una cachetada. ¡Cintia, Cintia, Cintia! Cintia tomada por el cuello, picada de los ojos, arrastrada de la greña por todo el ring. ¡Buuu!, ¡pinches cochinas! ¡Cintia, levántate!
—Cintia, mamita, cariñito, tú puedes —grito fuerte. Parece que la Cintia me escucha, me guiña un ojo. Se sube en las cuerdas. Desde lo alto se lanza. Pum. Desparrama a su contrincante, la hace papilla. Encima, uno, dos y tres. Cintia gana la pelea.
Apenas termina la función, la gente se apiña en los vestidores. Esperan a que salgan los luchadores. Yo quiero ver a la Cintia. Salgo.
—Entonces qué, señorita, cuál se lleva.
—Déme la foto de la Cintia, por favor.
Camino a los vestidores. Espero que la Cintia me dé su autógrafo.



mentas: vlatido@yahoo.com.mx

miércoles, noviembre 30, 2005

El colectivo

El colectivo


En el colectivo. Oscurece. Horacio busca ocho pesos para pagar. No encuentra. Hace un gesto de desesperación. Un hilillo de sudor se asoma en su frente. Magali saca de su bolsa una moneda. Paga. Acaban de dejar la cafetería. Van a casa. Magali abre la ventanilla de la combi. Horacio deja de sudar. El aire se cuela por los botones de la blusa de Magali. Se excita. Sus pezones están erectos, duros. Magali los ve. Finge rascarse la cabeza. Su antebrazo le roza los pezones. Suelta un pequeño gemido.
Magali: El chofer me está viendo.
Horacio: ¿Te desabrocho?
Magali: Sí.
Horacio: Ya estás excitada.
Horacio y Magali son los únicos pasajeros. El chofer los ve. Atento al tráfico, atento al retrovisor. La blusa está entreabierta. Se alcanza a ver el sostén. Magali se frota los pezones. El ojo atento en el retrovisor. Magali desabrocha otro botón. Susurra en el oído de Horacio.
Magali: Tócame.
Lo besa. El aliento cálido en su oído lo turba. Horacio mete la mano en la blusa. Sus dedos buscan los pezones. Hace a un lado el elástico. El ojo atento en el retrovisor. Observa.
Magali: ¿No te enoja?
Horacio: Me gusta.
Magali: ¿Por qué?
Horacio: Porque a ti te gusta.
A Horacio le sudan las manos. Las desliza adentro de la blusa. Los hombros de Magali están desnudos. Un tirante se desliza hasta el codo. Magali ve los ojos del chofer por el retrovisor. El chofer se ruboriza. Magali mira la calle. No resiste. Vuelve a ver en el espejo. El chofer está nervioso. Se siente descubierto. Horacio frota su dedo índice en el pezón de Magali. Sus manos están frías. Magali pone su mano en la bragueta del pantalón de Horacio. Besa con ternura su mejilla. Hace un movimiento rápido con la mano. La lleva hasta su blusa. Se abotona. Cierra la ventanilla. Mira otra vez al chofer. Éste la queda viendo. Esboza una sonrisa. Piden la parada.
Horacio y Magali bajan del carro. Caminan una cuadra. El chofer los sigue con la mirada. Esperan otro colectivo.

Zapping

Imposible negarlo: leí El gato, de Juan García Ponce. Otra onda. Me salió este ejercicio.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

miércoles, noviembre 23, 2005

La jeringa

La jeringa



Un café exprés. Pido piloncillo para endulzarlo.
—¿Piloncillo?, —repite el mesero sacado de onda—. No se manche, maestro, ¡piloncillo!
Le pido el diario.
—Eh, el New York Times, por favor.
El mesero me vuelve a ver con esos ojos de chinga tu madre pinche mamón. Sonríe. Desaparece de mi vista. Momentos después veo que viene, algo fatigado, hacia mí. Alcanzo a ver que trae un pedazo de cartón medio viejo; supongo que ahí lleva envuelto el piloncillo. Joder, si le he pedido el diario de hoy. Quiero leerlo aunque sea noche.
—Ahí está, míster, su piloncillo y también su diario, el New York Times —dice el mesero con esa pinche sonrisa de trágate ésta.
Deja el pedazo de cartón enrollado. Busco el piloncillo y mi periódico primermundista. Nada. Carraspeo. Le doy vuelta una y otra vez al viejo pedazo de cartón. Veo, con letras grandotas, que dice La jeringa. Y adentro un chingo de páginas que no destilan tinta, sino mermelada, un chorro de mermelada.
Me embarro de mermelada.
(El mesero fuma un cigarro desde un rincón de la cafetería. Bien le gustaría estar en una cantina con más de estas revistas a las que llaman La jeringa. No se desespera. Allá va a parar inevitablemente. ¿Qué no?).
De la mermelada sale un jipi borracho que celebra un partido de futbol en la difunta fuente Mactumatzá. Pero el jipi no sólo está borracho, sino que también se vuelve el gran líder de la manifestación; botea en el crucero para sacar otro poco de lana para las chelas. Pinche jipi.
Qué loco el tipo.
No más loco que ese pinche mundo de polis locos. Otro tipo medio rasta viste su clásica playera de Bob Marley y camina, como vagabundo, en el centro de la ciudad. Su aspecto lo convierte automáticamente en un sospechoso. Joven, le dice la tira, está prohibido ser rasta y peor tantito por las noches.
Pinches polis. Ni modo que sobornarlo sino trae ni para el taxi.
Mi café se ha terminado y en el fondo de la taza alcanzo a ver, como si fuera un oráculo, más mermelada llena de vellos púbicos. Pinche libidinosa esa mermelada, cachonda. Y descubro mis parafilias o perversiones sexuales. ¡Braguitas! Otro sorbo, el último, y llamo al mesero.
—A las diez mi vecina se mete el de dulces sueños, nena —le digo. Corro con La jeringa en la mano, chorrea mermelada por toda la calle. Tengo que llegar a tiempo para abrir las persianas de mi cuarto.
¿Piloncillo? ¿New York Times? No se la jalen. Ahí está su jeringa, viene llena de mermelada.

Zapping

La revista La jeringa (www.lajeringa.tk) vio la luz hace unos cuantos días. Ahí escriben, entre otros, la mafia fanzinerosa del Pulido, Navo, Pinchequijote, Flakko, Molina y Niño Fors. Pídala, exíjala a su cartonero o en el depósito más cercano a su casa. (Chance y hasta le dan uno de caguamas). A decir de su editorialista, la jeringa está llena de mermelada.


