Oficio de tinieblas

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lunes, agosto 09, 2004

Zapata, el sueño de Arau

Zapata, el sueño de Arau




No pretendo convertirme, de un plumazo, en crítico de cine. Pero la película Zapata, el sueño del héroe, me lleva por el inexorable camino de exponer dos cuestiones sobre este largometraje: el discurso cinematográfico y el discurso histórico.

La intención de la película no es relatar fielmente la vida de Emiliano Zapata, personaje de la Revolución Mexicana que enarboló el verdadero espíritu social de este movimiento. El mismo Alfonso Arau, director de la película, dijo que no pretendió hacer cine histórico y calificó a su cinta como una fábula. El resultado final fue un churro muy al estilo jolivudense, pasado por otros churros que a lo mejor se fumó el también director de Como agua para chocolate y Un paseo por las nubes antes de iniciar la filmación de algunas escenas.

Cinematográficamente, pues, la película no es la quintaesencia del cine mexicano. Pero hay cine para todos. Eso de jugar con la sabiduría de los chamanes, de creer que Zapata es el elegido, la reencarnación de Quetzalcóatl, se entiende dentro del discurso cinematográfico. No son más que recursos para poder contar una historia, para crear un mundo paralelo, una realidad autónoma. Claro que parece una exageración desaparecer, por arte de magia, a las mujeres chamanes, o transportar a Zapata a través del tiempo y el espacio. Eso sí es una jalada.

Si bien es cierto que no se hizo una película histórica —y por lo tanto no había un compromiso con la Historia— el discurso histórico es un reflejo de la manera en que nos han enseñado la Historia en la escuela: sigue siendo maniqueísta, esa de los personajes buenos y malos, de los villanos y de los héroes.

Zapata es el ungido, el bueno de la película. Huerta es el villano. Esa manera de contarnos la historia la tenemos impregnada; y así nos construyen el discurso de acuerdo a la historia oficial. No hay, pues, una comprensión del hecho, sino más bien una reconstrucción. Por eso esta película, y todas las que se hagan basadas en hechos reales con la misma idea, pueden funcionar como historia (sin mayúsculas).

La gente, los medios, los periodistas han dicho que se tergiversó la Historia, que no se retrató a Zapata y a otros personajes tal y como son. Sí, es cierto. Debemos entender, sin embargo, que estamos ante una recreación artística de la Historia y no precisamente ante un documental. Partiendo de esa premisa, debemos llegar al cine —o a la casa de la novia con un dvd pirata— con la idea que vamos a ver a cine y no documental. Los juicios de valor, eso de que si estuvo o no bonita la película, vendrán después.

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