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, noviembre 03, 2005

Hipo

Hipo


De súbito la música deja de escucharse. Volteo a ver la rocola, el mesero mantiene entre sus dedos la clavija. Le pregunto por qué la desconectó. Son las siete de la noche, dice. Por las escaleras se asoma el dueño de la cantina. Ha oído algunos gritos. Le digo que no joda, suena bien padre ese tal Elizalde. Ríe y se da la vuelta. El mesero lo queda viendo y en sus ojos se ve la necesidad de recibir una orden. El dueño, con la mano, le hace una seña diciendo que no. Ya ves, primo, no la puedo volver a conectar. Los discos de Elizalde son caros en Mix up; son importados. Todo ahora es importado. Y en la cantina los quitan a las siete de la noche porque tienen que cerrar. Cuando apagan la música y cierran el portón (nadie revela la contraseña) es como si pusieran la escoba detrás de la puerta. Me dicen que vuelva a la mesa. Quedan dos sorbos. Tomo un palillo y comienzo a picarme los dientes. Ya no hay camarón con chile blanco. Hace un buen que ya no quieren dar shuti. Antes íbamos a esa cantina porque el consomé de shuti abría el apetito, y la sed. Ahora nos tenemos que conformar con un pírrico plato de pepitas. Sólo uno. Quien quiera más tiene que desembuchar cinco pesos. Ya no sé quiénes son más codos. El mesero dice que tiene que cerrar la cantina. Le doy los dos sorbos, el vaso queda vacío, solamente un poco de espuma lo recorre; la sigo con la mirada hasta que llega al fondo. Es temprano. Salimos. Damos vuelta a la manzana, pasamos por el balcón donde la vez pasada nos jugaron unas viejas. Las esperamos un gran rato. Tuvimos que volver a entrar en la cantina, donde ellas estaban. Hijas de su pinche madre, se subían la falda y mataban mosquitos en sus piernas. Matamoscas. Y allá vamos a seguirlas, con el insecticida desenvainado para acabar de una buena vez con los bichos. Se metieron en su casa. Nunca salieron. No, ahora se joden. No entramos. Y nos seguimos derecho. Caminamos un par de cuadras más. Llegamos. Esta otra cantina cierra hasta medianoche cuando no hay clientela. Hay dos que tres. El cantinero saca de la hielera una cerveza, la destapa, bebe. No es la primera, tiene los ojos rojos. Orina antes de preguntar qué queremos. El desempance o el acabose debería llamarse. Nada de casos perdidos. Bebemos otro par de cervezas y brindamos con el cantinero. Presume sus fotos. En el baño chorros de barquitos que surcan las paredes orinadas. El lugar comienza a quedarse solo, se hace tarde. Llega uno de esos juglares con guitarra en mano y combo. Se instala y se avienta una gratis. Dice que la chamba está bien floja, ya nadie quiere pagar. Las rocolas les están dando en la madre. No canta como ese mentado Elizalde. Le digo que cante como él. Ni lo conoce. Entonces mejor Flor de capomo. La toca. Una nomás; se acabó la paga para la música. Ni modos, le digo, así es la pinche burocracia, sólo alcanza para las chelas. Soy burócrata. Pinche burócrata dice el trovador. Mejor se lanza a otra cantina, la quijotesca, porque ahí nunca cierran. Bostezos. El cantinero saca un libro, se sienta con nosotros. Comienza a leer. Dice que los cuentos son de él. Invita un par de cervezas más; da vuelta a la hoja. Lee. Historias de zopilotes y boxeadores. ¡Hip! No entiendo. ¡Hip! ¿Qué dice? Un sorbito más. ¡Shhhh! Saco un billete. ¡Cállense, déjenlo leer! Pago. Me da el libro. Quiero leer. ¡Hip!


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

lunes, octubre 17, 2005

Vértigo

Vértigo


Para los Liévano, por la amistad (y las chelas)

No fue difícil quitar los candados de la ventana. Lorena ocupó una segueta y no mucha imaginación. Se sentó en la orilla. Seseaba. Miró los carros que hasta el fondo paseaban como pececitos, cardúmenes que avanzan sigilosamente hacia la oscuridad del mar.
Dejó a un lado el teléfono celular. Dio todos los datos, su dirección. Fue un accidente, les dijo. Seguía confundida, no sabía si esperar.
Lorena, sentada, absorta, desde arriba recorría las avenidas con la vista; fumaba un Camel. Sus manos temblaban porque todavía se sentía algo nerviosa. Sabía que lo de anoche no fue más que un accidente.
Aun así temblaba.
—Embrócate, saca todo de una buena vez.
Karen, a punto del desmayo, apenas escuchó las recomendaciones desesperadas de Lorena. Asomó su cabeza al retrete y comenzó a vomitar.
La fiesta había terminado, los invitados ya no estaban. Lorena, sola, lidiaba con su amiga alcoholizada.
—Toma un poco de café. Duerme.
La recostó bocabajo. Por la mañana la encontró muerta, con la cara viendo al techo. Ahogada en su propio vómito.
Lorena, asustada, lo único que pensó fue llevarla hasta el cuarto de servicio, ahora desocupado. Subió dos pisos. Abrió la puerta.
Se sentó en una mecedora, pronto creyó que el cuerpo apestaba. Lo vio. No me jodas, le dijo, todavía no puedes apestar, te acabas de morir. Pestilencia. Se acercó a la ventana, estaba cerrada. Dos candados. Hurgó en el cuarto y encontró una segueta. Comenzó a embestir, poco a poco, como las gotas de agua que carcomen, que pulen una piedra. Cedieron.
Se sentó en la orilla. Volvió a sentir el mal olor. Buscó entre la ropa de Karen una cajetilla de cigarros. Eran Camel. Encendió uno. Fumaba sentada, esperando a que la pestilencia disminuyera. Fueron tres, cuatro, cinco.
Fue un accidente, se repetía. Les repetía
Temblaba.
Terminó el quinto Camel pero no la pestilencia. Se dio la vuelta, tomó la mano fría de Karen. Fue un accidente. Su mano también estaba fría. Puso el cuerpo inerte, guango, a un lado suyo. Lo recargó en el marco de la ventana. Tiró la colilla del cigarro por la ventana. No le despegó la vista hasta que chocó en el suelo.
Suspiró. Abrazó el cuerpo de su amiga; vio la colilla, en la banqueta, junto a las demás. Sintió vértigo.
La puerta se abrió lentamente. Entraron dos oficiales de la policía.
Fue un accidente, dijo.
Estiró las manos.


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, septiembre 29, 2005

La imaginacion secuestrada

La imaginación secuestrada



Dicen que todo lo que ocurre en el tiempo se puede narrar. Dicen, además, que todo es narración, como quitarse los zapatos para dormir. Solamente hay que contarlo. Hay quienes se deciden por la narración para ejercer su oficio, aunque ello signifique, para otros, un contrasentido.
Digo esto porque la historia y el periodismo tienen un punto de convergencia: el relato. Los acontecimientos, uno a uno, se encadenan y se devela una narración. Y para hacerlo se necesita imaginación.
El periodismo encuentra las historias en el tiempo inmediato. Lo que pasó ayer, hace una semana, hace un mes, incluso hace pocos años, puede ser reconstruido, hilvanado por el periodista. El reportaje es a la novela como la crónica al cuento. Incluso la nota informativa (la seriedad, la precisión y economía en el lenguaje, la cacareada objetividad) encierra una historia.
El ejercicio ya lo hizo Truman Capote en A sangre fría, donde narra el asesinato, a sangre fría, de una familia en Kansas, Estados Unidos. Es un gran reportaje novelado o, es lo mismo, una novela de no ficción. Y Gabriel García Márquez, quien además de ser escritor es periodista, lo hizo en Relato de un náufrago, la crónica de un marinero colombiano que permaneció varios días en el océano, a la deriva, en una balsa.
Los historiadores prefieren las explicaciones de larga y mediana duración, en las que los personajes y los acontecimientos no tienen cabida. Hacen historia sin personajes; describen estructuras, no narran. Ese trabajo lo han dejado a los escritores. La novela histórica es el ejemplo. Los novelistas se meten a los archivos, investigan, leen lo que se ha escrito; novelan la historia. La novela histórica es la reescritura de la historiografía. Un palimpsesto.
La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, es una de las mejores novelas históricas que he leído. Recrea el levantamiento mesiánico en Canudos, Brasil, a finales de siglo XIX. En México hizo lo mismo Rosario Castellanos en Oficio de tinieblas. La novela cuenta el levantamiento tzotzil de 1869, para algunos mesiánico, aunque trasladado a la época cardenista.
La historia y el periodismo contienen los elementos para crear un relato. En ambas disciplinas se habla de las acciones de nosotros, los seres humanos. En las historias que quieren contar hay una trama. Ambas, además, pretenden la verdad, hallan la historia en el tiempo. La literatura, en cambio, la halla en su tiempo, la inventa. (Algunos filósofos dicen que esas historias, las históricas o periodísticas, y las ficticias, son verdaderas porque suceden en “un” tiempo).
Todas las historias están ahí, en algún lugar, encapsuladas para que alguien se anime a decirlas, a contarlas. Todo se ha escrito. Los literatos dicen que el problema no es contar lo mismo, sino contarlo de manera diferente. Por eso no hay malas historias, sino malos escritores. (¿Puede decirse eso de los periodistas e historiadores? ¿No importa contar lo mismo siempre y cuando se haga de manera diferente?)
Los historiadores y los periodistas, aun teniendo las historias a la mano, no las cuentan, las describen. Quizá su formación científica, en los primeros, y la objetividad del oficio, en los segundos, les secuestran la imaginación.


Zapping

Y cuando desperté mi cerveza se había terminado. ¡Argh!

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jueves, septiembre 15, 2005

Daria y Changoleón

Daria y Changoleón



Para Talita

A medianoche Changoleón sale debajo de la cama. Furtivo, discreto, avanza pasito a pasito por las escaleras rumbo al techo. Contempla la luna. A veces se siente un gran astronauta y maúlla de placer. Changoleón cree que se pierde en la luna, la suya, la que descubre cada noche, paseando su lengua por sus hoyitos.
Miau, miaua, miau, miau, dice, se dilatan sus pupilas y cierra los ojos.
—¡Changoleón! ¡Changoleón! —grita su mamá en la madrugada. Pero Changoleón está entretenido. Sus garras escarban en el sostén de la luna en busca de pescaditos. Sabe que los pescaditos selenitas son bien sabrosos. No quiere whiskas.
Le gusta mucho la luna, que ya le puso nombre. Te vas a llamar Daria. A la luna le gusta.
La luna de Changoleón también tiene extensos mares. En la noche se ven mejor. A veces Changoleón se siente marinero. Utiliza un esnorquel, con sus gafitas. Se relame los bigotes cuando alcanza a ver pescaditos. Pero se alegra mucho cuando ve una estrellita. Las estrellitas están hasta el fondo del mar. Por eso Changoleón se alegra tanto cuando las encuentra. Se cansa, pero dice que vale la pena verlas. Las estrellitas brillan mucho en la oscuridad. Titilan. Changoleón dice que es mentira, que le hacen ojitos.
A Changoleón le encantan las estrellitas. Una vez Daria le enseñó cómo hacerlas. No es muy difícil, pero a veces queda cansado. Hacer estrellitas es la cosa más divertida. Con las manos les da forma, hace sus piquitos. Las pule con la lengua. Daria le dijo que hacer estrellitas es peligroso. Changoleón insiste en que es divertido. Además, tiene siete vidas, no se asusta. Ya hizo seis estrellitas en una sola noche.
Además de astronauta y marinero, Changoleón también es artesano. Las estrellitas le quedan bien bonitas que hasta ya pensó en patentarlas. Se van a llamar “Las galácticas estrellitas de Changoleón”. Es el único en la galaxia que hace seis en una sola noche.
No le ha querido poner nombre a las estrellitas y a los pescaditos. Lo que hizo fue llevarse algunos a su casa. A los pescaditos los tiene en una pecera, debajo de la cama. A las estrellitas las colgó de la pared. En la noche le hacen ojitos. Changoleón ronronea. Cuando tiene hambre se come a los pescaditos. Debajo de la cama chupa las espinitas.
Changoleón se entristece cuando está nublado. No puede ver a Daria. Se sienta en la azotea y maúlla recio para que comience a llover. Porque si llueve el cielo se despeja. Ha pasado que sus maullidos de nada sirven. Si tiene pescaditos se los come e intenta hacer estrellitas solito.
Changoleón, pobre gatito, tiene que esperar otra noche para contemplar a la luna. Mientras sueña que nada en los mares de Daria, que hacen estrellitas y que juntos comen pescaditos.


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martes, septiembre 06, 2005

Crunch

Crunch



Todos los futboleros están enojados porque México perdió dos goles a cero con los gringos. A mí también me da coraje. Nos quitaron Texas, nos quitaron el petróleo y nos quitan la satisfacción de gritar gol, con enjundia.
Nada puedo hacer.
Tita, con sus ganas de ser muy macha, ella, tampoco celebra. Le importa una soberana croqueta. Husmea entre la jardinera y rasca mucho, hace hoyos y se orina. A mi mamá le encabrona que haga eso. Pero ella qué va a saber.
Caen los goles, ella, Tita, bebe agua.
Corre detrás de Pitufo, tira de sus orejas, gruñe y muerde. Pobrecito Pitufo. Tal vez no sufra los goles en contra pero aguanta los desplantes de Tita. Eso es peor. Sus croquetas están intactas, sin saliva. No las come. A veces, a hurtadillas, las lleva detrás de la escalera, se escucha crunch, crunch, crunch. Trata de ser discreto.
Esa noche del futbol ni se preocupó por la discreción. La tele lo embruteció, no se escuchaban sus dientes enterrándose en las croquetas. Tita, flaquita, ni se enteró y lo dejó comer. Crunch, crunch, crunch ahogados en los gritos de gooool.
Sabía que iban a perder.
Presioné la tecla mute.
Me entretuve escuchando a Dos Minutos, Negu Gorriak y Rosendo Mercado.
Shuffle.
Me gusta escuchar así.
Shuffle.
Las canciones saltaban en la bandeja de Cds. Tita miraba el futbol de reojo y yo veía que Pitufo escondía croquetas, bien alegre. Aun así no quitaba la mirada de la tele. Me enojan los comentaristas de unos y otros. Pero más de los paleros que quieren a Cuauhtémoc y a Hugo en la selección.
Divas.
Espero el pitazo final. Tarareo: Fastos de degeneración maquinan como siempre, sabe Dios lo que se guisa. Pero el partido todavía no termina. Ya han pasado los cinco minutos fatídicos, de terror.
Tita cabecea. Pitufo sigue comiendo croquetas.
Crunch, crunch, crunch.
(Lo bueno es que Tita no lo ha visto, sino se lo tunde a mordiscos).
Donovan, al final, se ufana de ser los mejores. Pregunta ¿dónde está México? En tu frontera sur, pendejo. Tita salta la frontera de mi cuarto, corre detrás de Pitufo. Lo cachó haciendo crunch. Le da alcance, muerde sus orejas y le da una buena revolcada. Pero a Pitufo qué le importa, ya comió suficientes croquetas; guardó para el invierno. Se olvidan del futbol.
Hay cosas más importantes, lo sé.
Chingona la vida de perros.
Crunch, crunch, crunch.
Zapping

Los cazafantasmas, nueva generación. Pasa a las 5:30 en Boomerang. No es lo mismo que los viejos cazafantasmas, aunque los personajes de ahora guardan relación con los anteriores. Me entretengo, paso la tarde. Diablos.

vlatido@yahoo.com.mx

viernes, septiembre 02, 2005

Canción para serpientes

· Canción para serpientes



Las letras, redondas, narran la historia de Chiapas: hacen eco de las balas, de las matanzas, de las injusticias. Alguien las acomoda y las atiborra de ideologías, de historias, de sangre. Las letras, la literatura, alcanza a la realidad y la representa estéticamente: en ese mundo todo cabe, hasta la idea más peregrina.
La ficción de la realidad, de la historia.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional no tiene, solamente, un séquito de paisas dispuestos batirse, a jugársela en el terreno que les toque; ni el Sup enamoradas a quienes les viene valiendo su pancita. También tienen sus escritores, y chiapanecos.
Canción sin letra (Coneculta, 1999) de Heberto Morales y Nudo de serpientes (El Animal, 2004) de Alejandro Aldana Sellschopp son novelas que recrean el levantamiento zapatista de 1994. Ambas tienen posiciones encontradas, persiguen fines diferentes.
La novela de Heberto Morales tuerce hacia una explicación “oficial” de la historia. En su mundo paralelo deambulan personajes innombrables: nadie sabe qué hacen esos fuereños que con boina y pipa caminan por las calles de San Cristóbal, leen libros rojos y se reúnen en cafés; o las intenciones de clérigos, picudos, quienes optan por la preferencia por los pobres. No. La vida transcurre entre las injusticias a los ladinos, a los coletos, a los pequeños propietarios quienes poco a poco se van quedando sin nada.
En Nudo de serpientes, Alejandro Aldana se toma un café y da vuelta a la página. Se quiere una lección de historia en donde confluyen, en el mismo espacio, personajes históricos guarecidos en una sola estirpe: la bravura ladina de los zapatos junto a la valentía india de los zapatos; y los conquistadores españoles junto a los militares y finqueros chiapanecos de nuestra historia reciente. Y la rabia, del autor, por las masacres de indígenas. Todas golpeadas por la misma pértiga: la propiedad de la tierra.
En ambos textos hay una intención de explicar el levantamiento con diferentes enfoques. Remontan años, explican las luchas por las tierras o por los fieles; describen la condición de los indígenas y de los coletos. Toman partido. Coinciden en el 1 de enero como el punto álgido del relato. Lo demás es pretexto para seguir justificando sus puntos de vista.
La novela se convierte, para los escritores, en una suerte de ensayo para exponer sus ideas. Las dos tienen resabios de ideologías, de formas de pensar, de entender nuestra realidad. Así la entienden y así es (al menos en sus páginas, porque, la neta, nadie sabe a ciencia cierta cómo es). Ya habrá tiempo suficiente para entender al EZ cabalmente, en perspectiva. Ahora se ha anclado en la historia, de donde salta a la literatura. Pero la literatura corre el riesgo de anquilosarse, de atorarse en la historia. ¿Cuántas obras literarias surgirán para contar, una y otra vez, el levantamiento de 1994? Están, como ejemplos, las novelas de chiapanecos que cuentan las rebeliones en los siglos XVIII y XIX, o las construcciones de presas.
La realidad es fuente inagotable para la literatura. Lo digo: ahí andan los personajes en la calle, en las esquinas, en las tiendas, en las cantinas, en la historia, en el espejo, en todos lados. La realidad es el escenario.
Pero cuando la literatura se convierte en un manual de historia, mmmm. Solamente que el escritor sea bien chicho, que dosifique los datos y, ay, que sepa narrar. (Por favor historiadores, absténganse de hacerla de narradores, o viceversa; o al menos redoblen esfuerzos).
Sino mejor leo fanzines, es placentero.


Zapping

5:15. Las mascaritas. 25 pesos la caguama. Botana cara y mala. Cerveza fría. Catálogo, un fraude: meseras gordas. 5:30. Calle. 5:40. Bar May (La tiendita). Pocas mesas. 7:00. Happy punk, ahí nos vemos. Eructo.


mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, agosto 25, 2005

Ratas

Ratas

La noche empieza de maravilla. Apenas se oculta el sol compramos un sixto para empezar el jaloneo. Sabrosas y frías. Después unas gordas, piernudas (chichonas, también quiero decir). En la bodega todos están igual, algunos peor. La gente corre como loca, desesperada, rebotando en las paredes. Adrián sale al escenario entre esa bruma, humo, que caracteriza a los conciertos de rocanrol. Prueba el micrófono y su voz argentina —bien le queda el calificativo— retumba, hace eco en algunas mentadas de madre y reclamos. Apúrate, cabrón, que no tengo tu tiempo. A capela: Es de esperar que algún mediocre sea, quien juzgará de lo que nada sepa. La alineación completa de Rata Blanca sale de la penumbra. Batacazos y guitarrazos. Chillen, cabronas, lloren. Todos saltan y llueven las estrellas que, al caer, queman la piel. Pero a casi nadie le importa, hasta hay quien las recoge y le da sus tres de rigor; las rolan hasta la esquina, donde alguien apenas las acaba de matar. Pasa la vida bacha. Pareciera que los dedos de Walter son un dildo porque su guitarra llora de placer. Las masturba. Y empieza a tejer melodías orgásmicas: las brujas, que reparten besos, se montan en escobas que atraviesan sus vaginas. Surcan las aguas etéreas, de viento; estimulan a las nubes para que nos bañen, nos sumerjan en mares calmos, completamente salados. Ensordece. Gustavo empuña las baquetas como un fusil que dispara, a mansalva, a los cazadores de ballenas. Los guerreros que danzan en el mar brincan hasta un arcoiris; psicodélicos pelean por un mundo verde, lleno de verde, todo verde, bien verde, listo para vivir a brinquitos entre estados, países, viajes, viejas y fajes. Las cuerdas gruesas del bajo de Guillermo enaltecen una pared de sonido que lleva el ritmo, complementa el rito. De la penumbra decibélica salen dragones que no ven porque los magos han arrancado sus ojos, que vuelan hasta el medioevo en busca de algún libro oculto entre rosas. De las grietas de la bodega, en las alturas, desciende Agord, esa bruja que anda en busca de cerebros para destruir. La raza salta, brinca, despavorida: nadie quiere ser un zombie. Huyen entre espinas con la convicción firme de demostrar su realidad a todos aquellos que quieren ser más. Corro detrás de ellos, extasiado por la piel de esa mujer, misteriosa, amante, que me abriga con su calor. Sorteo ratas, miles, que buscan un lugar donde guarecerse. La noche es maravillosa, tanto que no quiero despertar.

Zapping

Alipuz, ese mi fanzine que espera a estar bien fermentado para raspar la garganta de sus adictos, rola como una hoja al viento (queyayo, tionoquis). Gracias, miles, al Pulido y al Navo por tirarlo a la calle. Va en el sietevecessiete.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

viernes, agosto 12, 2005

Pinche Lola, putita

Pinche Lola, putita



Me gusta manchar las paredes de los baños. Algunas veces, escatológico que soy, las orino con gran entusiasmo. No era algo que acostumbrara a hacer, pero encontré cierto masoquismo, de manera accidental, una vez que entré al baño de El lobo. Trémulo, sudado y bien bolo, orinaba en el mingitorio. Un temblor de no sé cuántos grados en escala de no sé qué jodidos se sintió de la puerta hacia adentro. Para no caer me recargué en la pared y el orín, caliente, saltó de mi mano al concreto.
—¡Ah, qué divertido es esto! —dije.
Regresé, satisfecho, a la mesa. Lola había pedido otra caguama; su vaso, escarchado con sal, estaba a la mitad. El mío llenito, completito, cabal.
—Don Lobo —dije— échele otras monedas a la rocola.
Intocable sonó con un par de sus mejores rolas. Música para bolo, para bailar en la pequeña pista que, a fuerza de mucha imaginación y creatividad, se dibuja en el centro de la cantina. Báilele mi reina. Lola, bailadora que es, quería bailar con Intocable. Yo, con un dejo de aburrido burócrata mezclado con lo más grueso del punk setentero, no me animé.
—Ándale, no seas simple —dijo Lola.
—No.
Lola pidió otra caguama. Metí el acelerador, de un solo trago terminé con el vaso. Un regurgito, sabroso, recorrió mis tripas. Ella sirvió. Se terminó la cerveza. Yo pedí otra. Lola pidió más monedas para la rocola. Se levantó, algo cachonda, y puso su música.
—Ya que tú no bailas —dijo cuando regresó a sentarse, con la lengua arrastrada, casi dormida. Yo sentía ganas de orinar y de volver a manchar la pared del baño. Así que me levanté y en el baño, lo primero que hice, fue apuntarle a la pared, lavarla, rociarla, pasear de un lado a otro, recorrer lo largo y ancho del mingitorio.
De regreso Lola bailaba bien cachonda con uno de los tantos bolos que había en la cantina. Pinche Lola, se le restregaba al tipo ése; juntaban sus cuerpos, los movían para atrás hacia delante. Se ponían de espaldas. La canción era esa de reversa mami, y luego que agachaditos, agachaditos, agachaditos. Y un besito. Total. Pinche Lola, quise gritarle, pero solamente me di la vuelta y regresé al baño.
¿Vomitar? Para qué. Pinche Lola, si bailas bien sabroso, si te gusta la putería. Pinche Lola, mecae.
Tomé la pluma que llevaba en mi camisa de burócrata aburrido y con mi mejor letra escribí en la pared del baño: Pinche Lola, putita. Luego oriné sobre lo que había escrito. Mear la pared y mear a Lola. Oriné, oriné y oriné, pero Lola todavía estaba ahí, en la pared, en la cantina, bailando bien cachonda.
Y aunque Lola ya no esté, escribo su nombre en los baños de las cantinas. Pinche Lola, putita. Ustedes ya saben que hago después.


Zapping

Todos los de la banda fanzinerosa, a través de la compañía editorial La Tortillería, publicaron sus pequeños libritos llenos de poemas, sucias narraciones y rolas de los Cadetes de Linares. Ahí andan, rolando, los textos del Navo, el Pulido, el Toño pinchequijote, el Niño Fors y el Molina. Ya se mocharon. Vientos.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

miércoles, julio 27, 2005

Terrenal

Terrenal


Un señor de barba, güero, entró un día con el Pituka a una cantina. El Pituka llevaba, como ustedes ya saben, su caguama en la mano, su morral y vestía su maculada túnica blanca. Pidieron una jarra de michelada y sacaron unos cigarros extraños cuyo tufo era también extraño. Fumaron y bebieron; comieron camarón con chile blanco.
Esto me lo contó un amigo.
Ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— se levantó y puso en la rocola una canción de Intocable.
Se sentó a mirar, absorto, las tetas de Roxana, amor de mis amores que a veces me manda besitos desde su pared. No sé si a él le dieron ganas de chuparle las chichis, o nomás de guiñarle un ojo desde su silla, discreto, porque ella no deja que alguien se acerque.
El Pituka y ese señor de barba, güero, —dijo mi amigo— comían y bebían; reían sin parar y se volvían a servir su michelada.
El Pituka también se levantó y puso una canción de Los Bukis. El señor de barba, güero, hizo un gesto de desagrado. Al Pituka le valió madre porque, dice mi amigo, se puso a cantar esa de si no te hubieras ido, o algo así.
Nadie supo por qué comenzaron a discutir. (Dijo mi amigo que porque al señor de barba, güero, al parecer no le gustaba El Buki).
El señor de barba, güero, salió como alma que lleva el diablo de la cantina. Se alcanzaba a ver un hilillo de sangre que le escurría por el brazo. Nadie se dio cuenta qué pasó, ni mi amigo que curioso los observaba.
Después de meterse al baño, el Pituka pidió la cuenta. No era mucha paga, pero no traía nada. Entre todos juntaron una lana y se la dieron al mesero que, como es su costumbre, ya había apagado la rocola. El Pituka sacó de su morral una caguama y salió de la cantina.
Mi amigo, que había entrado al baño después del Pituka, leyó en la pared, entre otros grafitos, “Dios ha muerto”. Supuso que lo había escrito el Pituka.
—Creo que ese pinche Pituka ya se cargó a diosito —me dijo.
—Dios no existe —le dije.
Pero mi amigo, terco como mula, se puso a buscar al Pituka. Dice que lo encontró en una calle, por el mercado. Estaba tirado, sonriendo maliciosamente, con su túnica y su caguama. No me ha querido contar qué platicaron.
Todos los miércoles, por la tarde, mi amigo acompaña a su mamá a las misas. Desde entonces se volvió bien devoto y ya ni echa trago. Nos abandonó.
—Dios no está muerto, existe —me dice cuando lo veo.
—Es mentira, no existe.
Es necio, tanto que a veces me hace dudar.
¿Y si existe?
Ya sé que diosito es buena onda, fuma mota y lo han visto bien bolo en Las Pepitas. Yo no lo he visto, me han dicho. Por eso, si existe, no tendrá calidad moral para juzgarme, ni para enviarme al infierno. Además, si se pone en ese plan tendré que recordarle que es misericordioso y que está condenado a perdonarme, aunque yo niegue su existencia.

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viernes, julio 22, 2005

Story line

· Story line


Vladimir González R.


¿Escribiré una carta? No, es cursi, esas cosas son del siglo pasado. Lo mejor es que todo sea en vivo. La cámara me la prestó un cuate, no es mía, la voy a aprovechar. El monitor lo pondré a un costado del tripié. Mi primera pregunta es ¿tendré motivos?
Rec. La toma se abre a un medium shot. A cuadro aparece sólo Federico. Fondo blanco.
Rosi, ayer en la tarde decidí, bruscamente, ir a buscarte a la escuela. Me dieron ganas. Llegué temprano, todavía estabas en clases. Me senté a un costado de tu salón y escuché a tu profesor de poesía pedir que leyeran sus escritos. Los de tus compañeros no importaron, bla, bla, bla, bla, bla... hasta que escuché tu voz. Escribiste un poema de amor que decía: te quiero desde esta luna hasta ese sol que te amanece. El maestro supuso que se lo dedicabas a alguien que se encontraba muy lejos de ti. Asentiste. El pellejo se me puso tan blandito que un simple resoplido caló en mis huesos. Yo, tu amor, estoy aquí, tan cerca...
No, ese pretexto también es del siglo pasado.
Stop. Zoom back hasta llegar a un long shot. A cuadro aparece una cama con sábanas arrugadas. Federico está sentado en ella. Su rostro está rígido, tenso, no esboza sonrisa alguna; sus ojos no brillan, parecen tristes. Suspira mientras ve fijamente a la cámara. Rec.
Dios es una invención del hombre. Sólo existe en la mente de los demás. En la mía no hay nadie. Dios nunca ha existido para mí. Creo que jamás habrá ser semejante. ¿No basta con imaginarme a las miles de personas en las que debo confiar? Si no busco consuelo en ellas, entonces en quién. Necesito verlas, palparlas, tenerlas, palparme, tenerme, tocarme, sentirlas, ser.
Pero estoy solo, completamente. Triste, camino lento, inseguro. Sí, ese es mi motivo. La soledad. En ella convergen la ausencia de Rosi, el fraudulento dios y la gente inimaginable. ¿Por qué no creer en el súper hombre? Ja, ja, ja, ja. Ése soy yo. Pero, ¿qué?, no estoy a cuadro. Ese maldito tripié está flojo.
La cámara graba el suelo. Debajo de la cama sale la punta de una soga. Till up. La toma se abre a un long shot. Aparece Federico a medio cuadro. Las sábanas siguen arrugadas. Se alcanza a ver el ventilador apagado. El techo no es muy alto. Toma fija. Continúa rec.
¿Qué dije? ¿El súper hombre? Ajá. Estoy aquí postrado ante este ojo, queriendo tomar valor, agarrándome los tanates para de una vez fundir a negros. Soy un remedo. No esperen ver una cinta gore. Eso déjenlo para los obsesivos, enfermos patológicos. El morbo de la sangre no funciona conmigo. Tampoco busco rating, ni que recuerden mi cuerpo ensangrentado.
Federico mira a la cámara.
Tengo que justificarme. Ya dije que estoy decepcionado del amor, de dios y de la gente. ¿Crees que es suficiente? No. Qué importan los motivos. Fue una muerte misteriosa, dirán los diarios mañana. No, dentro de dos días, cuando comience a apestar mi cuerpo. Fui el hombre pos… ¿histórico?, ¿moderno?
Stop. Medium shot. Federico sentado en la cama. El cuarto se ve despejado. Fondo blanco. Sábanas arrugadas. Rec.
Estoy decidido. No tengo motivos. ¡Oh, oh! Qué aburrido morir así. Voy a poner música. Ya sé. Una muerte como le gustaría a Woody Allen. Con jazz. Louis Armstrong me parece perfecto. Qué delicia. Será lo último que escuche. Mi cara en el monitor ya no se ve triste.
Play Alligator Crawll un minuto. (La cabeza del tripié sigue floja.) La toma cae. La cámara recorre la cintura de Federico hacia los pies. No tocan el piso. Fundido en negros. Diez segundos.

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jueves, julio 14, 2005

La dama de las tijeras

La dama de las tijeras


—Mire usted que no he vendido nada, ando en la calle desde la mañana, ya son las seis de la tarde y no he sacado para mi comida.
—Ay, señora, no tengo dinero. Además yo para qué quiero ahorita una tijera, no me sirve.
—Ándele, no sea malo, mire que ya me quiero ir a mi casa, pero no he vendido nada.
—Señora, gracias, mejor otro día.
La mujer, vieja, algo jorobada, continúa su camino murmurando, quizá mentándome la madre porque no le he querido comprar una tijera. Sus chanclas gastadas protegen poco a sus pies agrietados, sucios, andados. Vuelve a dar otra vuelta al parque para caer en el mismo lugar, frente a mí, que fumo despreocupado un cigarro. Ya nada dice, solamente me ve con cierta tirria, de reojo, y ofrece especias a otro despistado.
—Mire, también traigo comino, clavo, para que le quede bien rica su comida.
—No.
—Cómpreme pues una tijera.
—No.
No le he querido comprar porque no necesito tijeras. No me corto el pelo, no llevo cursos de corte y confección, no me cuido la barba, en fin, no la necesito. Tampoco le quiero comprar especias porque, dirán mis amigas, no cocino ni huevos.
Su pelo es canoso, un poco largo, lacio; usa un vestido sucio, las mismas chanclas y esa bolsa de plástico que parece chistera de donde saca lo mismo tijeras que especias (antes vendía toki). Deambula por las calles de Tuxtla, por los parques; les baja la calentura a los enamorados e impacienta a los plantados. Pero ahí anda, la tía, con la convicción inquebrantable de vender tijeras y especias sin dejar de mentar la madre, quedito, a quien deja en el camino.
No se desanima.
Y hace bien. Porque de lo contrario habrá un día, en su cercana vejez, que llegará como siempre al parque y se encuentre a alguien, el que sea, sentado en una banca con la mirada puesta en la tarde.
—No sea malito, ya me quiero ir a mi casa, tengo hambre.
—No, gracias.
—Traigo clavo, orégano, comino, para que lleve a su casa, los va a ocupar.
—Señora, le he dicho que no.
—Mire usted esta tijera, está bien filosa.
—Sí, ya la vi, pero no la quiero.
Entonces su mirada triste se fijará en los ojos del cliente, empuñará con fuerza la tijera filosa, y se la meterá por el culo.


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miércoles, julio 06, 2005

Contaminado

Contaminado



Casi al mediodía los ladridos de los perros me despiertan. Perezosamente, sin disimular mi amodorramiento, me levanto al baño. Orino como si tuviera tres días de no hacerlo. Otra vez a la calle.
Llego a una de las plazas comerciales a comer algo rápido, por no decir barato. Pero ahí nada es barato y tampoco rápido. Pido unas gorditas y también una fanta. (Me asusta la coca, dicen que mata cucarachas y hasta puede funcionar como gasolina). Espero casi veinte minutos sentado cerca; escucho el murmullo de la modernidad que, a cuentagotas, alcanza a Tuxtla. Hace unos cuantos años no había fast food, tampoco varias salas cinematográficas, ni plazas comerciales como las de ahora. La gente llega a comer, a probar cualquier cosa mientras se entretiene mandando mensajes por el celular.
Camino sin garbo, atento a los vendedores de tarjetas de crédito que, cuidadosamente, saludan de mano al iniciar su chamba.
—No, gracias, tengo infinidad de tarjetas que ya no sé qué hacer con ellas. (Sí, son de presentación, de esas que dan algunos conocidos, inventándose títulos académicos e importantes cargos laborales).
Pregunto por relojes, también por navajas. No me sorprendo porque sólo lo hago para matar el tiempo. Después, en los videojuegos, compro una tarjeta y elijo un juego que no se vea tan difícil. Se trata de matar a unos patos que a intervalos desfilan por una suerte de aparador. Es fácil, pienso, pero confirmo que nunca serví para estas cosas.
Las señoras y sus hijas rondas las tiendas de ropa o zapatos. A veces entran juntas, otras prefieren separarse. Cada una tiene sus gustos. Tardan eternidades mirando, escogiendo, preguntando.
Sentado en una banca las observo mientras trato de encender un cigarro.
Entran en las tiendas de chácharas y escogen una pulsera, un anillo, lo que sea con tal de salir con las manos llenas —o por lo menos con algo— de una de sus tantas aventuras por las plazas.
Mis manos siguen vacías. Mi estómago, aunque comí, sigue retortijando; me peo gracias a la fanta.
Por la calle, caminando, pienso que todo Tuxtla se moderniza, se contamina. Es inevitable, estamos insertos en el mercado mundial y tenemos que hacer circular el capital (otra vez mis peroratas). Hay que comprar algo, gastar nuestra paga.
Y eso, digo, nos contamina. (Ya no pregunten por qué).
Pero así pienso cuando ando en la calle, solo. A pesar de que ese jipi de la Avenida Central diga que la pulsera que él vende es mejor y más barata que la que compré en la plaza.
Para qué negarlo, estoy contaminado.


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martes, junio 28, 2005

Paranoia

Paranoia

Vladimir González R.

La ambulancia ulula: los pasos en una noche lluviosa son harto peligrosos. Corres con mucha precaución (no te vayas a caer con toda la pinche carga emocional que llevas encima) hacia la avenida central para perderte en los ríos de gente.
Avanzas con las piernas temblando. Sigues escuchando el llanto, el gemido (pinche puta) de la ambulancia. La oyes cerca, casi sientes su vaho chocando en tu cuello. El corazón agitado bombea tanta sangre que hincha tus venas.
Llegas, ves caras, rostros despreocupados, alegres, sin ninguna intención de mostrar la irritabilidad que produce el chillar de las ambulancias. Te sabes solo, atrapado entre el llanto.
No dejas que la muerte te sorprenda.
Quieres esconderte en las oquedades de la ciudad. Te desesperas. Corres. Sí, corre, huye, vienen por ti, saben que estás cerca, sienten tu olor, tu miedo. Das media vuelta y avanzas por la primera, segunda, tercera norte. Arrollas a la gente que encuentras a tu paso. Nada te importa.
¡Al diablo la precaución!
Agitado te detienes un momento. Hurgas en tus bolsillos en busca de un cigarro, de algo que te entretenga, que trate de despejarte. No lo encuentras, sientes que alguien te lo ha quitado, que te han arrebatado tu esencia. Lo percibes. Te sientes perseguido. El ulular te acosa. Estás arrinconado. Te sientas en la banqueta y dejas que la lluvia te bañe, que la muerte te alcance.
Cerca, muy cerca, escuchas a la ambulancia. Crees la muerte próxima. Cierras los ojos, esperas que te levanten, que los paramédicos te lleven. No traes identificación, también te la han robado.
¡Te hostigan!
Suspiras. ¿Por qué vas a dejar que ellos te lleven? No. Nunca más te engañarán, defraudarán, robarán, perseguirán, acosarán; a la chingada el sistema.
Te levantas y atraviesas la calle. Escuchas tus pasos, crees que son lentos. Ves el juego de luces reflejadas en las casas, en la calle. No quieres voltear. Sabes que su llanto, tan cerca, te mostrará las fauces que te quiere devorar.
¡Corre!
Crees que eres lento, pero no dejas de avanzar hacia el norte. Das grandes zancadas, alargas los pasos, resuellas. Escuchas el agua corriendo, ves pequeñas olas que se alcanzan a salir del cauce. Agua sucia, drenaje, baña tus pies.
La calle se termina, el río la atraviesa, la penetra. No hay puente. Quieres maldecir pero no te da tiempo. Te avientas. Adoptas una posición fetal antes de caer al agua. La corriente te arrastra, te devora. Te pierdes entre la noche, entre el agua. Escuchas a lo lejos, muy allá, el triste lamento de las sirenas.

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viernes, abril 22, 2005

Los muñecos del rock

Los muñecos del rock

Se dicen a sí mismos los representantes del rock ejidal. Quién sabe qué sea, exactamente, eso. Pero tienen un sonido característico, peculiar. Son tres los muñecos (en voz propia se denominan los nuevos símbolos sexuales de las jovencitas, los luismigueles del rock) que integran el grupo Tex Tex.

Sombrero, botas vaqueras y toda la facha de Bronco, o quizá de los eternos Tigres del Norte: así visten, pero tocan como los ZZ Top (al menos hacen el cover de La Grange) al estilo mexicano, pero muy mexicano.

La voz ronca de Lalo Tex, y su guitarra rocanrolera; el bajo sencillo, sin complicaciones, de Chucho Tex; y la bataca de Paco Tex (no le pega muy bien, pero le pega bien duro), forman a este grupo que inició su carrera musical a mediados de la década de 1980 con una canción (la misma que dio nombre a su primer disco) que todavía pega en sus toquines: “Toque mágico.”

Coro: “Tal vez necesite un toque mágico, mágicoooooo, algo que a mi vida quizá la haga cambiar”. Esos primitos, móchense.

Perdidos es el segundo disco. Es, para mí, uno de los mejores simplemente porque es auténtico. Refleja el sonido de la banda, ese que se escucha en los conciertos. Y las letras también son auténticas, sin buscar recovecos del lenguaje para decir, contar, sus preocupaciones: “Estoy aquí encerrado en la delegación, por usar el pelo largo y gustarme el rocanrol, y eso no lo pena la Constitución”. Para qué más complicaciones.

En el tercer disco, al que llamaron simplemente Tex Tex 3, hay buenas rolas que conservan el sonido de la banda. “Pancho panchito” es la preferida, además de esa para enculados, “Despedazado”. Ahí, claro, basta un par de chelas y dejar que el muñeco mayor desafine su voz para exigir “un pequeño favor, que te masturbes de vez en cuando pensando en mí”.

Con Te vas a acordar de mí, su cuarto disco de estudio, llegó la gloria mediática. Quién no recuerda las borracheras preparatorianas cantando “Me dijiste” o la canción que le dio nombre al disco. Tanto fue que hasta los muñecos salieron en Televisa y los programaban las estaciones radiofónicas, esas que viven de los éxitos de un día.

El quinto disco perdió el punch en los medios que llegó a alcanzar con el anterior. Se llamó Súbete al tren. Quisieron repetir la fórmula con el corte “Ahora que no vives conmigo”. Pero eso sí, conservaron la base de su sonido: rock bandoso, pegador, simple, cómico y con energía.

Además, todo mundo se divierte en sus conciertos, celebrando las ocurrencias de Lalo Tex y coreando las canciones, porque sí que son fáciles de aprender. Ah, y también porque venden mucha cerveza.

Mentas: vlatido@yahoo.com.mx

miércoles, abril 13, 2005

El circo sagrado

El circo sagrado

Me encanta Dios, pero me encabrona el Papa. No lo dijo Jaime Sabines. No sé si sea cierto que, como sí dijo el poeta, Dios sea un tipo cegatón y torpe con las manos; y tampoco sé si él ha enviado a tipos “excepcionales, como Buda, o Mahoma, o Cristo, o mi tía Chofi”. Y si también envió al Papa. Yo lo dudo porque nadie me ha convencido, ni lo he hecho por mi cuenta, de que existe.

Lo que sí es cierto es la sensiblería desbordada por todos lados con la muerte del Papa. Eso me encabrona. (Ya sé, y me lo han dicho, no debo hacer tanto coraje). Las pantallas de televisión casi lloran. Hasta tuve que acercarme al monitor para limpiar las lágrimas de los conductores que de un momento a otro, pensaba, se iban a salir, escapar, como en El Aro.

Eso fue un gran espectáculo, el circo mediático. Todo se coció a fuego lento, ante la desesperación de los periodistas quienes, un par de semanas antes, habían viajado a Roma para transmitir en vivo la muerte. Se desesperaron. Después estalló la noticia que, como siempre, capitalizaron las televisoras para llevar agua, dinero, prestigio, a su molino. “Fuimos los primeros en dar la noticia”. Eso es oportunidad. (Y también olfato carnicero).

Fueron horas, transmisiones en directo. Todo por el rating. Y porque, además, a bote pronto, a nadie hace daño que el Papa se muera. ¿O sí? Era anticomunista, intolerante, conservador, contradictorio y gastaba un chingo de paga. Ahora viene la política, los jaloneos, los intereses por dirigir a la Iglesia católica.

Después el desafuero de López Obrador, con un discurso que a veces pareciera viejo, pero es tan actual y peligroso que solamente unos cortes informativos y dos o tres notas opacadas por el barullo papal bastaron para los medios electrónicos. Eso no vende; además, pone en riesgo al país S.A.

No sé si Dios envió al Papa, pero esa noche, la de su muerte, fui al cine e hice el amor. (Por qué jodidos me acordé de Sabines, ni me gusta).


Zapping

Las plumas buscan donde caer, desprenderse, para que el viento se las lleve. A veces el espacio es virtual: la blogósfera. Ahí andan, posteando, el Navo, el Pulido, el pinchequijotedemierda y, ahora, también, el maese Mauricio Sáenz (www.demasiadofuror.blogspot.com). Se recomienda leer, aunque sea en la pantalla de la computadora. (Así dicen ser los posmodernos).

Mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, marzo 17, 2005

Porno star

 Porno star


 Una mujer no sabe su desgracia: su marido la engaña, desde hace años, con otra más joven que ella. Llega al set de televisión y se encuentra a su rival confesando el profundo amor que le guarda a su hombre. Todos sabemos de lo que se trata, menos ella. Al enterarse se pone a chillar, se desnuda, la desnudan. 

         Quiero cambiar el canal, desintonizarme. Busco salir. Abordo un taxi y el chofer, con ganas de platicar, comienza a contarme su vida. “Aquí, a la vuelta, viven mis hijos con mi ex mujer. Sólo vengo por ellos, a dejarles dinero. Soy feliz con mi nueva esposa”. 

         En el trayecto, ya sobre el libramiento, termina de hablar. Tal parece que es su discurso, su historia encapsulada, la que vende a tragos a sus pasajeros. A cuenta gotas se quita y se pone máscaras, se exhibe. 

         Entro en una cantina y se escucha al Buki (si no te hubieras…). Risotadas, miradas atentas, extrañas, perdidas. En una mesa una pareja discute sus problemas. Beodos ambos. Se pelean entre gritos que al instante ansían reprimir. A ella la abandonan; gimotea, primero, llora, después, y deja la cantina cubriéndose el rostro. 

         La calle, la tele, las circunstancias los desnudan. Todos se vuelven actores que exponen, que exhiben sus pasiones como si exhibieran sus carnes. Algunos se entrenan (en la televisión ensayan sus poses, sus llantos, aprenden a mirar a la cámara); otros no tienen salida (la monotonía del trabajo, el taxi, la oficina).  

         El gran cine es la ciudad. Hay cientos de escenarios propicios para contar penas, para actuarlas. Actores todos porque también hay cámaras escondidas, oídos atentos, miradas inquisitivas. 

         También este texto es porno. (Y la noche del concierto de los Tigres del Norte).        

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

miércoles, marzo 09, 2005

Periodismo gore

· Periodismo gore



A los cadáveres solamente los he visto en fotografías. Bueno, confieso, una vez iba caminando rumbo a mi casa y en el Sabinal vi a un hombre que, según yo, estaba durmiendo. Al otro día, noticia de contraportada: “Lo encontraron muerto en el Sabinal”. Algo así decía. Y sí, la foto era de ese pobre bolenco.

En los periódicos sigo viendo cadáveres, hombres y mujeres que alguna vez, en vida, gozaron de la humedad libertaria. Los diarios se han vuelto carniceros. Ofrecen panza, pata, hígado, tasajo y si va usted a querer sus tacos con doble tortilla. Los clientes piden monte en exceso y también una salsa que pique. Y si hay un consomé es bueno para el descrude.

El negocio es añejo, pero no deja de ser redituable. Es el morbo.

Mujeres desconocidas que son halladas en las alcantarillas, con historias que todos se imaginan pero que nadie afirma; más morbo. Hombres de rostros desfigurados, irreconocibles; adolescentes con la lengua de fuera pendiendo de una soga: sangre por todos lados.

El tren que degüella a los transmigrantes, el alcohol que maneja los destinos, los hilos, de los conductores; los celos que preparan la hoz, el desquicio, la enfermedad, la locura. Motivos hay muchos, sí que los hay. Y ellos lo saben.

Mientras, seguiré viendo un montón de fotos: tripas, vísceras, sangre: el mercado.

Periodismo gore, deberían decirle.


Xerox revenge chiapaneco

Más locos y cargados de batacas regresaron de Veracruz los del Xerox revenge, movimiento fanzineroso que sobrevive en las cloacas de Mi oficina (o cualquier otra, lo mismo da. Vientos pinchequijote por Léase: escribir…). Fueron allá a leer sus textos y, supongo, a dejarse consentir por esa vieja alcahuete a la que llaman calor.

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, febrero 24, 2005

Círculo vicioso

· Círculo vicioso



Silencio: solamente se escuchan las gotas que desafían la gravedad (pobres, ineluctablemente caen al piso). Serenidad, murmullos lejanos, calor, perros en las calles olisqueando basura. Esbozos de placer.

Eso ocurre cuando no hay nadie en casa, cuando, además, no hay energía eléctrica. Entonces divago: el protestantismo es una condición del capitalismo: volvámonos protestantes.

El catolicismo fue la condición del feudalismo: vivimos atrapados en atavismos, en el eterno subdesarrollo.

La religión tiene un plan definido: el mundo se va a acabar, sólo la ciudad de Dios se salvará: etérea.

El sistema moldea al hombre para consumir, para lanzar loas y largas vidas al capitalismo. Dudo: ¿soy ateo?

La historia se disfraza de héroes, de grandes personajes a quienes les debemos nuestra identidad: pleitesía, recuerdos rosas.

La libertad es una mentira: Televisa o TV Azteca.

En la lucha libre los costalazos son puras mentiras: circo, sangre, espectáculo, morbo.

Los Sex Pistols fueron un fraude: el punk se vició de origen.

Dios no existe: existamos.

Ya se acerca del día de la familia: hay que mantener el consumismo, inyectar dosis de necesidades falsas.

América para los americanos: en el Norte la paga, en el sur las maquilas.

La realidad es un mito.

Un televisor encendido: mi mente en blanco. (Otra vez la energía eléctrica, dejo de divagar).

mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, febrero 10, 2005

Diletante

· Diletante



Traigo cinco pesos para gastarlos en chicles. Es una fortuna. Lo que voy a hacer es gastar dos pesos y me sentaré, en la banqueta, frente a algún aparador, a ver la televisión. Es noche mexicana, noche de fiesta. Desde las siete empezó la feria de goles. Fox Sport transmitió desde la altura del Cusco el partido de las sagradas Chivas Rayadas del Guadalajara (mi equipo, sí, lo sigue siendo aun con los Jaguares). Es un orgullo ver al mexicanísimo rebaño, fundado por franceses y cuyo uniforme recuerda, al menos en colores, al país galo. (A mí, la verdad, qué me importa). Con el chicle en la boca, haciendo bombitas y reventándolas de manera estruendosa, me levanto para decirle al dependiente que le cambie al televisor porque va a empezar el partido de la selección. Emocionado, aquel, sintoniza tvazteca y se pone firmes porque están cantando el himno nacional mexicano. Yo ni siquiera lo tarareo por dos cosas: una, tengo una voz feísima y me da mucha pena cantar (ja, ja, no se rían); y la otra nunca me lo aprendí o, mejor dicho, sufro de amnesia cuando lo escucho, así sea lunes. A los diez minutos México ya va ganando dos goles a cero y la gente se apiña frente al escaparate este donde estoy sentado, gritando los goles. Que le cambie al de las Chivas, pedimos: ¡oh, sorpresa!, van goleando. Me quedan tres pesos que, como dije, tenía destinado para comprar chicles. Mejor compro un cigarro. Gasto dos de mis tres pesos. Van a dar las nueve y tengo que comprar un disco y también un libro. Camino sobre la Avenida Central, tranquilo, con la confianza de un triunfo seguro de la selección mexicana y de las Chivas. (Al otro día me entero, para más beneplácito, que ambos ganaron, por fin). Entonces camino y entro en una tienda de discos. Después de tanto ver quiero comprar uno de La Barranca, donde viene la rolita Día negro (hoy no es un día común…). Ya lo tengo en la mano pero me encuentro a un cuate, me dice que tiene ese y más de La Barranca y que me los va a prestar todos. Dejo, pues, el disco; quiero comprar otro pero ya vi tanto que mi ojo ya se cansó, o sea, que no sé qué comprar. Sí me entienden, ¿verdad? Antes de que cierren la librería entro corriendo a preguntarle al que ahí atiende si tiene un libro de Guillermo Fadanelli, me pregunta cuál, le respondo que el que sea (me quedé en blanco, no recordaba ningún título). La otra cara de Rock Hudson, así se llama el fadanellibook que compré. Lo voy a llevar a mi casa para ponerlo en la lista de espera, es que estoy leyendo otros que pretendo terminar rapidito, porque ya empezaron mis clases. Quiero tomar la combi, hurgo mis bolsillos, encuentro un chicle envuelto, una moneda de un peso y dos billetes de 50. Traía sólo cinco pesos en la bolsa, ya gasté cuatro en chicles y cigarros. ¿De dónde saqué lo demás? Saber. Que incoherente es a veces la realidad, ¿no? Además, otra vez estoy escribiendo corriendito, pero ahora sí le puse comas, para que se detengan, je.



mentas: vlatido@yahoo.com.mx

jueves, febrero 03, 2005

La historia y la ficcion

∑ La historia y la ficción

Vladimir González R.


Habrá distintas maneras de contar la realidad, de reinventarla. La novela histórica, con todo y sus limitaciones, es de esas propuestas para rescribir la historia, para volver a contarla, para reinventarla.

Dicen que la novela histórica se mantiene en el limbo de la literatura y la historia, nadie la quiere agarrar, hacer suya. Tengo la impresión de que los historiadores no le entran porque la historia, dicen, debe ser una ciencia y basarse, claro está, en un método científico. Y a los literatos les puede parecer aburrida porque, al basarse en hechos históricos, se constriñen a la veracidad de los mismos, y no a la ficción.

En el siglo XIX la historia se escribía de acuerdo al positivismo, en boga para entonces. Con el positivismo se pretendía hacer un relato exacto de la realidad, reproducirlo fielmente, sin ninguna explicación. De ahí nace la idea de la historia narrativa, la que sólo se cuenta.

La literatura recorría esos mismos caminos. La novela pretendía ser realista, reflejar la realidad. Por eso la novela histórica proliferó. Muchos relatos literarios se situaban en espacio y tiempo histórico, trataban de contar la realidad.

La novela histórica contemporánea ya no es la misma que la decimonónica. Ahora, con la nueva novela histórica y con el olvido del positivismo entre los historiadores, la historia y la literatura se pueden unir para inventar la realidad, o para hacer realidad la ficción.

Una de las características de la nueva novela histórica es, precisamente, la manipulación conciente el pasado. Claro, queda de cada historiador o escritor contar la historia de la manera que mejor le plazca.

Lo importante, creo, es que el lector de la novela histórica sea conciente de que se enfrenta a un documento literario e histórico, es decir, que no asuma como una verdad indiscutible lo que ahí lee, ni que estalle en ira por las aventuras o pequeñas mentiras que, de acuerdo a las necesidades del texto, invente el escritor.

Además, como dijo Borges, la historia es un subgénero de la ficción.


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jueves, enero 20, 2005

El gnomo

∑ El gnomo tic…

Un gnomo es el encargado de recordar todos lo días, muy temprano, que la hora ha llegado. Sacude mis cobijas, me descobija, pues, y siento la helada mañana entrar por mis pies. ¡Ah!, me encorajino y tomo la cobija para volver a cubrirme, pero minutos después todo se vuelve inútil, la mañana me aplasta.

Carajo, digo, otro día más.

El gnomo lleva, a cuestas, el tiempo. Lo mide, lo pulsa, lo hace suyo. Recorre grandes avenidas, deambula por las cantinas, entra, también, en la iglesia. Va a donde quiere ir.

Cuenta con parsimonia los minutos, los segundos. Qué habilidad y paciencia para no perder la cuenta, para saber a cada rato, a cada instante, que del uno sigue el dos, llega hasta el sesenta, y comenzar otra vez. Parece un militar entrenado para ser exacto, para apretar el gatillo en el momento preciso, justo.

Acepto que tengo un gnomo, pero lo escondo. Lo último que hice con él fue quitarle la correa, dejarlo libre, como sé que es. Pero el muy condenado se aferra a estar ahí. Lo he aventado debajo de mi cama, le he dicho que se calle, es más, lo programo para que nada diga, para que deje de contar. Pero ese maldito —sí, maldito, tengo ganas de decirlo— regresa porque se sabe importante.

Lo dejo encerrado en mi cuarto, a veces tirado, otras en el buró, junto a la computadora, lo meto en alguna caja, hasta he pensado tirarlo por el retrete.

En la calle veo que todos tienen también uno, pero no saben que es un gnomo. Lo cargan en sus bolsillos, lo andan en la muñeca, hasta en los celulares (maldita sea, caigo en la cuenta de que yo también). Disimulo para no delatar que, inconscientemente, lo he traído en el bolsillo. Cuando me desespero me acerco a alguien y pregunto por el gnomo que andan. Claro que no les digo que es un gnomo, sino pegarían de brincos, lo matarían, y este mundo se iría a la mierda.

(¡Que se vaya!, grito desde el baúl de deseos reprimidos).

Los gnomos, a final de cuentas, hacen de nosotros lo que quieren, y creo que lo que quieren es atarnos, esclavizarnos. Lo han hecho, cabrones. Porque llega la noche, la medianoche, y entonces el gnomo dice duérmete y, por más rejego que me ponga, caigo como siempre hasta el otro día.

(¿Dije que cuando aviento al gnomo debajo de la cama se empecina en saltar a la pared, a la televisión, al modular, a la video?)

¡Maldición, qué necedad de estar atado al gnomo, midiendo el tiempo!


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